Los Hijos de la Peste 62
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Al obispo Camargo le encantaba el boato con el que la sacristía de la catedral le recibía cada domingo.

Lo primero que hacía era pedir a su ayudante una palangana de cobre del siglo XVI para lavarse cuidadosamente las manos.

En aquel espacio cargado de historia, se regodeaba observando el pasado a través del retablo barroco que dominaba el frontis.

El primer cuerpo del retablo estaba compuesto por lienzos de San Pedro, San Juan Evangelista y San Pablo, pero lo que realmente atraía su atención era la representación de la Piedad: la Virgen, rota de dolor, sostenía el cuerpo inerte de Cristo, extendido a lo largo de la escena.

Esa imagen cobraba ahora una relevancia especial en su vida, después de haber comunicado al arzobispo de Santiago su renuncia a la diócesis de Mondoñedo por motivos de salud.

El arzobispo había aceptado la renuncia, pero con la condición de que Camargo permaneciera en su puesto hasta que concluyera la visita del papa a Santiago de Compostela.

Con sesenta y cinco años, Camargo se consideraba joven para retirarse.

Se mantenía en buena forma, tanto física como mental, y una organización exitosa de la visita papal habría impulsado su carrera, tal vez llevándolo a un puesto más alto dentro de la curia romana.

Pero sus sueños se vieron truncados por un pasado que lo acosaba como un fantasma: la colonia, las desapariciones, los errores.

Había pedido perdón a Dios una y otra vez, pero sentía que nunca sería suficiente.

Una furia inesperada lo invadió. Golpeó con fuerza la palangana de cobre, que cayó al suelo con un estruendo, derramando el agua por todas partes. El eco del golpe resonó por toda la catedral, atrayendo a un joven sacerdote moreno, con gafas de pasta negra.

—¿Monseñor, se encuentra bien? —preguntó el sacerdote, alarmado.

—Sí... —dijo Camargo, aún turbado—. Ha sido un accidente. Padre, avise a alguien para limpiar este desastre, por favor.

El sacerdote se retiró, y Camargo, tembloroso, abrió uno de los cajones de las cajonerías rococó. Sacó una botella de bourbon, se sirvió una copa y la bebió de un trago. Volvió a guardar todo con cuidado, como si el acto de ordenarlo pudiera devolverle algún control sobre su vida.

Momentos después, el sacerdote regresó para ayudarle a vestirse con las vestimentas litúrgicas.

Camargo aceptó la ayuda en silencio, mientras el joven sacerdote le colocaba primero el amito sobre los hombros, asegurándolo con cuidado.

Luego, le ayudó a ponerse el alba, una túnica blanca que caía hasta los tobillos.

Con los brazos extendidos en cruz, permitió que le ajustara el cíngulo alrededor de la cintura, atándolo firmemente.

Finalmente, el sacerdote le colocó la casulla roja, ribeteada con finos arabescos dorados, símbolo de la solemnidad de la misa que estaba por celebrarse.

Los otros sacerdotes entraron entonces en la sacristía, se inclinaron para besar el anillo pastoral del obispo y comenzaron a vestirse también para la misa.

La catedral estaba abarrotada aquella mañana.

Representantes políticos y económicos locales ocupaban las primeras bancadas, mientras el resto del espacio estaba lleno de fieles.

Era una misa importante, la última de Camargo como obispo de Mondoñedo y un preludio a la esperada visita del papa.

El coro, situado junto al rosetón, entonaba la Pasión según San Mateo de Bach, elevando el tono místico de la celebración.

La liturgia avanzó solemnemente hasta la eucaristía. Camargo alzó la patena y recitó las palabras:

—Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre...

Luego levantó el cáliz, brillante con sus pedrerías, y bebió con devoción. Saboreó el vino y lo sintió descender por su garganta. Apenas terminó la plegaria, una extraña sensación de calor recorrió su cuerpo.

El momento de la comunión llegó, y Camargo descendió con solemnidad las escaleras del presbiterio. Repartió el pan sagrado entre los feligreses, repitiendo la misma frase una y otra vez, como una letanía:

—El cuerpo de Cristo.

Entonces, un sacerdote joven, de tez pálida y ojos azules penetrantes, se arrodilló ante él. Camargo vaciló al ver un tatuaje que asomaba desde el cuello del sacerdote. El joven tomó la hostia y, al recibirla, se inclinó para susurrarle:

—Sanguine diro placatur, Pater.

Las palabras le atravesaron como una daga.

De repente, un temblor recorrió su cuerpo.

Su corazón pareció detenerse por un segundo, y las piernas le fallaron.

Los murmullos de la congregación se hicieron eco en su mente mientras el mundo a su alrededor comenzaba a desmoronarse.

Los sacerdotes a su lado lo sujetaron antes de que cayera, pero su cuerpo ya no respondía.

Lo llevaron de vuelta a la sacristía, donde le ofrecieron un vaso de agua. Intentó cogerlo, pero sus manos temblaban incontrolablemente. El vaso se le escapó de entre los dedos y se rompió contra el suelo.

Un dolor agudo apretó su pecho, robándole el aliento. Trató de agarrar la casulla de uno de los sacerdotes, pero sus dedos no tenían fuerza. Su lengua se paralizó, y solo un gemido ronco escapó de su garganta.

—Ilustrísima, ¿se encuentra bien? —La voz lejana del sacerdote resonaba como en un túnel. Su visión se nubló y la catedral se desvaneció en una neblina gris que se tornó azabache. Camargo se deslizó en una oscuridad infinita, un viaje del cual no habría retorno.