Los Hijos de la Peste 66
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El Instituto de Toxicología Forense estaba ubicado en una imponente estructura de sillería dentro del histórico complejo del Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Santiago, en la Rúa de San Francisco.

Vargas llegó apresurada a su cita, deseosa de conocer en profundidad la naturaleza de la toxina que había envenenado al obispo Camargo y, así, esclarecer el peligro al que se enfrentaban.

La mañana era espléndida en Santiago de Compostela, pero Vargas no podía disfrutarla; llegaba con tres cuartos de hora de retraso al encuentro con el doctor Vílchez, un experto en toxinología.

Durante la noche, sus sueños se habían entremezclado con imágenes de crímenes, recuerdos de la fundición y la constante sensación de que el tiempo se le escapaba de las manos.

Su despertador no sonó, y ahora caminaba con rapidez, tratando de recuperar esos valiosos minutos perdidos.

Pensó, no por primera vez, en cómo el caso estaba afectando a su vida personal y en la necesidad de unas relajadas vacaciones cuando todo terminara.

Al llegar a la recepción del Instituto, fue recibida por un ujier de alrededor de sesenta años, vestido con un uniforme azul desgastado.

Tras hacer una llamada telefónica, el ujier la dirigió a una pequeña oficina, donde el doctor Vílchez, un hombre alto, con cabello blanco y ojos cansados, la esperaba.

Con un gesto amable, aunque con cierto reproche en su tono, le estrechó la mano.

—¿Inspectora Vargas? La esperaba hace tres cuartos de hora.

—Lo siento mucho, doctor. No calculé bien el tiempo— se disculpó Vargas, sintiendo que su excusa no sonaba del todo convincente.

Vílchez asintió, aunque sin rencor, y la invitó a seguirlo a su despacho.

La sala, pequeña y abarrotada de papeles y archivadores, reflejaba la vida de un científico dedicado.

A través de una gran cristalera, Vargas pudo ver un laboratorio lleno de actividad, donde varios jóvenes con batas blancas trabajaban diligentemente.

El despacho de Vílchez tenía el aire de un refugio intelectual: carpetas apiladas en cada rincón, una foto familiar enmarcada en un extremo de la mesa y estanterías repletas de libros técnicos en varios idiomas.

—Por favor, siéntese, inspectora— dijo Vílchez, mientras rebuscaba en sus cajones hasta encontrar un expediente marrón que colocó frente a él.

—El obispo Camargo murió debido a la ingesta de una toxina extremadamente potente: la batracotoxina— empezó Vílchez, hojeando el informe—. Atacó su sistema nervioso y causó un fallo cardíaco casi inmediato. Parece que la víctima tenía problemas respiratorios previos, lo que aceleró el proceso.

Vílchez hizo una pausa, quitándose las gafas de lectura y mirándola con una expresión pensativa.

—Esta toxina proviene de ranas de la familia de los dendrobátidos, comúnmente conocidas como ranas punta de flecha.

Son originarias de América Central y del Sur, especialmente en zonas de Costa Rica, Panamá, Colombia, Perú y Ecuador.

Curiosamente, las ranas no generan la toxina por sí mismas; la metabolizan a partir de los insectos que consumen, lo que las convierte en mortales para los depredadores.

—¿Y cómo pudo haber llegado hasta aquí, doctor?— preguntó Vargas, mientras reflexionaba sobre los restos que habían encontrado en el laboratorio clandestino.

—La importación de especies exóticas está muy regulada, inspectora. Si estas ranas llegaron a España, debieron hacerlo evadiendo los controles. Lo más probable es que se hayan usado rutas de contrabando de animales, y esto, créame, no es algo que pueda hacer una sola persona.

Vargas entregó unas fotografías del laboratorio que habían encontrado en el caserón incendiado, y Vílchez las examinó con detenimiento.

—Parece que quien creó este veneno sabe exactamente lo que está haciendo —dijo Vílchez tras unos segundos—.

El proceso de extracción y concentración de la batracotoxina es complejo.

Los indios Chocoes de Colombia la usan desde hace siglos para untar las puntas de sus flechas de caza.

Si quien ha hecho esto sigue ese procedimiento ancestral, estamos ante alguien extremadamente peligroso.

Con la cantidad de ranas que menciona en el informe, podrían haber producido suficiente veneno para matar a miles de personas.

La preocupación en la cara de Vílchez reflejaba la gravedad de la situación. Vargas tragó saliva, considerando las implicaciones.

—¿Es posible que estén planeando un atentado masivo?—preguntó, recordando el próximo evento de la Jornada Mundial de la Juventud—. ¿Cómo podría utilizar el veneno?

—Desafortunadamente, es muy factible —continuó Vílchez, su tono grave acentuando la urgencia de la situación—.

La batracotoxina no tiene olor ni sabor, y se puede disolver en líquidos o ser esparcida en alimentos sin que nadie se dé cuenta.

En un evento como el que describe, con miles de personas congregadas, la toxina podría pasar desapercibida hasta que fuese demasiado tarde. Las consecuencias serían desastrosas.

El escenario que describía Vílchez caló hondo en Vargas.

Sabía que estaban enfrentándose a una amenaza mucho mayor de lo que habían anticipado.

Y lo peor de todo era que Montenegro no parecía estar solo.

Operar a este nivel requería apoyo logístico, lo que significaba que posiblemente había más cómplices trabajando en la sombra.

—¿Qué medidas podríamos tomar para evitar algo así? —preguntó Vargas, tratando de adelantarse a la catástrofe.

—Es difícil decirlo sin saber cómo piensa actuar, pero debe estar en la fase final de su plan. Lo que sí está claro es que cualquier exposición de la toxina, ya sea en el agua o en alimentos, tendría un impacto inmediato y letal.

Vargas asintió lentamente, procesando la información. El tiempo corría en su contra, y ahora sabía que Montenegro podía estar planeando algo mucho más grande de lo que inicialmente habían imaginado.

—Muchas gracias por su ayuda, doctor— dijo Vargas, tendiéndole la mano para despedirse.

Vílchez aceptó el apretón y le deseó suerte con un tono grave.

Noela salió apresurada del despacho, su mente se llenó de pensamientos sombríos.

A medida que recorría los pasillos del Instituto, el peso de la responsabilidad sobre sus hombros se hacía más evidente.

Tenía que actuar rápidamente si quería evitar una tragedia en Santiago de Compostela.

Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar, pero quedaban muchas incógnitas.

Sabía que solo les quedaba una semana para detener a Montenegro.