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—«Creí... que quería jugar al mismo juego que el padre Rivera», confesó entre lágrimas.
Camargo hizo una pausa. Su voz temblaba al recordar esos momentos.
—Después de aquel suceso, llamé a Rivera a mi despacho.
Le dije que sospechaba de su comportamiento con los chicos y que, si no detenía esas acciones, me vería obligado a denunciarlo y expulsarlo de la colonia.
Rivera me miró con aquella expresión fría y distante que siempre tenía.
Se sentó en una butaca, con la cabeza entre las manos, como si implorara perdón.
—«Padre Camargo... lucho contra ello, pero es superior a mis fuerzas. Es un monstruo que me consume. He intentado arrancarlo de mí cada noche», me dijo mientras comenzaba a desnudarse.
Entonces vi algo que me dejó helado: su cuerpo estaba cubierto de pequeñas heridas y cicatrices, señales de autoflagelación.
«Le ruego al Señor, pero no me escucha. Soy un pecador... un monstruo, padre Camargo. Necesito confesión», imploró.
»Negué con la cabeza, horrorizado.
»Rivera extendió las manos hacia mí. «Se lo suplico…»—dijo, antes de tumbarse en el suelo boca abajo y luego arrodillarse frente a mí—. Le confesé. Escuché tantas cosas horribles sobre su vida que solo el secreto de confesión ha mantenido sepultadas. Y, pese a todo, le di la absolución.
Camargo cerró los ojos un instante antes de proseguir, con voz ahogada por la culpa.
»Al día siguiente, Daniel apareció muerto en un bosque cercano, desnudo y semienterrado. Quiroga regresó a la colonia. Tras una violenta discusión, una vez más vestí el hábito del cobarde y ocultamos el cuerpo del niño junto a los restos del otro muchacho.
El silencio en el despacho de Camargo se volvió eterno. Nadie se atrevía a romperlo.
Noela Vargas depositó sobre la mesa del escritorio de Camargo unas bolsitas de plástico que contenían colgantes con la imagen de Santa Mariña de Augas Santas.
—Encontramos estos colgantes junto a los cadáveres de Quiroga, Carrión y Rivera. Me gustaría saber qué significan para usted —dijo Vargas, mientras Camargo sostenía las bolsitas entre sus dedos y las examinaba detenidamente.
—El coronel Carrión era un devoto de Santa Mariña.
Siempre creyó que su martirio, basado en antiguas tradiciones celtas, tenía un significado profundo de muerte y resurrección.
La leyenda de Santa Mariña relata que fue sometida a tres tipos de tortura, y para Carrión eso simbolizaba los tres pilares ideológicos que defendía apasionadamente: catolicismo, anticomunismo y fascismo.
Camargo hizo una pausa antes de continuar.
»Durante su estancia en Galicia, Carrión fundó una sociedad secreta formada por intelectuales, políticos y miembros de la Iglesia, entre los que estábamos Quiroga y yo.
Al principio, nuestros debates se centraban en el futuro ideológico de la Nueva España que había emergido tras la Guerra Civil, resurgiendo de las cenizas del comunismo.
Pero esos debates pronto se convirtieron en algo más oscuro: en señalamientos contra cualquiera que se apartara del pensamiento dominante del régimen.
La Sociedad de Santa Mariña se convirtió en una especie de inquisición en Galicia, castigando a todo aquel que discrepaba.
Como resultado, aumentaron los arrestos de intelectuales y figuras importantes de la sociedad gallega, etiquetados como traidores.
Vargas y Marzán escuchaban en silencio, absorbiendo cada palabra.
»Quiroga, podríamos decir, era el brazo ejecutor de la sociedad.
Incluso el propio general Franco llegó a enterarse de nuestras actividades y escribió una carta personal a Carrión, felicitándolo y declarando a la sociedad como un ente de interés para el régimen —Camargo hizo una mueca de desagrado—.
Fue en ese momento cuando Carrión cambió.
La sociedad también cambió. De repente, se introdujo simbología mágica, muy similar a las sociedades secretas que el régimen perseguía.
Carrión solía mostrar y leer un antiguo libro en nuestras reuniones.
—El Libro VI... —mencionó Marzán, recordando la conexión.
—Exacto.
—Lo que no entiendo —intervino Vargas— es cómo alguien como Rivera, un depravado, formaba parte de esa sociedad.
—Yo tampoco lo comprendo. Me sorprendió mucho ver el colgante en su cuello.
Le pregunté a Carrión al respecto, pero su única respuesta fue un lacónico «así tiene que ser».
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que todo se me había escapado de las manos.
Amenacé a Carrión con dimitir y denunciar todo lo que estaba ocurriendo si no trasladaban a Rivera lejos de los niños.
Carrión se asustó, y me prometió que haría lo posible por solucionar el problema.
Camargo hizo una pausa; su expresión era sombría.
—Y entonces... apareció otro cuerpo, el de Xosé Montenegro —dijo con voz apagada.
»A finales de junio de 1959 llegaron dos hermanos: Xosé y Artai.
Los recuerdo perfectamente. Eran hijos de un valiente médico que ejercía en pequeños pueblos de la costa gallega.
Ayudaba y proporcionaba alimentos a aquellos que no tenían ni lo más básico para subsistir.
Era un buen samaritano, y también se enfrentó a la corrupción política local del régimen, denunciando incansablemente el hambre que sufría parte de la población.
Fue arrestado por cargos que hoy en día nos parecerían ridículos, silenciado y condenado a ser internado en el campo de trabajo de Lavacolla, donde murió poco tiempo después, de tuberculosis.
Su madre no pudo hacerse cargo de los chicos, así que fueron trasladados a la colonia unas semanas más tarde.
»Xosé era un niño frágil, delgado, con ojos verdes y tristes.
Artai, por otro lado, era fuerte y decidido; protegía a su hermano con ahínco debido a su fragilidad.
Poco después de su llegada, Xosé contrajo tuberculosis y estuvo recluido varias semanas en la enfermería.
Durante ese tiempo, Artai se destacó por su comportamiento rebelde: fumaba a escondidas, se peleaba con los otros chicos y se escapaba durante días, vagabundeando antes de regresar.
Los castigos no le afectaban; pasaba más tiempo en «la urna», la celda de aislamiento para los más rebeldes, que junto a sus compañeros.
»Cuando Xosé se recuperó de la tuberculosis, quedó con secuelas evidentes: una tos persistente y ojeras profundas alrededor de sus ojos.
Pasaba las tardes sentado en una silla de ruedas bajo el viejo roble, con Artai siempre a su lado, contándole historias imaginarias que lograban arrancarle sonrisas.
Estaban juntos hasta que el sol se ocultaba.