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7 días para la visita del Papa
Esteban cumplía cincuenta y cuatro años aquella soleada mañana de agosto de 1989.
Casualmente, también celebraba sus veinte años como trabajador del servicio postal de Correos en ese mismo día.
Había llegado un poco antes de su horario habitual, como solía hacer en esa fecha especial, al centro de distribución y reparto de Mondoñedo.
Fichó puntualmente a las ocho de la mañana y solicitó al responsable de la oficina la tarde libre.
Su plan era sencillo: tomar unas cervezas con sus compañeros al mediodía, como hacía cada año, y luego regresar a casa para celebrarlo con su esposa y sus dos hijos.
La oficina ya estaba llena de actividad aquella mañana.
Los diez empleados clasificaban el correo meticulosamente, listos para distribuirlo en los pueblos cercanos.
Los jueves, Esteban tenía una tarea especial: recoger y entregar un paquete de una bodega local, una caja de vino de mistela destinada a la Catedral de Mondoñedo.
Decidió que sería su primera tarea del día; así podría entregar el resto del correo con tranquilidad y estar de vuelta a tiempo para el almuerzo con sus compañeros.
Los saludos y felicitaciones no se hicieron esperar, acompañados de algún que otro pellizco juguetón de Maruxa. Ella era la administrativa de la oficina, una mujer de unos treinta años, con ojos claros, tez pálida y un cabello teñido de rojo que le daba un aire de muñeca de trapo.
—¡Esteban, felicidades! ¡Ya te estás haciendo viejo! —bromeó Maruxa—. Eres el abuelo de la oficina.
La broma hizo que Esteban se detuviera por un momento, reflexionando sobre lo rápido que había pasado el tiempo.
Veinte años en Correos, veinte años recorriendo la misma ruta, viendo cómo los compañeros entraban y salían de la oficina: algunos casándose, otros teniendo hijos, y unos pocos que ya no estaban.
Él, sin embargo, había permanecido constante, manteniendo su puesto.
Conocía a cada vecino de la comarca, cada calle y rincón.
Y, después de todo, había tenido una vida plena: una esposa a la que adoraba y dos hijos por los que se había sacrificado.
—¡Después de trabajar, nos tomamos unas cervezas para celebrarlo! —anunció Esteban con una sonrisa, provocando una algarabía entre los compañeros.
Se acercó a Eugenio, el encargado de clasificación y reparto.
El olor a tabaco impregnaba la figura del hombre, quien, con un cigarrillo a medio fumar entre los labios, le entregó la correspondencia del día.
Esteban guardó las cartas mecánicamente en su cartera de cuero desgastada y se dirigió al estacionamiento para recoger su furgoneta de reparto, una Renault 4 amarilla.
La mañana tenía un frescor agradable; la hierba que crecía entre las grietas del asfalto y las viejas aceras estaba cubierta por un leve rocío.
Al llegar al vehículo, Esteban se encontró con un compañero que lo saludó con la mano, aún adormilado a esas horas.
Esteban notó con fastidio un golpe en la carrocería de la furgoneta.
—Joder... —murmuró para sí, mientras pasaba la uña por el arañazo.
Con un suspiro, abrió las puertas traseras de la furgoneta y recogió un viejo chaquetón que había dejado la noche anterior, algo que sin duda agradecería en aquella mañana fresca.
Lanzó la cartera al asiento trasero y, justo cuando se disponía a subir al asiento del conductor, todo cambió.
Una mano firme lo atrapó por el cuello, con una fuerza implacable.
Antes de que pudiera reaccionar, sintió una tela áspera presionando su nariz y boca.
Luchó desesperadamente, como un pez fuera del agua, pero no podía respirar.
El pánico se apoderó de él; sus piernas flaquearon y un calor húmedo descendió por sus pantalones cuando su vejiga se vació.
Un olor embriagador invadió su olfato; sus movimientos se volvieron torpes, incontrolables.
Todo a su alrededor comenzó a desvanecerse, como si lo envolviera una cálida oscuridad.
Y entonces, todo se apagó, cayendo en un abismo profundo y reconfortante donde no había ni dolor ni aire.