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El cuerpo del cartero pesaba demasiado, pensó Montenegro mientras arrastraba a Esteban, aún inconsciente, hasta la parte trasera de la furgoneta.
A esa hora de la mañana, el estacionamiento estaba lleno de vehículos de reparto esperando iniciar su jornada, por lo que debía actuar con rapidez para evitar encontrarse con alguno de los empleados de la oficina.
Subió al Renault 4 amarillo, encendió el motor y se puso en marcha, conduciendo por la carretera hacia su primer objetivo: recoger el pedido de vino de mistela en la bodega, inyectar la batracotoxina en las botellas y entregarlas en la catedral de Mondoñedo.
Mientras conducía, Montenegro orientó el retrovisor hacia el asiento trasero para comprobar si el cartero seguía inconsciente.
Aún no daba la menor señal de recuperar el sentido.
Con una mano, cogió la carpeta con la hoja de recogida donde estaba anotada la dirección de la bodega.
A pocos kilómetros, se desvió por una tranquila senda que lo llevó a una zona boscosa.
Estacionó la furgoneta en un claro y, con esfuerzo, arrastró el cuerpo del cartero fuera del vehículo.
Lo ató con correajes a uno de los pinos cercanos.
—Aquí estarás bien —susurró Montenegro mientras subía de nuevo al Renault 4.
Antes de ponerse en marcha, sacó de una pequeña bolsa de cuero unas gafas de montura plateada estilo aviador, junto con unos postizos de bigote y cejas.
Se los colocó cuidadosamente, transformando su apariencia.
Luego, con precisión militar, se cambió al uniforme de empleado de Correos.
Con su disfraz completo, arrancó el coche y dejó atrás a Esteban, que en pocos minutos recobraría el conocimiento.
Media hora después, Montenegro llegó a la nave industrial señalada con un cartel oxidado que rezaba «Bodegas Aliña S. L.»
. Aparcó la furgoneta y subió por las escaleras de metal hasta una puerta de cristal.
Un cartel escrito a mano señalaba la dirección de las oficinas.
Al entrar, una mujer de unos cuarenta años, con pelo corto y mechas rubias, lo miró desde detrás de un mostrador.
—¿Hoy no ha venido Esteban? Quería felicitarlo por su cumpleaños —preguntó la recepcionista, decepcionada.
—No, hoy se ha tomado el día libre —respondió Montenegro, mostrando la hoja de entrega.
Recogió la caja de cartón precintada y la colocó en la parte trasera de la furgoneta.
Tras abandonar el polígono, regresó al lugar donde había dejado al cartero atado al pino.
Para entonces, Esteban ya había recuperado la conciencia.
Cuando Montenegro se acercó, lo vio luchar desesperadamente contra los correajes, con los ojos abiertos de par en par por el pánico.
Se arrodilló frente a él y ajustó las ataduras para asegurarse de que no podía liberarse. Registró su cartera y la inspeccionó con indiferencia.
—Esteban... —murmuró— lamento todo esto, pero no te preocupes. Tan pronto como termine lo que tengo que hacer, avisaré a la policía para que encuentren tu cuerpo. Tu familia no debe sufrir demasiado.
Le quitó la mordaza y sujetó su mandíbula con firmeza, forzando su boca a abrirse. Con un movimiento rápido, vertió el contenido del vial en su boca, obligándolo a tragar. Los efectos no tardaron en manifestarse.
Esteban comenzó a sudar profusamente; su camisa se pegó a su piel empapada.
Su respiración se volvió errática, boqueando como si intentara desesperadamente absorber aire que nunca llegaba a sus pulmones.
De repente, su cuerpo fue sacudido por espasmos violentos, cada músculo retorciéndose sin control.
Los ojos se le desorbitaron, y un gemido ahogado escapó de su garganta antes de que su boca se llenara de espuma blanquecina.
Los temblores continuaron durante unos minutos más, hasta que el cuerpo de Esteban quedó inmóvil, colgado grotescamente del pino, atado como un muñeco roto. Montenegro observó el resultado en silencio, luego se levantó y, con guantes de goma, guardó el vial en una bolsa transparente.
—Por cierto, feliz cumpleaños... —susurró Montenegro antes de regresar a la furgoneta.
En el portón trasero, rompió el precinto del paquete que contenía seis botellas de vino con una etiqueta personalizada para la catedral de Mondoñedo.
Sacó otro vial del estuche negro y, con precisión quirúrgica, inyectó la cantidad justa de toxina a través de los tapones de corcho.
La dosis era suficiente para provocar un colapso del sistema nervioso y muscular con una sola copa de aquel vino.
Una hora después, Montenegro llegó a la catedral. Entregó el paquete en la oficina y observó, a través de la entrada, cómo un joven sacerdote, vestido con sotana, recogía la caja y la llevaba al interior del edificio.