Los Hijos de la Peste 57
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Agosto de 1989

El día no había empezado bien para el obispo Bieito Camargo.

Apenas había pegado ojo durante la noche debido a la hernia de disco lumbar que lo aquejaba desde hacía meses, impidiéndole llevar una vida normal.

El médico del obispado lo tenía a base de antiinflamatorios, lo que lo mantenía somnoliento la mayor parte del día, aunque aliviaban parcialmente el dolor, que se intensificaba sobre todo por las noches.

Camargo siempre había sido una persona activa; incluso a sus sesenta y cinco años cuidaba su cuerpo con esmero.

De joven había practicado deporte con regularidad y llegó a competir profesionalmente en carreras de cuatrocientos metros vallas.

A pesar de su edad y de las responsabilidades como líder de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol, aún mantenía la rutina de salir a correr diez kilómetros alrededor de su casa.

Antes lo hacía solo, pero desde hacía unas semanas lo acompañaba un escolta, ya que la policía le había advertido de que su vida corría peligro debido a su conexión con varios sacerdotes que habían trabajado con él en la colonia preventorial Monte do Carballo en los años cincuenta y que

recientemente habían sido asesinados.

Camargo llegó temprano a la diócesis de Mondoñedo; había mucho trabajo por delante y faltaban solo quince días para la visita del papa Juan Pablo II a Santiago de Compostela.

No podía permitirse quedarse en cama lamentándose.

La inminente llegada del papa había sido una fuente constante de preocupación durante el último mes.

El arzobispo de la archidiócesis de Santiago le había encargado personalmente la organización de los eventos en los que participaría el pontífice durante los cinco días que duraría su estancia, en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud.

Esta tarea lo había sumido en largas y estresantes reuniones con representantes del Gobierno, la policía y emisarios del Vaticano.

La seguridad era extremadamente rigurosa, debido al atentado que el papa sufrió el 13 de mayo de 1981.

A eso se sumaban los recientes crímenes en A Costa da Morte, lo que incrementaba aún más su estrés y traía a la superficie recuerdos oscuros de su tiempo como responsable de la colonia maldita.

Camargo se acomodó en el gran butacón de su despacho, un amplio espacio ubicado en la primera planta del Palacio Episcopal.

Con una decoración sobria, aquel despacho había sido el centro de su actividad diaria durante los últimos cinco años.

Estaba equipado con todas las comodidades necesarias.

Una gran estantería de nogal, que cubría toda una pared, estaba llena de libros, y en ella se alineaban una decena de fotografías enmarcadas que capturaban momentos clave de su vida, rodeado de figuras políticas y de la alta sociedad.

Un nuevo latigazo de dolor recorrió su pierna.

Molesto, se levantó con dificultad y se acercó al mueble botellero, donde se sirvió una copa de bourbon Four Roses, bebida de un solo trago.

Con nostalgia, tomó una de las fotos en las que aparecía sonriente junto a varios empresarios después de una partida de golf.

Echaba de menos esos momentos, ya que no había mejor forma de enterarse de los entresijos de la política y la economía que en el campo de golf con los empresarios más influyentes de Galicia.

No los envidiaba, pues, aunque ellos podían moldear la sociedad desde sus cargos, él, desde su diócesis, tenía en sus manos algo mucho más valioso: las almas y creencias de quienes lideraba.

Para Camargo, la espada y la Biblia nunca habían estado tan cercanas.

Se miró en un espejo de cuerpo entero que había traído de Milán, colocado junto a su escritorio.

Apenas se reconoció. La tensión de las últimas semanas lo había envejecido visiblemente.

Llevaba puesta su sotana con botones dorados, fajín morado y solideo, ya que el día prometía ser importante.

Recibiría al Nuncio del Vaticano para ultimar los detalles de la visita del papa y, además, había recibido una carta oficial del Vaticano invitándolo a asistir a la recepción del Pontífice junto a los Reyes.

Estaba comenzando a recoger los frutos de años de trabajo.

Soñaba con que una organización impecable de la visita del papa le brindara mayor visibilidad dentro de la curia romana y, quizás, el ansiado puesto de arzobispo de Santiago de Compostela.

Esbozó una sonrisa fugaz frente al espejo y, al sentir que el dolor comenzaba a remitir, se sentó de nuevo con mayor agilidad tras su escritorio.

Su mente volvía a recuperar el control sobre su cuerpo.

Unos suaves golpes en la puerta lo sacaron de sus pensamientos.

El padre Caballero, su secretario particular, asomó la cabeza.

Caballero era un hombre alto, de rostro anguloso y ojos negros.

Camargo notó cierta duda en su expresión, pero lo invitó a entrar con un gesto de la mano.

Desde su llegada a la diócesis, Caballero había sido su colaborador más cercano.

Era una persona reservada y solitaria. Camargo apenas conocía detalles de su vida personal; en una ocasión le había mencionado que tenía unos primos lejanos en Argentina, pero poco más se sabía sobre sus amistades o contactos.

Lo que era innegable era su lealtad absoluta al obispo.

Camargo, que nunca había sido amigo de hablar con la prensa o con los feligreses, delegaba esas tareas tediosas en Caballero, quien las ejecutaba con diligencia y eficacia.

—¿Has visto la factura que nos ha enviado el taller de orfebrería por los mil doscientos cálices para la misa de Su Santidad en Monte do Gozo? ¿No me habían dicho que se ajustarían al presupuesto aprobado? ¡Es casi un veinte por ciento más de lo que habíamos acordado!

—Lo sé, Su Ilustrísima. Hablé con ellos, pero se justificaron diciendo que tuvieron que afrontar pagos a varios intermediarios que gestionaron el pedido. Además, el corto plazo desde la aprobación del encargo los obligó a contratar más mano de obra para cumplir con la entrega a tiempo.

—Ya... claro. Todo el mundo quiere sacar tajada de esto, por lo que veo —Camargo levantó la vista de la factura y miró de reojo a Caballero.

—Supongo que les dejaste claro que un porcentaje del contrato debe ser aportado voluntariamente a las obras de mejora del Palacio Episcopal.

Caballero asintió en silencio.

—Bien.

—El cardenal Laprovittola llamó esta mañana.

—¿Qué quería? —preguntó Camargo, visiblemente molesto.

El cardenal Laprovittola, aunque retirado, seguía siendo uno de los prelados más influyentes de la Iglesia española.

Había sido Prefecto con Juan XXIII en el Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica, encargado de supervisar la correcta administración de justicia dentro de la Iglesia.

Ahora asesoraba en temas judiciales al presidente de la Conferencia Episcopal Española, y aunque Camargo lo detestaba, sabía que debía mantener una buena relación con él.

Solo oír su nombre lo ponía nervioso, convencido de que Laprovittola estaba al tanto de su gestión, no siempre ortodoxa, en la diócesis.

—Es sobre una investigación policial que está en curso.

—¿Una investigación? ¿De qué?

—No me dio muchos detalles. Me dejó una nota y dijo que volvería a llamar.

Camargo asintió lentamente, mientras su mente buscaba respuestas sobre el inesperado contacto de Laprovittola.

Sospechaba que todo tenía que ver con los extraños crímenes en A Costa da Morte.

El fantasma del padre Rivera volvió a aparecer en su mente; había creído que esa página de su vida estaba cerrada, pero parecía que su pasado regresaba para atormentarlo.

—Por cierto, el Nuncio del Vaticano se retrasará.

Su secretario llamó para disculparse —dijo el obispo, con tono apagado, como si esa reunión fuera lo menos importante en ese momento.

Su mente estaba en otro lado: todo lo que había construido podría venirse abajo si la policía empezaba a investigar su pasado.

Caballero dejó el correo sobre la mesa y salió en silencio, cerrando la puerta tras de sí.

Camargo entrelazó los dedos y los apretó con fuerza.

Observó el anillo de oro con el escudo de la diócesis, encargado en una de las joyerías más prestigiosas de Galicia, y luego se frotó la frente y los ojos, como si intentara borrar de un plumazo todos aquellos pensamientos oscuros.

Él también fue una víctima de Rivera... o al menos eso quería creer.

Con impaciencia, revolvió el correo que Caballero había dejado en la mesa.

Un sobre marrón llamó su atención. Tenía su nombre escrito en el anverso, y en la solapa figuraba una dirección que le heló la sangre: colonia preventorial Monte do Carballo.

Las manos de Camargo temblaron mientras abría el sobre con nerviosismo y volcaba su contenido sobre la mesa.

Dos fotos antiguas en blanco y negro cayeron frente a él.

En una de ellas aparecía él de joven, vestido con sotana, las manos en los bolsillos y una mirada desafiante, la de un joven que quería comerse el mundo.

A su lado, la figura alta y espectral del padre Rivera.

Entre ambos, una hornacina representaba el martirio de Santa Mariña de Augas Santas.

En la segunda foto, varios niños sonreían con tristeza, sentados en el viejo muro que rodeaba el castillo de la colonia.

Uno de ellos tenía la cabeza marcada con un círculo rojo, dibujado a mano.

Las manos de Camargo comenzaron a sudar cuando reconoció al niño marcado. Una punzada de dolor, como un relámpago, le recorrió el cuerpo. La imagen del pequeño Xosé Montenegro le atravesó la mente con brutal claridad.

Una cuartilla blanca cayó al suelo. La recogió con dedos temblorosos y la desdobló. En ella, escrita con tinta roja, había un texto en latín:

«Sanguine diro Teutates horrensque feris altaribus Esus. Mercurius lingua Gallorum Teutatis dicitur, qui humano apud illos sanguine collebatur. Teutates Mercurius sic apud Gallos placatur: in plenum semicupium homo in caput dimittitur ut ibi suffocetur. Hesus Mars sic placatur:

homo in arbore suspenditur, usque donec per cruorem membra digesserit. Taranis Ditis Pater hoc modo apud eos placatur: in alveo ligneo aliquod homines crematur.»

Un fragmento del Libro VI, traducido al margen, decía:

(Mercurio en lengua gala se denomina Teutates y es honrado con sangre humana.

Los galos aplacan así a Teutates Mercurio: sumergen a un hombre boca abajo en un recipiente para que se ahogue.

Esus Marte se aplaca colgando a un hombre de un árbol hasta que se desangra.

A Taranis Dispater lo sacrifican quemando a hombres en una estructura de madera.)

Visiblemente alterado, Camargo descolgó el teléfono y marcó un número que tenía anotado en una libreta, reservado solo para casos extremadamente graves. Esperó varios tonos hasta que una voz grave respondió.

—Viene a por mí —dijo el prelado, con la voz entrecortada—. ¿Qué vamos a hacer?

—Tranquilo, Bieito. No tienes nada que temer.

Montenegro no te tocará, te lo aseguro. Mantén la calma.

Una inspectora irá a verte en los próximos días.

Mantente firme y no hables demasiado. Fallar ahora, cuando estamos tan cerca del objetivo, decepcionaría a muchas personas —respondió una voz fría y calculada.

—Me siento como una cabra atada a un poste, esperando que la fiera venga a devorarla —dijo derrotado.

Colgó el teléfono y se reclinó en el butacón de su despacho. Entrelazó los dedos, cerró los ojos y comenzó a murmurar una larga letanía en oración, en un susurro ininteligible.