Los Hijos de la Peste 68
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Cinco días para la visita del Papa

—Vargas... espero que tu corazonada sobre Arturo Castro sea cierta y nos dé alguna pista para llegar hasta Montenegro.

Como sabes, Castro es un hombre con gran influencia y podría apartarnos del caso en cualquier momento.

No le ha hecho ninguna gracia que lo saquemos de sus plácidas vacaciones en Formentera para un interrogatorio.

Sé cautelosa con las preguntas, por favor.

La inquietud del comisario García era evidente, y lo reflejaba en su voz baja, casi en una letanía dirigida a Vargas, quien observaba a Castro, el alto funcionario, a través de las persianas venecianas de la sala de interrogatorio.

Parecía un tigre enjaulado; su incomodidad era palpable y a Vargas le encantaba verlo así.

Castro se secó el sudor de la frente varias veces con un pañuelo.

Ella había escogido aquella sala deliberadamente, donde el sol de agosto daba de lleno al mediodía, asegurándose de que la incomodidad trabajara a su favor.

A través de la cristalera, vio cómo Manuel entraba en la sala y le ofrecía a Castro un vaso de agua.

Intercambiaron algunas palabras, y por un instante tuvo la sensación de que se conocían, una sospecha que descartó rápidamente.

Él se dio cuenta de su mirada curiosa y le hizo un leve gesto de aprobación para que entrara.

Noela lo hizo con una sonrisa amplia, buscando crear la apariencia de que Castro tenía una aliada, no una enemiga, al otro lado de la mesa.

Manuel permaneció en una esquina de la sala, mientras ella se sentaba frente a Castro y colocaba una carpeta blanca con el escudo de la Policía Nacional sobre la mesa.

—Inspectora... ¿a qué viene esta pantomima?

— protestó Castro, visiblemente molesto—.

Llevo esperando aquí media hora en este horno sin saber para qué.

Espero que sea realmente importante para que me hayan sacado de mis vacaciones y traído a esta pocilga.

¿Ya atraparon a Montenegro? Porque esa es la única noticia que me interesa.

Si no es así, con una llamada estaré fuera de esta comisaría en un par de minutos.

—No se preocupe, Arturo. No está usted aquí para ser interrogado— Vargas mantuvo su sonrisa—, y lamento si dimos esa impresión.

Castro aflojó ligeramente la tensión y cambió de tono.

—Entonces, ¿en qué puedo ayudarles?

—En conversaciones previas no mencionó conocer a Montenegro.

—¿Cómo dice? —respondió sorprendido—. Claro que no lo mencioné, porque no lo conozco. ¿A qué viene esa pregunta? —Era evidente que la cuestión lo incomodaba.

—Porque creemos que Montenegro no está actuando solo y que alguien le está proporcionando apoyo en las sombras. Y queremos saber quién podría ser. Creemos que tanto usted como él podrían tener o haber tenido conexiones con los Carbonari.

Vargas dejó de sonreír.

—¿Y en qué basa esas suposiciones?

—Vamos, Castro... Sería imposible que un solo individuo, cuya cara aparece en todos los noticiarios, haya ejecutado estos asesinatos sin ayuda logística ni acceso a información privilegiada.

Necesitamos que comparta con nosotros cualquier dato relevante que tenga, o me veré obligada a denunciarle por obstrucción a una investigación criminal.

Justo en ese momento entró Marzán, saludando a Vargas, quien asintió. Castro frunció el ceño y en su rostro apareció una mezcla de desprecio y desafío.

—Inspectora, no puede acusarme de nada— contestó con desdén—.

Y si tuviera información clasificada, tampoco podría compartirla con usted.

Lo que creo —hizo una pausa, recorriéndolos con la mirada—, es que está desesperada porque su investigación está en vía muerta. No tengo ni idea de qué está hablando.

Vargas abrió la carpeta y ordenó frente a Castro las fotografías tomadas en la casa de Montenegro.

—Estas fotos son de un laboratorio clandestino— le indicó Vargas, señalando con el dedo una de las imágenes—.

Montenegro ha sintetizado un veneno mortal extraído de la piel de una rana tropical de Sudamérica.

Creemos que lleva encima suficiente toxina para matar a miles de personas.

Estas ranas no pueden importarse sin contar con el apoyo de una organización que tenga acceso a los recursos necesarios.

El semblante de Castro cambió, y una chispa de sorpresa iluminó su mirada.

—Mierda… entonces lo han conseguido— murmuró.

—¿Qué han conseguido, Arturo? Estoy convencida de que Montenegro es la pieza central de un complot para atentar contra la Jornada Mundial de la Juventud. No sabemos todavía los objetivos exactos, pero nos queda menos de una semana para desentrañar este caso. Por favor, necesitamos su ayuda.

Castro la miró con una expresión en la que el nerviosismo y la duda competían por el dominio. Observó de reojo a Delgado, que le sostenía la mirada.

—Castro, se lo ruego— continuó consciente de que él comenzaba a ceder—. Si tiene información que ayude a evitar una tragedia, este es el momento. Solo se lo preguntaré una vez: ¿quién está detrás del complot? ¿Los Carbonari?

Castro tamborileó con los dedos sobre la mesa, sus ojos fijos en las fotos.

—Está bien... lo que les voy a contar es información confidencial que no debe salir de esta sala.

Desde hace unos meses, el CESID ha estado investigando movimientos anti-Vaticano.

Algunos miembros de nuestra sociedad podrían estar implicados, aunque hasta ahora no teníamos confirmación.

Pero viendo esto —señaló las fotos—, parece que no íbamos desencaminados.

—¿Qué línea de investigación están siguiendo?

—Creemos que algunos Carbonari de la línea más tradicional y ortodoxa católica, seguidores del obispo Marcel Lefebvre, estarían planeando un atentado contra el Papa en Santiago de Compostela.

—¿Marcel Lefebvre?

—Sí, el mismo que fue excomulgado el año pasado por Juan Pablo II por consagrar a cuatro obispos. Su excomunión provocó un descontento masivo entre sus seguidores, muchos de los cuales rechazan las reformas del Concilio Vaticano II.

—¿Cree que Lefebvre esté detrás de este complot?

—No lo creo. Lefebvre es un acérrimo opositor del Concilio, pero no es un revolucionario ni un terrorista.

Sin embargo, entre sus seguidores hay grupos extremistas, muchos de ellos nostálgicos del nacionalcatolicismo, que están dispuestos a todo.

Si estos grupos están detrás, utilizar a Montenegro como ejecutor encaja perfectamente con su modus operandi.

—¿Tienen identificados a estos grupos?

—Aún no. Pero después de ver estas fotos… —Castro apuntó con el dedo— diría que están más cerca de lo que creíamos.

—¿Cree que son capaces de utilizar a Montenegro para conseguir sus fines? —preguntó Marzán.

Castro miró las fotos con seriedad.

—Con la excomunión de Lefebvre, estos grupos están más radicalizados que nunca. Muchos ven en el Concilio un pacto con el diablo para recuperar la influencia sobre las Iglesias ortodoxas. Si me preguntan, sí, son capaces de manipular a Montenegro y utilizarlo.

—¿Por dónde empezamos?— dijo Vargas, frustrada.

Castro se secó la frente, que brillaba de sudor bajo el calor del mediodía.

—Es probable que haya prioratos y casas de retiro de la Fraternidad San Pío X en la región que siguen la doctrina instaurada por Marcel Lefebvre. Muchos de estos lugares son focos de disidencia. Si Montenegro tiene aliados en la zona, podrían estar allí.

—Manuel, revisa si alguno de estos lugares está cerca de Santiago de Compostela.

—Inspectora, eso es todo lo que puedo decirles —se excusó Castro, levantándose y poniéndose la chaqueta. Estrechó la mano de Vargas—. Si surge alguna otra información relevante, se lo haré saber.

—Gracias, Arturo. Le acompañaremos de regreso al aeropuerto. Si recuerda algo más, no dude en llamarme.

Castro se marchó. Vargas se volvió hacia Marzán y le tendió la carpeta. Él la recibió con un gesto solemne.

—Nos vamos, Marzán. Tenemos trabajo que hacer, y el tiempo no está de nuestro lado.