Los Hijos de la Peste 63
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La médico forense, con los guantes quirúrgicos puestos, mascaba chicle mientras examinaba el cuerpo del obispo. Sostenía el rostro de Camargo por el mentón, tratando de encontrar respuestas en su cuerpo inerte.

—A Camargo lo envenenaron con una toxina muy potente —dijo finalmente—.

Ya la he enviado al laboratorio para que la analicen, pero parece ser de las que atacan el sistema nervioso directamente.

Provocó una parálisis masiva que derivó en un fallo respiratorio, seguido de un ataque cardíaco casi instantáneo.

—Hizo una pausa, levantando el rostro del obispo para mostrar algo a Vargas—.

¿Ves su boca, inspectora? —señaló con un dedo enguantado—.

Esta secreción blancuzca nos indica que su sistema respiratorio colapsó rápidamente, afectando la lengua, la faringe y la epiglotis.

El pobre hombre debió sufrir mucho antes de morir.

Vargas observaba en silencio mientras la doctora hablaba.

Tras su explicación, la forense cerró con cuidado la cremallera de la bolsa mortuoria que envolvía a Camargo.

Dos funcionarios cargaron el cuerpo en una camilla y se lo llevaron.

Vargas se quedó pensativa, observando cómo el cadáver de Camargo salía de la sacristía.

A pocos metros, Marzán daba vueltas por la sala, abriendo y cerrando cajones repetidamente, como si buscara algo que no lograba encontrar.

—¿Sabemos cómo y cuándo llegó el veneno al cáliz? —preguntó en voz alta, intentando ordenar sus pensamientos.

—Al parecer, lo inocularon en el vino de mistela que entregó un empleado de Correos ayer —contestó Delgado, que acababa de entrar en la sacristía—. Es el encargo semanal que la catedral recibe para la misa. Así que era solo cuestión de tiempo antes de que el veneno llegara a la copa de Camargo.

—Entiendo. Pero ¿los otros sacerdotes? ¿No deberían haber bebido del mismo cáliz? ¿Cómo es que no les pasó nada?

—Según el deán de la catedral, Monseñor era muy estricto con eso. Nunca dejaba que nadie más bebiera de su cáliz ni tocara su vino. Era una de sus excentricidades. Eso probablemente lo sabía la persona que lo envenenó, de lo contrario estaríamos hablando de muchas más muertes.

Delgado consultó rápidamente su cuaderno de notas.

Luego, mostró una sonrisa de complicidad hacia Vargas.

Ella no pudo evitar devolvérsela; hacía mucho que no veía a Manu tan animado, y no podía negar que se veía especialmente atractivo con su camiseta negra de cuello redondo y la blazer de tweed.

Manu señaló hacia Marzán, que seguía olfateando la madera de los cajones con una expresión concentrada.

—¿Qué estás haciendo, Suso? —preguntó Delgado, divertido.

—Me encanta el olor de la caoba antigua —respondió sin levantar la vista, con una seriedad que hizo que ambos intercambiaran una mirada de incredulidad—. Es como si el tiempo hubiera dejado su huella en estos muebles. Es fascinante.

Vargas se acercó, ignorando el comentario.

—¿Has encontrado algo?

—Ha cambiado su modus operandi.

—Eso está claro —dijo Delgado con algo de fastidio.

—No lo entiendes, Delgado —insistió Marzán—. No tiene sentido. Después de toda la teatralidad y el simbolismo en los asesinatos de Rivera, Quiroga y Carrión, ahora envenena a Camargo de una forma... tan simple, tan... descuidada.

—¿Descuidada? —Vargas frunció el ceño, sin captar del todo.

—Sí, descuidada —Marzán hizo una pausa, reflexionando—.

Es como si ya no le importara tanto el ritual.

O peor aún, como si estuviera planeando algo más grande.

Siente que tiene impunidad, que está protegido...

por alguien o por algo. —Miró a Vargas a los ojos—.

¿Tenemos alguna información sobre el veneno que usó?

El trío permaneció en silencio por unos segundos, observando cómo dos agentes de la unidad científica, vestidos con monos blancos, introducían las botellas de vino en un contenedor especial.

—Aún no —dijo Vargas—. Las muestras ya están en el laboratorio, pero no tendremos los resultados hasta mañana.

En ese momento, un joven cabo de la Guardia Civil, rubio y de ojos claros, se acercó a ellos.

—Inspectora, tenemos más información. Hablamos con algunos testigos de la misa. Parece que Monseñor reconoció a alguien entre los asistentes durante la comunión. Un sacerdote, según varios testigos... y mencionan que tenía unos ojos azules muy intensos.

—Montenegro —susurró Marzán.

El cabo continuó, revisando sus notas.

—También hemos encontrado al empleado de Correos que desapareció ayer. Lo hallaron muerto y atado a un árbol. Y una testigo en la bodega donde se elaboró el vino ha reconocido a Montenegro. Estaba disfrazado, pero su altura y complexión coinciden.

—¿Algo más? —preguntó Vargas, con la mirada fija en el cabo.

—Sí, inspectora. Hace un par de días, hubo un incendio en un caserón de la Costa da Morte. Los bomberos han confirmado que fue provocado. Entre los restos encontraron lo que parece ser un laboratorio clandestino en el sótano. Suponemos que Montenegro lo estuvo usando como escondite.

Vargas asintió, asimilando la información, y despidió al cabo con un gesto de cabeza. Se giró hacia Marzán.

—Suso, esto no tiene sentido. No puede haber hecho todo esto solo. ¿Recuerdas lo que nos dijo Camargo?

—Sí. Que tal vez nuestros aliados más cercanos no lo sean tanto.

—Exacto. Esto es mucho más grande de lo que pensábamos. Debemos investigar las conexiones con los Carbonari. Si ese caserón que se incendió en la Costa da Morte era su escondite, está claro que alguien lo está ayudando.

Vargas se volvió hacia Delgado.

—Manu, organiza una reunión con Castro. En comisaría.

—¿En comisaría? —dudó Delgado—. No creo que un alto cargo quiera venir aquí para un interrogatorio.

—Maldita sea, Manu, invéntate algo —respondió molesta—. Dile que es información sensible, lo que sea, pero tráelo.

Delgado la miró, sorprendido por la intensidad de su tono, y trató de suavizar la situación.

—Noela, ¿qué te pasa? —dijo mientras la agarraba de la muñeca—. Estás demasiado involucrada en este caso. Hace poco que saliste del hospital. Deja que yo lo termine y tú te llevas todo el crédito de la investigación.

Vargas lo miró, visiblemente molesta.

—Te lo he dicho muchas veces, no seas condescendiente conmigo —dijo fríamente mientras se liberaba de su mano—. No me gusta que cuestionen mi estabilidad.

Se giró bruscamente, avanzando hacia la puerta, con Marzán siguiéndola de cerca. Pero, incluso sin mirarlo, sintió la mirada helada de Delgado clavada en su espalda.