Los Hijos de la Peste 59
67%

59

«La letra con sangre entra...».

Artai Montenegro rememoraba esa frase, una que se repetía en su subconsciente noche tras noche.

Lo acompañaba en sus sueños y pesadillas desde los días en la colonia.

Era una tórrida noche de agosto y le costaba conciliar el sueño.

Su respiración era agitada, exhalando aire húmedo en movimientos casi espasmódicos.

Bajo los párpados, sus ojos se movían en una danza interminable, fruto de un sueño intranquilo.

Desde que era niño, siempre había dormido con la luz encendida. Su alma nunca se había recuperado de aquellos días de oscuridad en la colonia, cuando los curas lo encerraban en aquel pequeño espacio llamado «la urna». A pesar de los años que habían pasado, las noches seguían aterrando a Artai.

Se levantó, encendió un cigarrillo y se sirvió un café frío —pero bien cargado— en su vieja cafetera italiana. Observó cómo el humo se elevaba lentamente desde su boca y se desvanecía, lento y quebradizo, como un ente fantasmal.

Tomó su cuaderno de espiral, donde dibujaba rostros que ya no podía reconocer y escenas surgidas de su mente perturbada.

Mientras lo hacía, el cenicero de mármol se llenaba con la ceniza de su cigarrillo, consumido lentamente por el fuego.

Aquella noche de agosto, Artai se sentó en un viejo sofá junto a la ventana de un gran salón desvencijado, en una casa solariega perdida en algún rincón de la Costa da Morte.

La ubicación era perfecta, alejada de cualquier núcleo de población, lo que garantizaba la ausencia de visitas indeseadas que pudieran interferir en su misión.

Vivía solo en esa casa, en un aislamiento casi ascético que le proporcionaba la tranquilidad necesaria para preparar sus actos de expiación.

Y todo aquello no habría sido posible sin aquel individuo anónimo que lo contactó tras su regreso de Francia.

Estaba seguro de que esa misma persona fue quien le entregó la documentación con los nombres de los responsables de las desapariciones en la colonia, incluyendo la de su hermano Xosé.

Ese individuo sin rostro también le había proporcionado el escondite.

A través de correspondencia enviada por «un buen amigo», Artai recibía actualizaciones semanales con las instrucciones necesarias para mantenerse un paso por delante de la policía mientras completaba su misión.

Estaba convencido de que ese «buen amigo» también pertenecía a la Sociedad Carbonaria, la misma sociedad que lo acogió y lo convirtió en un asesino preciso y despiadado, pero que lo abandonó cuando las cosas se complicaron.

Esos pensamientos lo ocupaban por completo mientras se preparaba para su acto final.

Ya había matado a Rivera, el hombre que más había odiado en su vida, el viajero eterno de sus pesadillas.

Pero la misión no terminaba ahí. Su sed de venganza aún no se había saciado.

Su «buen amigo», en sus cartas, le recordaba constantemente que solo hallaría la redención de su alma cuando erradicara la maleza que infestaba otras almas.

Almas que, al igual que la suya, habían sido mutiladas por la Iglesia.

Una institución que debía proteger y perdonar a los débiles, pero que se había convertido en todo lo contrario.

Ese era el mal que debía eliminar de raíz.

En medio de sus reflexiones, el sueño volvió a vencer a Artai, transportándolo años atrás, a su infancia en la colonia.

Era un día lluvioso de invierno. Se veía a sí mismo de pie, castigado en el patio.

El vaho escapaba de su boca y nariz. Estaba semidesnudo y descalzo, una de las tantas veces que Rivera lo había castigado con crueldad.

Aquella vez, por haber intercambiado las sábanas mojadas de orina con su hermano Xosé.

No quería que el padre Rivera descubriera que su hermano se orinaba en la cama.

Sabía que Rivera era como una sanguijuela, alimentándose de la debilidad de los demás.

Artai prefería soportar el castigo él mismo antes que dejar que su debilitado hermano lo sufriera. Estaba dispuesto a sacrificarse por él.

Vio cómo Rivera lo observaba desde las sombras, fijamente, mientras él temblaba de frío, con los brazos cruzados sobre el pecho, vestido solo con unos calzoncillos blancos manchados.

Sus miradas se encontraron en la oscuridad.

Rivera, sin decir nada, encendió un cigarrillo y se escondió bajo los arcos del claustro.

Artai recordaba esa sonrisa de desprecio, esa crueldad, y la brasa del cigarrillo encendiéndose y apagándose con cada calada, visible entre la bruma matutina.

Después, observó horrorizado cómo Rivera levantaba la vista hacia la ventana donde Xosé, con las manos apoyadas en el cristal, miraba desde dentro.

El vaho empañaba el vidrio, mientras el rostro de Rivera mostraba una sonrisa maliciosa y lasciva.

Artai se despertó bruscamente, con los ojos húmedos y la respiración entrecortada. Miró el techo de madera envejecida, sintiéndose atrapado en un letargo catatónico. Encendió la lámpara sobre la vieja mesa de madera y miró su reloj. Apenas eran las cinco de la mañana.

El encuentro con la policía y el criminólogo en la fundición de Brens le había permitido conocer mejor a sus perseguidores.

Sabía que la policía estaba cada vez más cerca, por lo que había tomado precauciones, reduciendo sus salidas al mínimo.

Incluso había dejado de ir al pueblo más cercano para comprar alimentos; en su lugar, hacía los pedidos por teléfono y recibía la entrega semanalmente.

Montenegro se dirigió a la cocina, tomó un vaso de leche fresca y se encaminó hacia una puerta que daba acceso a un sótano oscuro y lúgubre.

La escalera de madera que descendía estaba apenas iluminada por una vieja lámpara de casquillo cubierta de polvo.

Al llegar al final, se encontró en una sala de piedra, con una mesa de mármol en el centro, iluminada por varias lámparas de tungsteno.

Sobre la mesa había diversos instrumentos de laboratorio: embudos, matraces y gradillas con tubos de ensayo.

En una estantería de metal junto a la pared descansaban frascos de cristal con hierbas etiquetadas.

Encima de la mesa, un terrario cuadrado, iluminado por una lámpara incandescente, albergaba varias ranas de la especie punta de flecha.

Sus colores dorados, vivos y brillantes, eran una advertencia para cualquier depredador.

Artai se acercó al terrario y golpeó suavemente el cristal con el dedo índice.

Las ranas apenas reaccionaron. Luego, se puso unos guantes de goma y, con cuidado, sacó una de ellas.

Sabía que debía tener extrema precaución con su piel, ya que era un arma letal.

La toxina que producía podía matar a más de cinco mil personas en cuestión de segundos.

La rana se agitó en sus manos, estremecida por el contacto.

Artai la depositó sobre la mesa de mármol y, con habilidad, le hizo una pequeña incisión con el escalpelo, lo justo para estimular la liberación de sus secreciones tóxicas.

Con sumo cuidado, raspó la piel del anfibio, extrayendo las gotas de toxina que brillaban en su superficie.

Luego, procedió a repetir el proceso con otro ejemplar.

Cuando estuvo satisfecho con la cantidad de toxina recogida, colocó los raspados de piel en un frasco y añadió una pequeña cantidad de alcohol para disolver las secreciones cutáneas.

Agitó el frasco suavemente, dejando que el alcohol extrajera la toxina, antes de filtrar la mezcla a través de una fina gasa.

El líquido resultante era amarillento, y viscoso.

Encendió un mechero de alcohol y calentó la mezcla en un matraz de fondo redondo, permitiendo que el alcohol se evaporara lentamente, dejando un residuo translúcido en el fondo del matraz, la toxina que necesitaba.

Con precisión, vertió el veneno en tubos de ensayo, sellándolos cuidadosamente con tapones de corcho, y los colocó en una gradilla junto a otros diez tubos llenos de la misma sustancia letal.

Con calma, escribió en una etiqueta en letras mayúsculas:

BATRACOTOXINA.

Luego, apagó las lámparas sobre la mesa, dejando todo envuelto en penumbra.

Subió las escaleras con sigilo y cerró la puerta tras de sí.

Artai se quitó los guantes con cuidado, los arrojó a la papelera metálica y apagó las luces del sótano.

El proceso había terminado. La batracotoxina —su arma final— ya estaba preparada.

Cogió los viales, los guardó en una caja y mientras subía las escaleras y cerraba la puerta del sótano, sintió el peso de lo que estaba a punto de hacer.

Cada paso que daba lo acercaba al cumplimiento de su misión y, aunque las paredes de aquella casa solitaria lo habían protegido durante meses, sabía que ya no había vuelta atrás.

Caminó hasta el salón y se dejó caer en el viejo y desgastado sofá orejero.

Durante mucho tiempo permaneció allí, fumando pacientemente mientras observaba su propio reflejo en el espejo de cuerpo entero que había colocado en la habitación.

Sus ojos, profundamente marcados por ojeras, parecían perforar su propia imagen.

La habitación estaba envuelta en el mismo aire espeso que había llenado sus pulmones en las últimas semanas: cargado de humo y recuerdos.

Inhaló el humo del cigarrillo y lo expulsó lentamente, dejando que las nubes se disolvieran bajo el techo de madera.

Frente a él, en el espejo, veía a un hombre consumido por su propia historia, alguien que, después de años de preparación, había llegado al momento culminante.

Apagó el cigarrillo en el reposabrazos y se puso de pie con decisión.

Sobre el viejo aparador, cubierto de polvo, cogió un sobre marrón que había llegado días atrás.

Lo abrió y extrajo varias hojas impresas y fotos.

En ellas, aparecía un hombre rechoncho, de unos cincuenta años, con un bigote en forma de herradura.

Era cartero. Según las notas, recogía un pedido semanal de vino de mistela, que entregaba puntualmente cada martes en la Catedral de Mondoñedo para la celebración diaria de la Eucaristía.

Esta información era crucial. Aquel cartero representaba su vía de acceso al obispo Camargo.

Con la visita del papa Juan Pablo II a Santiago de Compostela a solo dos semanas, y una misa del obispo programada para el domingo en la catedral, era el momento perfecto para ejecutar su plan.

Hoy era jueves. Tenía tres días para localizar al cartero, retenerlo y suplantarlo.

El plan era sencillo, pero efectivo: recoger el vino, inyectar la batracotoxina en la garrafa de mistela y entregarla en la secretaría de la catedral.

Después, solo quedaría esperar a que el veneno hiciera su trabajo.

Sería el acto final de su larga venganza, la deuda que todos aquellos hombres debían pagar por la desaparición de su hermano Xosé.

Sobre una silla, el uniforme de empleado de correos, perfectamente doblado lo esperaba.

Artai lo guardó en una bolsa de cuero marrón que luego introdujo en el maletero de su coche, junto con la pequeña caja metálica que contenía los viales con la toxina.

Con todo preparado, su mirada recorrió por última vez el interior de la casa que había sido su refugio y prisión.

Sacó un bidón de gasolina del maletero y roció con cuidado el vestíbulo, el salón y las escaleras.

La casa, que había sido testigo de su transformación, ahora debía desaparecer.

Encendió el mechero Zippo y lo lanzó al suelo.

Las llamas comenzaron a devorar rápidamente los muebles, las cortinas y la vida que había construido en ese lugar.

Se quedó junto a la puerta, observando el fuego danzar, consumiendo todo a su paso.

Por un momento, se preguntó si debería dejarse arrastrar también por las llamas, desaparecer junto a todo lo que había sido.

El humo comenzó a llenar sus pulmones rápidamente; cada respiración se volvía más dolorosa y pesada.

Una tos violenta lo sacudió, rasgándole la garganta como si inhalara cuchillas.

Su pecho se apretó, y cada bocanada de aire parecía insuficiente.

La cabeza comenzó a darle vueltas, y por un momento, todo a su alrededor pareció tambalearse.

Los ojos le ardían, llenándose de lágrimas involuntarias que nublaban su vista.

El sabor amargo y metálico del humo llenó su boca, y una oleada de náuseas le subió por la garganta.

Se tambaleó hacia la puerta, tosiendo con fuerza mientras sus pulmones luchaban por expulsar el aire contaminado.

El mareo le dificultaba mantener el equilibrio, y por un momento consideró dejarse caer al suelo y rendirse al calor que lo rodeaba.

Pero su instinto de supervivencia fue más fuerte.

A duras penas, cruzó el umbral y, al inhalar el aire fresco del exterior, se arrodilló, jadeando como un náufrago.

Tosió con fuerza una vez más y vomitó, su cuerpo trataba desesperadamente de purgar las toxinas que había inhalado.

Aún mareado, se limpió la boca con el dorso de la mano y miró hacia la casa, observando cómo las llamas devoraban lo que quedaba de su refugio. Los pulmones aún le ardían con cada respiración, y sus piernas temblaban bajo su propio peso.

Aún con el pecho ardiendo por el humo, Artai abrió la puerta del coche y encendió el motor.

Retrocedió por el estrecho camino de tierra que lo conducía hasta la carretera comarcal.

Mientras giraba bruscamente hacia la carretera, sus pensamientos ya estaban puestos en el horizonte, donde el sol empezaba a levantarse.

Sabía que, al final de esa carretera, lo esperaba su destino.