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Noela se despertó en la cama del hospital, rodeada de paredes blancas y asépticas, sumida en un silencio opresivo.
Una ligera brisa matutina se colaba por la ventana entreabierta; alguien debió haberla abierto para renovar el aire cargado de la habitación.
Se sentía desubicada, como si aquel lugar no tuviera nada que ver con ella.
No recordaba cuánto tiempo llevaba postrada en esa cama, apenas retenía fragmentos del día anterior en la fundición de Brens.
Una sensación traicionera de soledad la invadió, acompañada de recuerdos imprecisos de una fuerza bruta que la había sometido.
Luego... nada, solo el vacío y el silencio.
Su consciencia se disolvió como un terrón de azúcar en café caliente.
Intentó mover el cuello, pero se dio cuenta de que llevaba un collarín.
Una punzada de dolor le atravesó el cráneo, obligándola a cerrar los ojos con fuerza.
Cuando volvió a abrirlos, examinó la habitación con más detenimiento: nada la diferenciaba de las decenas de otras que había conocido a lo largo de su carrera en la Policía.
Sobre un soporte sujeto a la pared, una televisión sin sonido proyectaba imágenes del papa Juan Pablo II, alternadas con tomas de grupos de jóvenes mochileros recorriendo las calles de Santiago de Compostela.
La Jornada Mundial de la Juventud estaba a pocos días de comenzar, y miles de jóvenes se reunirían en la gran vigilia del Monte do Gozo, el 19 de agosto de 1989.
Con torpeza, Vargas palpó la mesilla de formica junto a la cama hasta dar con el mando a distancia, desgastado por el uso.
Lo cogió y cambió de canal. En el telediario matinal, las imágenes que aparecieron en la pantalla le hicieron contener la respiración: el rostro de Artai Montenegro, acompañado de antiguas fotografías policiales.
El presentador, un hombre delgado, de rostro enjuto y gran bigote oscuro, vestido con una camisa blanca y una corbata de franela gris, hablaba mientras un rótulo se deslizaba lentamente por la parte inferior de la pantalla: «Nuevo asesinato en la Costa da Morte,
la policía solicita la colaboración ciudadana.»
Vargas subió el volumen justo cuando las imágenes mostraron un lugar que reconoció de inmediato: la fundición de Brens. Desde allí, una periodista rubia, de mediana edad, desgranaba con todo lujo de detalles los hechos ocurridos el día anterior.
—Mierda —musitó—. Alguien debe de estar muy cabreado con esto.
—Y que lo digas, inspectora —respondió Manuel desde la puerta, sosteniendo un vaso de café—. Veo que ya te has despertado.
—¿Llevas mucho tiempo aquí?
—El suficiente para asegurarme de que estabas bien. Me tenías preocupado.
A Noela se le escapó una ligera sonrisa mientras sentía cómo se ruborizaba. Manuel se acercó y le dio un suave beso en la frente antes de apagar la televisión con el mando.
—Ahora lo último que necesitas es preocuparte por lo que pasa allá afuera. Relájate y descansa.
—Otra vez con la condescendencia —respondió, frunciendo el ceño—. Ya no soy esa novata que conociste hace años.
Manu hizo una mueca de desaprobación.
—¿De verdad crees que te trato con condescendencia? No entiendo qué querías demostrar entrando ahí sola, sin apoyo. Fue una estupidez, Noela. Corriste un riesgo innecesario.
Vargas desvió la mirada hacia la ventana, dejando que sus pensamientos se perdieran.
—Estábamos tan cerca, Manu —masculló.
—¿Tan cerca? Rompiste el acuerdo tácito que teníamos —dudó un segundo—.
Que tenemos. Siempre apoyarnos cuando sea necesario.
Este caso te está obsesionando, Noela. Y ahora el asesino sabe que eres vulnerable.
Lo aprovechará. García está muy preocupado por ti y por el caso.
Me ha llamado, y no te voy a engañar, está enfadado.
Manu hizo una pausa, observándola con gravedad.
—Las investigaciones se han filtrado a la prensa.
El delegado del Gobierno ha tenido que hacer declaraciones para calmar las aguas, pero nada está bajo control.
La Iglesia también presiona; querían llevar esto con discreción, y ahora es solo cuestión de tiempo que la prensa relacione a Rivera con los cadáveres de la colonia.
Todo a dos semanas de la visita del papa... Es una bomba de relojería.
Vargas lo miró con seriedad desde la cama.
—Anda, ayúdame a incorporarme.
Manu accionó el mecanismo eléctrico de la cama, y Vargas se sintió aliviada al incorporarse.
—Todavía me da vueltas la cabeza —dijo, llevándose una mano a la frente.
—No me extraña, Noela. Ese cabrón estuvo a punto de asfixiarte.
—Créeme, Manu. La intención de Montenegro no era matarme. Sabía que íbamos a la fundición. Puede que te suene raro, pero sentí como si nos hubiera invitado a ser testigos de la muerte de Rivera. Esta vez escapó, pero cometerá un error, y cuando lo haga, estaré allí.
Vargas se quedó pensativa un instante; de pronto, la imagen de Marzán cruzó su mente.
—Por cierto, ¿y Suso?
Manu movió la cabeza con una expresión de fastidio evidente.
—No te preocupes por tu Watson, está bien. Aunque no pudo salvar a Rivera, se lanzó al agua con valentía para intentarlo.
Ambos sonrieron. En ese instante, alguien llamó a la puerta, y el rostro de Marzán apareció tras ella, sosteniendo un ramo de rosas rojas. Se empujó las gafas para acomodarlas sobre su nariz y entró lentamente.
—Espero no interrumpir—dijo Marzán.
Tomó un jarrón vacío de cristal y lo llenó de agua en el baño; luego colocó las rosas dentro. Tanto Vargas como Delgado observaron el gesto con una mezcla de sorpresa y desconcierto.
Delgado se despidió de Vargas con un beso en la frente y saludó a Marzán con un leve movimiento de cabeza antes de salir.
—Creo que no le caigo bien.
—No lo creo. Manu y yo llevamos mucho tiempo trabajando juntos, y siento que nuestra relación profesional ha despertado en él un sentimiento de protección... quizás demasiado.
—Está enamorado de ti. ¿Y tú? ¿Te gusta?
—¿Si hay algo entre nosotros? No, pero lo he pensado alguna vez... Aunque una relación complicaría las cosas.
—Por cómo te trata, dudo que a él le importe complicarse.
Se hizo un incómodo silencio.
—Bien, ¿alguna novedad? —preguntó, cambiando de tema.
—Montenegro ha logrado parte de su objetivo. Ha eliminado a todos los que, según él, estuvieron involucrados en la colonia y en la muerte de su hermano Xosé. Solo queda viva una persona: quien dirigía el preventorio.
—Bieito Camargo.
—Sí. El obispo Camargo lleva más de seis años al frente de la diócesis de Mondoñedo-Ferrol.
Está muy bien conectado y, según he averiguado, fue nombrado responsable del Preventorio Monte do Carballo por el Ministerio de Gobernación, sin experiencia previa en la gestión de instituciones para niños.
Es un hombre ambicioso. Después de dejar el preventorio, estuvo a cargo de instituciones importantes del régimen, como los Hogares Mundet y el Preventorio de Guadarrama.
Desde ahí, ascendió rápidamente en la jerarquía eclesiástica.
—Tenemos que hablar con él cuanto antes —dijo Vargas, mientras se bajaba de la cama y se quitaba el collarín.
—¿A dónde crees que vas? Aún estás bajo observación médica.
—Tenemos varias tareas pendientes, Suso.
Nuestra prioridad ahora es hablar con Camargo antes de que me aparten del caso.
Estoy segura de que podemos obtener información adicional del obispo sobre lo sucedido en la colonia.
Algo grande está ocurriendo y parece que Montenegro es solo una pieza de un tablero de juego más amplio, con intereses importantes en ambos lados.
No parece ser una coincidencia la reaparición de Artai después de tantos años, los carbonari, el Libro VI y la visita del papa para la JMJ.
—La Guardia Civil no tardará en localizar a Montenegro. Su cara está en todos los periódicos, alguien lo habrá visto ya.
—Eso no me preocupa, Marzán. Lo que me inquieta es que Montenegro llegue a Bieito antes de que nosotros lo hagamos.
—Camargo es una figura muy inaccesible, apenas aparece en los medios y recibe pocas visitas. No creo que podamos hablar con él sin un buen contacto dentro de su círculo.
—Eso déjamelo a mí.