Los Hijos de la Peste 54 #2
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54 #2

—Tanto yo como mi hermano Xosé, entre otros, sufrimos las adversidades de una época en la que nuestras vidas no importaban. Fuimos víctimas de aquellos que utilizaron su posición para cometer actos execrables, y yo estoy aquí para cerrar esa herida.

Vargas se sorprendió al darse cuenta de que Montenegro conocía su pasado. Marzán, que permanecía de pie detrás de ella, la miró fijamente, y ambos intercambiaron una mirada cargada de comprensión, como si supieran que estaban en un punto sin retorno.

—Supongo que te sorprende, inspectora —continuó Montenegro—, que sepa cosas tan íntimas sobre ti.

Mi trabajo como custode siempre ha consistido en entender a fondo a las personas, sus motivaciones, por qué hicieron lo que hicieron antes de eliminarlas de la faz de la tierra.

Debo admitir que he hecho cosas de las que no me siento orgulloso y otras que siguen atormentándome, aunque intente olvidarlas, pero sigo convencido de que en su mayoría eran necesarias para mejorar este mundo.

—Artai, entrégate antes de que sea tarde. No creo que valga la pena morir por esto —le instó Vargas.

—¿Sabes, inspectora…? Tenía curiosidad por ver en persona a quienes me perseguían.

Quizá no volvamos a vernos... o quizá sí...

Pero quería saber si estáis a la altura.

—Una sonrisa enigmática se dibujó en la penumbra, y el diálogo se desvaneció en el silencio.

En la lejanía, el ulular de las sirenas de los coches de policía rompió la tensión del momento.

Rivera se despertó de repente de su letargo y comenzó a agitarse, mostrando claros signos de pánico.

—Dios, perdóname y acógeme en tu seno —murmuró Rivera.

Artai encendió el artefacto incendiario y lo lanzó sobre el cuerpo de Rivera, que se prendió como una antorcha entre gritos horribles de sufrimiento.

Vargas desenfundó su pistola y disparó hacia donde Montenegro se ocultaba entre las sombras, esperando acertar en el primer intento.

Pero el disparo falló, y la bala rebotó con un eco metálico. Montenegro había desaparecido.

—¡Suso! —exclamó Vargas—. Saca a Rivera de la piscina antes de que se ahogue. Yo voy tras Artai.

Marzán observó con evidente nerviosismo cómo Vargas desaparecía escaleras arriba.

Con paso indeciso, se acercó a la piscina, sin saber realmente qué hacer.

El agua seguía atemorizándolo, y la idea de sumergirse en ella lo sobrepasaba.

Se asomó al borde y localizó a Rivera en el fondo, sumergido de perfil, todavía atado a la silla de metal.

El anciano agitaba los brazos desesperadamente, luchando por liberarse.

La escena le trajo a la mente los temores de su infancia, los mismos que aún lo obligaban a medicarse.

Vio a su padre y a su hermano ahogándose, y él, paralizado por el miedo.

Un disparo rompió su trance. Tenía que hacer algo.

Se despojó de la chaqueta y los pantalones, se encaramó al borde de la piscina y se lanzó al agua sin pensarlo.

Tomó aire en una bocanada y se sumergió, intentando liberar a Rivera tirando de las cintas que lo mantenían atado, pero estaban demasiado apretadas.

Emergió y miró a su alrededor y vio un conjunto de herramientas abandonadas sobre una mesa de metal.

Empapado, tomó un escalpelo y volvió a sumergirse.

Con dificultad, logró cortar las cintas y liberar a Rivera.

Lo sacó de la piscina con un esfuerzo sobrehumano; aunque el cuerpo del sacerdote era pequeño y liviano, el agua dificultaba sus movimientos.

Lo tendió en el frío asfalto y acercó su oído a la boca del anciano para comprobar si respiraba.

Pero el cuerpo de Rivera mostraba claros signos de ahogamiento: el vientre hinchado, la piel fría y azulada.

Le dio varias bofetadas en la cara, pero no hubo respuesta.

Desesperado, empezó a presionar el pecho de Rivera, marcando el ritmo con fuerza y alternando las compresiones con insuflaciones.

Lo intentó durante varios minutos, hasta que el cansancio lo venció.

Justo entonces, varios guardias civiles y un médico irrumpieron en la estancia y le apartaron bruscamente para continuar con las maniobras de reanimación.

Marzán escuchaba las voces como ecos lejanos en su cabeza, y luego distinguió el rostro de Manuel Delgado, quien le hacía preguntas insistentes, aunque no podía entender lo que decía.

Poco a poco, volvió a ser consciente de la realidad.

—¿Dónde está Noela…? Marzán, ¿me oye…? ¿Dónde se encuentra la inspectora Vargas?

Marzán intentó responder, pero la verdad era que no sabía dónde estaba ella. Se había desvanecido como un espectro entre las sombras de la plataforma. Esa era la verdad. De repente, se sintió atrapado en la niebla de sus recuerdos.

Revivió el día en que su padre y su hermano murieron.

Se vio a sí mismo como un niño pequeño, en una habitación iluminada por una luz tan brillante que le dañaba los ojos.

Había dos camillas, con un par de cuerpos cubiertos por unas sábanas blancas.

Un médico corpulento, con rostro rojizo y cabello pajizo, le sonrió con condescendencia y lo invitó a descubrir las sábanas.

Entonces vio los rostros de su padre y su hermano, sus caras congeladas en una mueca grotesca.

Los miró con una mezcla de miedo y alivio por el reencuentro, hasta que sus ojos se abrieron de golpe, y él soltó un grito de terror.

La imagen desapareció tan rápido como había llegado, devolviéndolo a la realidad.

Se encontró tendido junto al cuerpo sin vida de Ángel Rivera, cuyo rostro reflejaba un pánico que Marzán solo había visto en aquellos que habían pasado por una experiencia traumática.

En ese momento, dos guardias civiles se acercaron al cadáver y lo cubrieron con una sábana...

Noela se encaramó con esfuerzo hacia la cámara situada en la parte superior, por donde Montenegro había huido.

Estaba realmente asustada. A lo largo de su carrera, había hecho frente a muchas situaciones de estrés, pero recordó especialmente una redada por tráfico de drogas cuando aún era una policía novata, recién salida de la academia.

En un almacén a las afueras de Santiago de Compostela, uno de los delincuentes la atacó con un cuchillo, hiriéndola levemente en el brazo.

Su compañero disparó, matando al atacante al instante.

Aquella sensación de zozobra la atenazó nuevamente.

Ahora, la oscuridad de la cámara, donde apenas veía más allá del haz de luz de su linterna, y los constantes ruidos mantenían todos sus sentidos en alerta máxima.

La presencia de decenas de ratas que se descolgaban de las paredes, sumada al ambiente lúgubre y mugriento, la amenazaba desde todas direcciones.

Avanzó sigilosamente entre las sombras, creyendo ver una figura moverse en la penumbra.

Apuntó con la linterna y disparó sin pensarlo.

La cámara se iluminó brevemente con el fogonazo, y su respiración se aceleró.

De repente, una figura vestida de blanco y encapuchada se abalanzó sobre ella, desarmándola con un movimiento rápido y preciso.

Sintió cómo le sujetaba las manos por detrás y un brazo fuerte se colocaba en su garganta, inmovilizándola.

Vargas se sintió atrapada, como una presa entre las fauces de un león.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y, en un instante, su vida pasó fugazmente por su mente.

Vio a Laura de nuevo con su hijo, la amplia sonrisa de su hermano, los abrazos de su madre que la calmaban en sus pesadillas, y las caricias imaginarias de Manuel Delgado en su rostro.

Luego, sus ojos se cerraron y sus sentidos se desvanecieron en la oscuridad.