Los Hijos de la Peste 58 #2
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58 #2

La colonia tomó su nombre de un roble centenario cercano a un castillo abandonado que fue restaurado para albergar la institución.

Era un edificio frío y sombrío, como aquellos grandes lugares que se adaptan a un propósito para el que no fueron diseñados.

El Estado pretendía que la colonia fuera una herramienta propagandística del régimen, presentando a Franco como el protector de los hijos de aquellos a los que llamaban traidores y delincuentes.

Los llamábamos «hijos de la peste» por la tuberculosis, la «peste blanca», aunque algunos de ellos no estaban enfermos.

El apodo se generalizó para todos los internos.

»Organizar todo desde cero no fue fácil.

Los jóvenes desconfiaban de nosotros, y no era de extrañar.

Para ellos, los sacerdotes representaban la separación de sus seres queridos.

Muchos de aquellos niños pasaban el día en silencio, con la mirada perdida.

Al principio, pensé que dirigir la colonia sería solo un paso más en mi carrera dentro de la Iglesia, pero, inspectora, ver a esos chicos...

me hizo cambiar. Mi corazón experimentó un despertar.

Creí que podía darles las mismas oportunidades que yo había recibido.

Era una ilusión, lo admito ahora, pero en ese momento lo sentí con fuerza. Intenté, de verdad, hacer lo correcto.

Camargo hizo una pausa, respirando profundamente, como si reviviera aquellos momentos.

»Pero los corazones son débiles. Y el mío, el primero de todos. No me di cuenta de ello hasta 1959, cuando conocí al padre Ángel Rivera. Fue entonces cuando descubrí que mi alma había emprendido un camino sin retorno.

»La orden salesiana, encargada de la regencia de la institución, me envió a los primeros sacerdotes para impartir clases a los jóvenes.

Entre ellos se encontraba el padre Ángel Rivera.

Nunca olvidaré la primera vez que lo conocí.

Conectamos de inmediato. Me sorprendió su altura y la fijeza con la que me observaba, como si escrutara cada uno de mis gestos.

Recuerdo que nos sentamos en mi despacho y mantuvimos una larga conversación.

Me contó que había estudiado teología en la Sorbona, y enseguida supe que era un hombre de una rectitud moral elevada.

Para él, la educación no era solo formar individuos, sino forjar una nueva clase social basada en los valores del nacionalcatolicismo, fundamentales para la Nueva España que Franco y la Iglesia buscaban construir.

»Aquel hombre me impactó. Parecía salido de otra época.

Estaba decidido a impartir la asignatura de Formación del Espíritu Nacional, y así lo acordamos con un firme apretón de manos.

Sin embargo, nunca olvidaré lo que me dijo antes de salir de mi despacho: «No se deje engañar, padre Camargo. Muchos de estos jóvenes albergan en su interior un poso de amargura y nos odian. Sus venas están envenenadas por el gen rojo que corroe su alma,

y nuestra misión como educadores es extirparlo».

»Esas palabras han estado conmigo durante toda mi vida, inspectora Vargas, porque fue a partir de ellas que se desencadenaron los graves problemas en la colonia unos meses después.

Camargo hizo una pausa, como si pesara cada palabra antes de continuar.

»Los rumores sobre el trato excesivamente duro del padre Ángel no tardaron en surgir.

Empezaron a llegarme denuncias veladas de otros sacerdotes, pero el más insistente era el padre Manuel Carrasco, un anciano sacerdote que trabajaba conmigo.

Habló conmigo en varias ocasiones, expresando sus sospechas de que algo extraño estaba sucediendo con Rivera, insinuando que su comportamiento hacia los niños podría ser indecoroso.

Debo admitir que no le presté la atención debida, ya que todo se basaba en rumores y percepciones vagas. Me arrepentí de ello muy pronto.

»Sin embargo, cumplí mi promesa de hablar con Rivera.

Una tarde lo llamé a mi despacho para discutir las quejas y denuncias que había recibido.

Cuando le mencioné los rumores, me miró fijamente, apretando los labios, y me dijo: «Lo siento, padre. Si alguien ha malinterpretado mis gestos hacia algunos de los alumnos, le prometo que no volverá a suceder».

»Dos días después, el padre Carrasco fue hospitalizado tras ingerir setas venenosas durante la cena.

En aquel momento no conecté ambos sucesos, pero ahora estoy convencido de que Rivera, de alguna manera, se enteró de que Carrasco lo había denunciado y trató de envenenarlo.

Los días pasaron sin más incidentes hasta que llegó una mañana de primavera de 1959.

Fue temprano, cuando el jardinero encontró ahorcado a uno de los chicos de la colonia al comenzar su jornada laboral.

—Uxío lo encontró, ¿verdad? —preguntó Vargas.

—Sí, Uxío...

Camargo guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Ahí estaba ese chico, colgado de una viga en la caseta donde guardábamos las herramientas de jardinería.

Esa imagen me persigue en mis peores pesadillas.

Era evidente que había sido un acto desesperado: una silla volcada en el suelo y una nota sencilla, ilegible, empapada por el rocío de la mañana.

Esos fueron los únicos testigos de esa tragedia.

El chico estaba desnudo, solo vestía unos calzones, y noté algunos hematomas en sus brazos y espalda.

Camargo hizo una pausa, entrelazó los dedos, apoyó los codos en el escritorio y hundió la frente entre las manos, como si la confesión lo aplastara.

—Continúe, por favor —murmuró Vargas, horrorizada.

—No supe qué hacer. Llamé a Carrión, quien me escuchó atentamente, sin interrumpir.

—«Entendido, Camargo —me dijo, imperturbable—. No llames a la Guardia Civil hasta que pensemos cómo proceder. Hablaré con alguien de confianza que nos ayudará a resolver este problema».

—Unas horas más tarde, un Seat 1400 se detuvo junto al roble.

Del coche bajaron dos hombres: uno alto y delgado, y otro más bajo, con un traje arrugado y una barba de varios días.

El más bajo se adelantó y me saludó. Se presentó como Xosé Quiroga, delegado provincial de los Servicios de Información e Investigación de la Falange.

Los llevé hasta el lugar del suicidio, descolgamos el cadáver y lo trasladamos discretamente a la enfermería, donde Quiroga lo examinó.

—«Tenemos que deshacernos del cuerpo»—dijo.

—No podía creer lo que estaba oyendo.

—«Pero tenemos que llamar a la Guardia Civil», respondí, alarmado.

—Quiroga encendió un cigarrillo, inhaló profundamente y, con una calma inquietante, me dijo: «Mire, padre, el coronel me ha enviado para resolver un problema. Si llama a la Guardia Civil, surgirán preguntas difíciles de responder. ¿Por qué se suicidó el chico? ¿De dónde salieron esos hematomas?

Obviamente, no se hicieron solos. ¿Alguien lo golpeó? ¿Fueron los otros chicos de la colonia? ¿O fue uno de los sacerdotes? Como verá, padre Camargo, las respuestas no son fáciles. Y si esto llega al Consejo Superior de Protección de Menores, abrirán una investigación.

Eso podría significar el cierre de la colonia, y usted sabe lo que eso significaría para sus aspiraciones dentro de la Iglesia. Si tiene alguna duda, dígala ahora».

»Recuerdo que mis manos temblaban. A mi lado, el padre Agustín Álvarez me miraba con asombro y susurró: «Padre, esto no es cristiano. Somos miembros de la Iglesia, no delincuentes que encubren crímenes».

—«Usted decide, padre», insistió Quiroga, aplastando el cigarrillo aún incandescente bajo su zapato.

Camargo se detuvo un momento, respiró hondo y prosiguió con voz grave:

»Y ahí fue cuando cometí el mayor error de mi vida. Ordené a Uxío, que me miraba expectante, y al padre Álvarez que ocultaran el cuerpo en el sótano del colegio, cerca de un espacio lúgubre que los chicos llamaban «la urna», una celda de aislamiento para los que cometían faltas graves.

»A partir de ese momento, comenzó mi propio infierno.

Las pesadillas me perseguían cada noche, veía al chico colgado, mirándome, señalándome con el dedo.

Pasé días enteros encerrado en mi habitación, y hasta una curandera del pueblo me recetó cornezuelo de centeno, un alucinógeno, para poder conciliar el sueño.

Marzán y Vargas se miraron sorprendidos.

—Claviceps purpurea —susurró Marzán.

—Ilustrísima, en los cuerpos de Rivera, Quiroga y Carrión encontramos cornezuelo de centeno en cantidades lo suficientemente grandes como para actuar como un narcótico.

—¿Cree que puede haber alguna relación?

—No lo sé, pero es posible que Artai lo viera consumir alguna vez esa sustancia y la haya integrado en su ritual de muerte para los crímenes de Quiroga y Carrión.

—Continúe, por favor. Cuéntenos con detalle el segundo suceso. La muerte del segundo muchacho —pidió Vargas.

Camargo respiró hondo antes de continuar.

—Pasó un mes y todo volvió a una relativa calma.

Pero ya había comenzado a sospechar de Rivera.

Los chicos le tenían un miedo real. Recuerdo a uno especialmente...

Daniel, creo que se llamaba. Una noche, durante mi paseo nocturno, vi una luz parpadeante en uno de los dormitorios de los niños.

A través de la cristalera y la puerta entreabierta, distinguí el haz de una linterna.

Entonces lo vi. Era el padre Rivera, sentado al borde de la cama de Daniel, acariciándole el pelo y susurrándole al oído.

Nunca olvidaré la cara de ese chico: estaba aterrado.

Rivera se dio cuenta de mi presencia, se levantó tranquilamente y salió de la habitación sin siquiera mirarme.

»Durante las noches siguientes no dejaba de pensar en lo que había visto.

Sabía lo que sucedía, pero no quería afrontarlo.

Finalmente, un día llamé a Daniel a mi despacho.

Rehuía mi mirada, como un gato asustado, y su cuerpo temblaba.

Intenté acercarme con suavidad, pero al principio rechazaba cualquier contacto.

—«No te preocupes, no voy a hacerte daño, Daniel. Solo quiero que me enseñes tu espalda», le dije.

»Pero algo inesperado ocurrió. Como si estuviera en trance, Daniel se desnudó completamente y, de repente, me tocó de forma inapropiada.

—«¡Dios mío!... Daniel, ¿¡qué haces!?», exclamé, retirándole las manos de inmediato y sujetándolo con fuerza por los brazos.

»El chico agachó la cabeza, se acurrucó en un rincón y rompió a llorar amargamente.

—«Creí... creí... », balbuceó.

—«¿Qué creíste, Daniel?», le pregunté con suavidad.