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El Audi 80 de Marzán se abrió paso entre los bosques de eucaliptos que flanqueaban la carretera comarcal.
Vargas, sentada en el asiento del copiloto, observaba la estela verde mientras sus pensamientos divagaban.
La actitud de Manuel en la sacristía la había molestado profundamente y la había dejado llena de dudas.
Siempre había creído que él la apoyaba sin reservas, pero sus palabras en la catedral de Mondoñedo revelaban una sombra de desconfianza que no esperaba.
Los acontecimientos de las últimas semanas desfilaron en su mente como las imágenes de un viejo kinescopio: rápidas, fugaces.
Los asesinatos, los cuerpos, el miedo, el encuentro con Montenegro en la fundición...
Allí, por primera vez en mucho tiempo, había sentido un verdadero miedo por su vida.
¿Realmente había superado la muerte del hijo de su mejor amiga?
¿O solo estaba fingiendo estar bien, tratando de volver a ser la persona que era antes?
Cada vez que se lo preguntaba, sentía que esa coraza emocional que había construido empezaba a desmoronarse.
Atrapar a Montenegro era su prioridad ahora, y no permitiría que nada, ni nadie, la detuviera.
Estaba tan cerca de resolverlo que sentía que lo tenía al alcance de los dedos, pero en lo más profundo, algo le advertía que el final sería más terrible de lo que imaginaba.
Suso la observaba de reojo, con una pregunta asomando en su mirada, aunque parecía no encontrar las palabras adecuadas.
El ambiente en el coche estaba tenso, solo suavizado por la voz del locutor de radio, que narraba las noticias del día con solemnidad.
Anunció que solo quedaba una semana para la llegada del papa Juan Pablo II al aeropuerto de Lavacolla.
Las emisoras locales se llenaban de noticias sobre los preparativos y la expectación creciente.
A pesar de la calma aparente, el rostro de Artai Montenegro ocupaba la mente de Vargas.
Desde aquel encuentro en la fundición, una parte de ella no podía dejar de pensar en él.
¿Por qué no la había matado cuando tuvo la oportunidad?
Había algo en su mirada que iba más allá del odio.
Y, aunque lo temía, también sentía una extraña atracción por su complejidad, como si Montenegro fuera un agujero negro, absorbiendo toda la luz que lo rodeaba.
La reflexión la inquietaba. Su modus operandi había cambiado con Camargo, alejándose del perfil habitual de un asesino en serie, pero todo lo que Montenegro hacía estaba marcado por el trauma de su infancia. Las cicatrices emocionales lo habían convertido en una marioneta en manos de alguien más.
—¿Qué sucede? —dijo de repente Vargas, dándose cuenta de que Marzán la observaba con una mirada inquisitiva.
—Nada, solo pensaba... ¿qué pasó antes en la sacristía? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio incómodo.
Vargas suspiró y miró hacia la ventana. Los árboles seguían desfilando como sombras verdes.
—¿A qué te refieres?
—A la conversación con Manu. Parecía tensa.
—¿Tú también vas a sermonearme, Suso? —respondió ella, frustrada.
—No es eso. Sé que Delgado no me traga, y lo cierto es que tampoco me cae bien. Pero se preocupa mucho por ti, eso es evidente.
—Eso no le da derecho a cuestionar mis habilidades. Yo soy la inspectora a cargo de este caso, no él.
Marzán asintió en silencio, mientras los árboles desaparecían y el paisaje cambiaba.
Tras una curva, la carretera se abrió hacia una llanura de cultivos de maíz que se extendía hasta encontrarse con la inmensidad del océano Atlántico.
A lo lejos, entre la niebla de la mañana, se distinguía el faro de Cabo Vilán, imponente, como un guardián vigilante.
Delante de ellos, los restos carbonizados de un caserón se erguían de forma grotesca en medio de aquella belleza.
—Hemos llegado —dijo, deteniendo el coche en un pequeño claro cerca de las ruinas.
Vargas salió del coche, dejando que la brisa del mar la despejara. El olor a tierra quemada aún persistía en el aire. Las paredes ennegrecidas del caserón, despojadas de sus ventanas, se alzaban como testigos mudos de lo que allí había sucedido.
Marzán se unió a ella, en silencio. Ambos se quedaron observando los restos del edificio, tratando de imaginar lo que Montenegro había hecho en ese lugar.
—Parece que aquí es donde estaba oculto todo este tiempo.
—Y donde preparaba algo más grande —añadió, con la mirada fija en las ruinas—. Si todo lo que hemos descubierto es cierto, no estaba actuando solo. Aquí hay más personas implicadas.
Vargas asintió, con su mente trabajando a toda velocidad. ¿Montenegro estaba siendo manipulado? ¿Y si toda esta serie de asesinatos no era más que la preparación para algo mayor? ¿Un atentado durante la visita del papa, quizás? Los cabos sueltos se entrelazaban de forma siniestra.
—Tenemos que atar estos hilos antes de que sea demasiado tarde —dijo Vargas, volviendo a su tono habitual de mando—. Suso, quiero saber todo sobre este lugar. Y necesitamos hablar con Castro cuanto antes.
Mientras el viento agitaba su cabello, Vargas se prometió a sí misma que atraparía a Montenegro. Esta vez, no habría margen para el error.