Los Hijos de la Peste 56
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1959

—¡Por Dios santo! —murmuró Camargo en voz baja.

Bieito Camargo, un joven sacerdote ambicioso de veintisiete años, de pelo rubio y lacio, con un rictus serio y una mirada dominante, no podía creer lo que estaba presenciando.

Había luchado arduamente por su posición actual durante los últimos dos años, como para permitir que el padre Ángel Rivera arruinara todo.

En el fondo, sabía que él era el principal responsable; debió haber apartado a ese hosco sacerdote de la colonia en cuanto advirtió las primeras señales de alarma.

La primera vez que lo conoció fue cuando asumió el cargo de director del Preventorio Monte do Carballo.

En un principio, no le llamó la atención: Rivera era un hombre de mediana edad con una mirada huidiza.

Al principio, le pareció el típico cura de la vieja escuela, estricto, con profundas creencias religiosas, alta moral y valores cristianos.

Pero cuando Camargo se dio cuenta de que el interés del sacerdote por los niños iba más allá de la simple amabilidad, ya era demasiado tarde.

Como las olas violentas del mar que azotaban aquellas costas, apareció el primer cadáver solo unos meses después.

Le surgieron dudas, pero denunciarlo habría arruinado su carrera antes de comenzar; lo culparían por permitir que la perversión envenenara la institución.

Así que lo ocultó, lo borró de su conciencia.

Sin embargo, cuando apareció un segundo cadáver, medio desnudo en un descampado, supo que todo estaba perdido.

Su moral y su alma se habían oscurecido; había cruzado un umbral del que ya no habría retorno.

Y ahora, al presenciar el tercer cadáver, se dio cuenta de que había perdido el control por completo.

Allí estaba, inmóvil, contemplando la grotesca escena en la habitación de Rivera.

El sacerdote, sentado en su camastro, se balanceaba nerviosamente, con el pequeño cuerpo muerto en sus brazos.

Una alarma se encendió en su mente: esta vez, todo podría venirse abajo...

todo por lo que había soñado desde niño.

Recordó su infancia en una pequeña aldea de Orense.

Siempre envidió la vida de los hijos de los potentados que vivían en grandes caserones, mientras su familia sufría carencias.

Se prometió salir de la pobreza, y para lograrlo, se acercó a don Eligio, el párroco del pueblo.

Don Eligio, proveniente de una familia acomodada, se hizo cargo de sus estudios en el seminario, convencido de la sagacidad e inteligencia inusual del joven Bieito.

Desde muy temprano, Camargo supo que la carrera sacerdotal era el camino más directo para alcanzar sus ambiciones.

Después de la Guerra Civil, se adaptó con astucia a las circunstancias políticas, convirtiéndose en un leal defensor del régimen de Franco desde el púlpito.

Aquellas circunstancias le abrieron puertas, permitiéndole convertirse, a una edad muy temprana, en el sacerdote salesiano más joven en dirigir una institución educativa.

Pero la escena que ahora tenía ante sus ojos amenazaba con poner fin a todo su trabajo.

No iba a permitir que eso sucediera. Su futuro era más importante que las vidas de aquellos niños: hijos de la peste, hijos de traidores, de prisioneros, hijos de rojos y de madres solteras, los desechos de una sociedad en transformación.

Su ambición iba mucho más allá de esa estúpida institución que odiaba; su verdadero objetivo siempre había sido convertirse en el prelado más joven, en un obispo de la Iglesia.

Y sin embargo, allí estaba, paralizado por primera vez en su vida, sin saber qué hacer. De repente, el padre Jaime Riera, un sacerdote delgado y de espíritu asustadizo, apareció en la puerta, vestido con un pijama verde manzana, tras oír las voces provenientes de la habitación de Rivera.

Camargo se arrodilló ante la mirada atónita de Riera y, con fuerza, sujetó el rostro de Rivera entre sus manos.

—¿Qué has hecho, alma del demonio? —exclamó Camargo, furioso, mientras él y Jaime Riera liberaban el cuerpo inerte de aquel chiquillo de los brazos del padre Rivera y lo depositaban con cuidado en el frío suelo de losetas.

—Padre, tenemos que hacer algo —dijo Riera, alarmado—. ¿Llamamos a la Guardia Civil? No podemos seguir ocultando lo que está pasando aquí.

Riera se santiguó y empezó a murmurar una oración. Luego, se dejó caer contra la pared, deslizándose hasta quedar sentado, con la cabeza hundida entre los brazos.

—No podemos dejarnos vencer ahora —dijo Camargo, sacudiendo con fuerza los hombros de Riera.

—Ya son tres niños muertos, padre Camargo. Esta situación se nos ha ido de las manos... —la mirada inquisitiva de Riera penetró en Camargo como un puñal—. El principal culpable es usted. Si hubiera actuado antes, no estaríamos en esta situación.

—¿Qué espera que hagamos? ¿Llamar a la Guardia Civil y decir que este niño ha muerto por accidente?

¿Qué tenemos escondidos otros dos cadáveres?

No nos creerían, acabaríamos en la cárcel y probablemente excomulgados.

¿Eso es lo que quiere, padre? Aún tenemos mucho camino por recorrer bajo la mirada del Señor.

Además, sabe bien que estos niños ya nacieron condenados.

Los ojos de Riera se llenaron de lágrimas, y sus labios temblaron.

—¿En qué nos hemos convertido? Debemos entregar al padre Ángel. Es un enfermo, y nosotros somos aún peores... cómplices del demonio.

—No sea ingenuo, padre. Está tan implicado en esto como yo o cualquiera.

¿Cree que cerrar los ojos lo exime de culpa?

Ahora debemos tomar decisiones rápidas y firmes.

Le prometo que Ángel Rivera será historia, lo apartaremos de nuestras vidas para siempre.

Pero necesitamos hacer un último esfuerzo.

Nuestra vida no puede terminar aquí. Somos tan víctimas de Rivera como esos pobres niños.

—Camargo se puso de pie y le ofreció la mano a Riera para ayudarlo a levantarse.

—Cálmese, por favor. —Susurró Camargo al oído de Riera—. Vaya a buscar a Uxío y traiga unas mantas. Tenemos que limpiar todo esto.

Al poco tiempo, Uxío, un muchacho desgarbado, de ojos cetrinos y mirada perdida, entró en la habitación. En sus manos llevaba unas mantas, y sus movimientos delataban a alguien que había presenciado demasiado en muy poco tiempo. Camargo se acercó a él.

—Uxío, ayuda al padre Jaime a bajar el cuerpo de este pobre niño al sótano. Colócalo junto a los demás.

La respiración de Uxío se agitó.

—Pero... no, padre. No voy a hacerlo otra vez —murmuró.

Camargo se aproximó y le puso las manos sobre los hombros, mirándolo fijamente.

—Escúchame, Uxío. ¿Sabes qué pasará cuando descubran lo que ha ocurrido aquí?

Nos encerrarán a todos, y a ti te alejarán de tu madre y tu hermana para siempre —dijo, acariciando la cabeza del chico con una ternura inquietante—.

Ellas, hijo mío... ¿qué harían sin ti? En un pueblo donde nunca perdonarán lo que ha sucedido, tendrán que cargar con la vergüenza.

La familia de un cómplice de asesinato...

Y no necesito decirte lo que eso significa para dos mujeres solas.

Uxío bajó la cabeza, derrotado.

—Cumple con tu deber y ayúdanos a hacer lo correcto.

Con delicadeza, Uxío tomó el cadáver en brazos y lo llevó al sótano del castillo, un lugar húmedo y desvencijado, lleno de trastos y sombras.

El padre Riera lo acompañaba, tembloroso, con una linterna en la mano.

Tras mover un viejo armario, revelaron la entrada a un espacio rectangular que había sido una despensa en tiempos medievales.

Allí, el cuerpo de Xosé descansaría eternamente junto a otros dos cadáveres.

—Date prisa, Uxío. Salgamos de aquí lo antes posible —instó Riera, ansioso. Ambos regresaron a la habitación. Rivera seguía en posición fetal en la cama, mientras que Camargo estaba sentado en una silla, observándolo con una extraña fijeza, como hipnotizado.

—¿Está todo listo? —Preguntó Camargo a Riera, sin desviar la mirada de Rivera. Riera asintió, nervioso.

—¿Qué vamos a hacer con él? —preguntó Riera, señalando al sacerdote.

Camargo apretó los labios. Se acercó lentamente a Rivera, le arrancó la medalla de Santa Mariña que colgaba de su cuello y la guardó en su bolsillo.

—Que descanse por ahora. Ya he hablado con el arzobispo. Todo está listo para que Ángel Rivera desaparezca de nuestras vidas para siempre.