Los Hijos de la Peste 58 #4
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»En aquel entonces, el padre Rivera apenas salía de su habitación, salvo para dar clases de Formación del Espíritu Nacional.

Todo cambió cuando conoció a Xosé. No sé si fue porque Rivera, como una sanguijuela, se alimentaba de la fragilidad de los demás, pero comenzó a tratar al niño con especial atención.

Lo acompañaba en sus paseos, empujaba su silla de ruedas y se despedía de él cada noche, acercándose a su cama.

»Artai, con su intuición infantil, notó de inmediato que algo no estaba bien.

Ese «cariño» estaba disfrazado con un manto de espinas.

Una noche, decidió actuar: entró en la habitación de Rivera y lo atacó con un cuchillo de cocina.

Por un milagro, el padre salió ileso, pero le quedó una cicatriz profunda en uno de sus brazos.

Como castigo, Artai fue confinado en «la urna» durante un mes.

Cuando regresó, encontró a su hermano en posición fetal, mirando fijamente al vacío.

Artai supo que algo terrible había ocurrido.

»La primera noche tras salir de «la urna», Artai vio cómo el padre Rivera, lleno de rencor, se llevó a Xosé por la fuerza y le dio una bofetada que lo dejó inconsciente.

»Al día siguiente, encontré a Xosé muerto en los brazos del padre Rivera.

—¿Y Artai? —preguntó Marzán.

—Desapareció de la colonia poco después, y no volví a saber nada de él... hasta ahora.

Camargo guardó silencio y luego entregó un papel a Noela.

— Ayer recibí una carta con esta nota en su interior, Inspectora.

—Está en latín —observó Vargas, pasándole la nota a Marzán para que la leyera.

—La traducción dice lo siguiente —intervino Camargo—: «Mercurio, en lengua gala, se llama Teutates y es honrado con sangre humana. Los galos aplacan a Teutates Mercurio sumergiendo a un hombre boca abajo en un recipiente para que se ahogue.

Esus Marte se aplaca colgando a un hombre de un árbol hasta que se desangra. A Taranis Dispater lo aplacan quemando hombres en una estructura de madera».

—Es una glosa del Libro VI, que hace referencia a la Triple Muerte celta, el ritual que Artai ha seguido en los asesinatos de Carrión, Quiroga y Rivera —explicó Marzán—. Indica un cambio de ciclo. Ha cerrado una etapa dolorosa y ahora comienza otra.

Vargas asintió, preocupada.

—Debemos extremar la vigilancia sobre el obispo. Es probable que Artai pronto se acerque a él, y esta nota es una advertencia tanto para él como para nosotros.

Hubo un incómodo silencio que se prolongó durante unos eternos segundos.

Vargas retomó la palabra.

—En cuanto a usted, Ilustrísima, todo lo que nos ha revelado se mantendrá en esta habitación.

Se lo he prometido al cardenal Laprovittola.

Sin embargo, quiero que haga algo... —Noela lo miró con severidad—.

Comuníquele al arzobispo su dimisión. Puede inventar la excusa que prefiera, como problemas de salud.

Como policía y creyente, creo que no merece ocupar ese cargo.

No representa ni a la Iglesia ni a los valores morales que se esperan de un alto representante eclesiástico.

Ha arrastrado la dignidad, la honestidad y la bondad que deberían caracterizar a alguien en su posición.

Ha ocultado estos hechos por ambición y cobardía. Obispo Camargo, usted es una vergüenza.

El silencio en la sala se hizo aún más denso. Noela continuó, sin desviar la mirada.

—Me encantaría detenerlo por obstrucción a la justicia y ocultar pruebas en una investigación policial. Sin embargo, no lo haré... Pero aquí está mi colega Suso Marzán, quien no está vinculado a este compromiso, y estoy segura de que estaría encantado de compartir este asunto con la prensa.

Camargo apretó los labios y asintió lentamente. Sabía que esa era su única salida si no quería enfrentarse a la humillación pública.

Vargas y Marzán se levantaron y se dirigieron hacia la puerta. Antes de salir, Vargas se giró.

—Una última pregunta: ¿qué sucedió con el padre Rivera?

Camargo suspiró, y tras un breve silencio, respondió:

—Una mañana, llegó a la colonia un automóvil negro, bastante lujoso.

Venía acompañado de un sacerdote y un hombre con acento francés.

Se presentaron rápidamente y se llevaron a Rivera.

Recuerdo que él me miró fijamente durante unos segundos y esbozó una sonrisa, como si fuera una despedida.

Subió al automóvil y nunca más supe de él.

—¿Recuerda algo más sobre el hombre de acento francés? —insistió Vargas.

—Bueno... era alto, de modales elegantes y, como le mencioné, con un marcado acento francés. Hay un detalle que nunca olvidaré: llevaba una corona de espinas en la solapa de su chaqueta.

—Un carbonari... —exclamó Marzán, sorprendido—. ¿Qué tienen que ver ellos con todo esto?

Camargo, con una sonrisa fugaz pero enigmática, se levantó una vez más de su butacón y se sirvió otra pequeña copa de bourbon. Luego, con calma, dijo:

—Creo que no hace falta recordarles que dentro de quince días el papa Juan Pablo II visitará Santiago de Compostela.

Todos estos eventos, junto con la repentina aparición de Montenegro, no pueden ser meras coincidencias.

Quizás... inspectora, señor Marzán... aquellos que creen que son sus aliados no lo sean tanto.