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—¡Ranas! —exclamó Marzán, golpeando suavemente con la punta de su bolígrafo la silueta calcinada de uno de los batracios desparramados en el suelo del viejo sótano.
El olor a gasolina impregnaba el ambiente, intensificado por el calor sofocante que se acumulaba en el lugar. A pesar de los esfuerzos de los bomberos por enfriar las estancias, aún quedaban rescoldos humeantes que mantenían el aire cargado y espeso.
Caminó con cuidado por el suelo, que crujía bajo su peso, mientras sus ojos recorrían la devastación a su alrededor.
Con las manos enfundadas en guantes de goma, examinó los restos del laboratorio, donde todavía quedaban algunos fragmentos de instrumental científico semiderretido y chamuscado.
Marzán se detuvo por un momento, observando la escena con una mezcla de incredulidad y preocupación.
Todo apuntaba a que aquel sótano era el origen de la toxina que había matado al obispo Camargo.
Montenegro no solo había dejado rastros de su actividad, sino que lo había hecho de manera que indicaba una planificación meticulosa.
Era obvio que había elaborado una gran cantidad de veneno antes de quemar el laboratorio y desaparecer.
Pero ¿cuánto, y para qué? ¿Cuánto tiempo había pasado allí antes de que le avisaran de que la policía estaba cerca?
El sonido de los flashes de las cámaras lo distrajo.
Dos policías de la unidad científica seguían tomando fotografías del lugar, mientras Marzán sacaba una bolsa de pruebas y la usaba para guardar una de las ranas calcinadas.
Al alzar la bolsita, la luz que entraba por las pequeñas ventanas del sótano iluminó brevemente los restos del batracio.
Era un testigo mudo de lo que había ocurrido allí, de la preparación de un veneno mortal.
Desde el sótano, pudo ver a Noela Vargas en el exterior, conversando con un par de guardias civiles.
La inspectora hojeaba un dossier con gesto concentrado, pasando las páginas una y otra vez, como si buscara algo que había pasado por alto.
Marzán observó su postura decidida y profesional, pero su mente no pudo evitar notar lo bien que le sentaban los vaqueros negros que vestía.
Aunque Delgado claramente tenía una conexión más personal con ella, Marzán también sabía reconocer la fortaleza y belleza que irradiaba.
Dejó atrás los escombros y salió al exterior, sacudiéndose el polvo que se le había acumulado en la ropa. Al llegar junto a Vargas, estrechó la mano de los dos guardias civiles que la acompañaban y tomó la carpeta que ella le ofrecía. Se trataba de un informe forense recién llegado.
—El laboratorio ha identificado la toxina que mató a Camargo —dijo Noela, sin preámbulos—. Es batracotoxina, extraída de ranas punta de flecha, originarias de Colombia. Es una de las toxinas más letales que existen. Un gramo puede matar a miles de personas.
Marzán frunció el ceño, preocupado por las implicaciones.
—Dentro del caserón he contado al menos una docena de ranas muertas. Si Montenegro ha usado todas ellas para extraer el veneno... ¿cuánta cantidad ha podido fabricar? ¿Y para qué demonios planea usarlo?
Ambos intercambiaron una mirada. La magnitud de lo que estaban descubriendo comenzaba a cobrar una nueva y alarmante dimensión.
Si Montenegro había cambiado su modus operandi y estaba fabricando veneno en lugar de realizar asesinatos rituales individuales, el objetivo debía ser algo mucho mayor. Algo masivo.
—Tenemos que hablar con el magistrado Maldonado cuanto antes —dijo Marzán, finalmente—. Este cambio en el comportamiento de Montenegro es preocupante. La elaboración de este veneno no puede ser una simple coincidencia. Hay algo más grande detrás de esto, y tengo la sensación de que puede ser grave.
Vargas asintió con una expresión tensa, pero firme.
—Estoy de acuerdo. En unos días miles de jóvenes se reunirán en el Monte do Gozo para la Jornada Mundial de la Juventud. Si Montenegro ha producido una gran cantidad de veneno, tal vez su objetivo sea el evento.
La idea de un posible ataque masivo durante un evento religioso de esa magnitud hizo que el corazón de Vargas latiera con fuerza, pero mantuvo la compostura.
—¿Pero cómo?—preguntó, tratando de encontrar sentido a la situación —. No puede envenenar uno por uno a todos los asistentes. No tiene ningún sentido.
—Lo sé, pero si ha producido tanto veneno, algo está planeando. Y debemos considerar la peor posibilidad. Necesitamos aumentar el nivel de alerta en Santiago. Si Montenegro está planeando algo para la JMJ, no podemos esperar más.
Noela miró una vez más los restos del caserón. Sabía que cada minuto contaba.
—Está bien. Convoca una reunión con Maldonado y cuéntale todo lo que tenemos. Yo hablaré con el comisario García. Necesitamos que Santiago refuerce su seguridad inmediatamente.
El viento de la costa soplaba con fuerza, arrastrando el eco de sus palabras.
Noela se despidió con un gesto de la mano y se dirigió al coche.
Tenía una cita en el Instituto de Toxicología Forense para investigar más a fondo los efectos de la batracotoxina y su posible alcance.
Marzán se citaría con Maldonado, quien podía ayudarles a entender el simbolismo de las ranas y el veneno, y prever los posibles planes de Montenegro.
—Solo nos queda una semana, Noela— dijo, consciente de la gravedad del asunto.
—Lo sé... lo lograremos.
Con esas palabras, Vargas se subió al coche, sabiendo que cada segundo era crucial. Montenegro había cambiado el curso de sus crímenes, y si no lo detenían pronto, Santiago de Compostela y la JMJ podrían convertirse en un escenario de horror inimaginable.