Los Hijos de la Peste 58
63%

58

Vargas estacionó su Volkswagen Golf cerca de la plaza de la Catedral de Mondoñedo.

Mondoñedo, una pequeña población situada en la provincia de Lugo, había vivido momentos de esplendor en la Edad Media, llegando a ser una de las seis capitales del reino de Galicia en el siglo XII.

Su catedral, conocida oficialmente como la Catedral-Basílica de la Asunción, dominaba el centro histórico.

De proporciones más modestas que otras grandes catedrales gallegas, a menudo se la llamaba la catedral pequeña, aunque su imponente arquitectura románico-gótica no dejaba de impresionar.

Concertar una cita con Bieito Camargo no había sido fácil.

El obispo era conocido por su discreción y rara vez recibía visitas en el Palacio Episcopal.

Noela había tenido que recurrir nuevamente a Augusto Laprovittola para pedir otro favor.

Una tarde, recibió la llamada del obispado: la cita estaba fijada para el día siguiente, a las doce del mediodía.

El día de la reunión, Marzán acompañó a Vargas, y ambos llegaron con media hora de antelación.

Desayunaron café y un par de churros en uno de los bares de la plaza, y luego caminaron hacia el Palacio Episcopal.

El edificio, una mole de tres plantas de cuarcita y granito, tenía una placa en la entrada que databa su construcción en el siglo XVIII.

Al llegar, los recibió el secretario particular del obispo, el padre Caballero, un hombre alto y delgado, tan rígido como el palo mayor de un barco. Caballero reconoció inmediatamente a Marzán y lo saludó efusivamente.

—Hace cinco años que terminé la carrera de Derecho, señor Marzán, y créame, sus libros han sido una inspiración para mí en todos los temas relacionados con la Criminología y las ciencias del comportamiento.

Después de intercambiar cumplidos, Caballero los condujo por el patio porticado, con paredes blancas, hasta un ascensor que los llevó directamente a la tercera planta, donde estaba el despacho del obispo Camargo.

Al llegar a la puerta, el padre Caballero se volvió hacia Vargas y, en un tono bajo, le habló:

—Hágame un favor, inspectora Vargas. Trate de ser delicada durante la reunión.

Su Ilustrísima ha tenido días muy difíciles debido a una hernia discal que lo aqueja.

Hay momentos en los que se encuentra física y mentalmente incapacitado.

No es necesario recordarle que un interrogatorio demasiado... estresante podría afectar su salud.

—Lo tendré en cuenta, padre —respondió, secamente.

Caballero asintió con una mirada que delataba cierta desconfianza, y golpeó suavemente la puerta del despacho.

—Esperen aquí un momento, por favor —añadió antes de entrar.

Unos segundos después, Caballero les invitó a pasar al despacho.

Lo primero que Vargas notó fue que, detrás de un historiado escritorio, estaba sentado un hombre de unos sesenta y tantos años, con pelo cano y avanzada alopecia.

Tenía la tez pálida y unas profundas bolsas bajo los ojos que los hacían parecer más pequeños, dándole un aspecto ratonil.

Vestía un traje negro con alzacuellos, y una cruz dorada colgaba de su pecho, identificándolo como un miembro destacado de la Iglesia.

En sus manos sostenía un papel arrugado, en el que parecía absorto, hasta que la presencia de Noela lo sacó de su ensimismamiento.

Mostró una sonrisa fugaz, casi resignada.

Camargo se levantó con dificultad de su butaca y le ofreció a Vargas su anillo para que lo besara. Con cierta reticencia, ella se dejó llevar y lo besó. Marzán, en segundo plano, estrechó la mano del obispo con suavidad.

—Inspectora Vargas, permítame que me siente. Como seguramente le ha mencionado el padre Caballero, llevo días sufriendo una molesta hernia que me ha mantenido postrado. Aunque estoy en tratamiento, los medicamentos que me han recetado alivian el dolor, pero me impiden estar de pie por mucho tiempo.

Sonrió de nuevo y se dejó caer con dificultad en su butacón.

—Pero, por favor, siéntense. Díganme, ¿qué ha traído a la policía a esta humilde casa de Dios?

—Supongo, Ilustrísima, que estará al tanto de los restos humanos encontrados en la colonia preventorial Monte do Carballo.

—Sí, inspectora, estoy informado. Es un asunto horrible —respondió el obispo, negando con la cabeza y separando las manos, que mantenía entrelazadas en una actitud casi de oración.

—Sabemos que usted dirigió la colonia entre 1954 y 1959, época en la que creemos que esos niños fueron asesinados.

—Sí, fui director de la colonia durante esos años... Pero, inspectora, si durante mi estancia hubiera tenido conocimiento de esos execrables crímenes, le aseguro que habría actuado en consecuencia.

Marzán se levantó y puso una carpeta encima del escritorio de Camargo, quien la miró con desconfianza.

Abrió la carpeta, y Vargas observó atentamente su rostro.

El semblante del obispo cambió por completo al ver el contenido: varias fotos de un joven Camargo acompañado por Xosé Quiroga, Marcos Carrión y Ángel Rivera.

Su rostro se tornó enfermizo al ver las fotos del expediente policial, donde aparecían los restos hallados en la colonia.

—Creemos que el hallazgo de los restos guarda relación, en mayor o menor grado, con estos tres individuos que usted conocía bien y que han sido asesinados en las últimas semanas —dijo Vargas.

Camargo miró directamente a los ojos de Vargas.

—¿Qué relación tuvo con estos tres hombres?

—Por supuesto que los conocía, no tengo nada que ocultar. A Marcos Carrión lo traté en menor medida; era nuestro enlace con el gobierno militar en aquella época y también uno de los mecenas de la colonia. En cuanto a Rivera... sí, fue profesor durante los años en los que dirigí la institución.

—¿Mecenas, monseñor? —interrumpió Marzán—. El coronel era todo menos un mecenas. Carrión estaba a cargo de los campos de trabajo de Lavacolla. Muchos de los niños internados en la colonia provenían de familias rotas, cuyos padres fueron encarcelados por motivos políticos en esa prisión.

—Escúcheme, señor Marzán —respondió Camargo, alargando las palabras—.

Doy por hecho que desconoce muchas de las cosas que la Iglesia hizo por esos pobres niños en aquella época.

Aunque ahora vivimos tiempos de revisionismo, quiero que quede claro que la Iglesia hizo todo lo posible por sacar a esos niños de la miseria y brindarles un hogar, alimento y ropa.

Sin esos cuidados, señor Marzán, muchos de ellos habrían muerto.

—¿Incluyendo abusos físicos, psicológicos y sexuales? —preguntó, tajante.

—Señor, no le permito que venga aquí a insultarme en mi propia casa —replicó Camargo, levantándose con esfuerzo, el rostro enrojecido de furia.

Vargas puso una mano en el hombro de Marzán, intentando calmar la situación.

—Disculpe, Ilustrísima. El señor Marzán no intentaba ofenderle —dijo, lanzándole una mirada dura a Marzán—.

Pero tenemos suficientes indicios para confirmar que el sacerdote Ángel Rivera fue responsable de esos asesinatos, que coinciden exactamente con los años en los que usted dirigía la colonia.

Estoy bastante segura de que usted estaba al tanto y no hizo nada para impedirlo —hizo una pausa—.

Cuando esta información salga a la luz —y saldrá—, su carrera en la Iglesia habrá terminado.

Camargo se dejó caer nuevamente en su butacón, con aire de derrota. Miró fijamente a Vargas y luego su vista se desvió hacia la misteriosa carta que acababa de recibir.

—Bien —dijo finalmente, con voz apagada—. ¿Qué desean saber?

—Me gustaría conocer, con todo lujo de detalles, lo que ocurrió en aquel año de 1959 en la colonia. Entender cuál fue su relación con Xosé Quiroga y Marcos Carrión. Y, por último, quiero saber qué papel jugó Rivera en las desapariciones de esos chicos.

Camargo se levantó en silencio, se sirvió una copa de bourbon y la bebió pausadamente, saboreándola. Luego, comenzó a relatar una historia perdida en un tiempo no tan lejano.

—Inspectora, yo provengo de una familia humilde.

Mi padre fue asesinado durante la Guerra Civil por el bando republicano, y mi madre, viuda, apenas podía mantenernos a mí y a mis cuatro hermanos.

La Iglesia fue mi única oportunidad para escapar de aquella miseria.

El párroco de mi pueblo, don Eligio, vio en mí una vocación y me envió al seminario de Santiago de Compostela cuando tenía doce años.

Allí recibí una educación, algo impensable para mí en otro contexto.

Tras tomar los votos, me enviaron a sustituir al párroco de la iglesia de Santa María do Camiño, que había fallecido de forma repentina.

Durante esos meses, conocí al entonces capitán Marcos Carrión, a través de una feligresa adinerada de la comunidad.

»Era finales de los años cuarenta, y Carrión ya tenía conexiones con las altas esferas del régimen de Franco.

Nuestra amistad creció rápidamente, aunque éramos personas muy distintas: él, de familia acomodada; yo, de orígenes humildes.

Pero compartíamos la misma edad, convicciones y ambiciones: la mía, prosperar en la Iglesia; la suya, en el gobierno.

Solíamos vernos en una casa que su familia poseía en Santiago de Compostela.

Hablábamos de política, de la guerra, de la Iglesia...

Poco después, fue ascendido a coronel y destinado como asesor en el Ministerio de Defensa, bajo el mando de Agustín Muñoz Grandes.

»No supe más de él hasta 1955, cuando me llamó por sorpresa.

Me informó de que lo habían nombrado coordinador de los campos de trabajo que aún permanecían en Galicia.

Franco, en su empeño por mejorar la imagen del régimen, quería cerrar esas instituciones, y Carrión tenía la tarea de supervisar ese cierre.

Galicia contaba con varios campos de trabajo forzado, como los de Muros, Padrón y Lavacolla.

Este último era el más preocupante para Carrión, ya que las condiciones eran terribles.

Muchos presos políticos enfermaban y morían, dejando a sus hijos huérfanos y a familias destrozadas.

»Para solucionar este problema, me ofreció dirigir una nueva colonia en la Costa da Morte, un lugar para reeducar a los hijos de los presos y huérfanos, además de ser un preventorio para niños enfermos de tuberculosis.

Acepté el reto en 1957. Aunque no tenía experiencia, la Colonia Monte do Carballo se me encomendó.