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El ladrido amenazador de un perro rompió el silencio y, de inmediato, hizo temblar con fuerza la valla de malla que bordeaba la entrada a la vieja fundición.
Vargas dio un respingo, sorprendida por la repentina agresividad del animal, mientras recorrían el estrecho camino de asfalto que los conducía a la puerta principal.
Los perros siempre habían atemorizado a Vargas desde que tenía diez años, cuando presenció cómo uno de los dóbermanes de su padre se escapó y atacó sin previo aviso al jardinero que cuidaba con mimo el jazmín trepador de la verja que rodeaba la casa familiar.
Las heridas y la sangre en el brazo de aquel hombre causaron pesadillas terroríficas en aquella niña pequeña e impresionable durante muchos meses.
Sus padres, con la esperanza de que desapareciera aquel trauma, se deshicieron de los perros —nunca le contaron cómo—, y el tiempo, que todo lo cura, hizo que ese miedo se desvaneciera en el olvido.
Sin embargo, aún guardaba cierto resquemor hacia esas bestias de cuatro patas y sus gañidos estridentes.
Vargas miró a su compañero de reojo, escrutando sus gestos por temor a que él se diera cuenta de su debilidad, pero se tranquilizó al observar que el rostro de Marzán mostraba el habitual rictus de concentración contenida que lo caracterizaba.
La fundición de Brens llevaba varios años abandonada.
Una gran nave industrial les dio la bienvenida con sus amplios ventanales, cuyos cristales descerrajados por el tiempo horadaban con tristeza los bloques de hormigón, antes grises y ahora cubiertos de grafitis de corazones atravesados por flechas de amores adolescentes y frases políticas.
El silencio solo era interrumpido por los ladridos de los perros a lo lejos, que, con una cadencia casi rítmica, mantenían una especie de diálogo que tensaba el ambiente.
Un aire veraniego movía con fruición los helechos que habían crecido de forma furtiva por todo el recinto.
Finalmente, llegaron a una puerta de chapa deformada por el tiempo, bloqueada con una pesada cadena y un candado oxidado. Marzán dio dos tirones con la esperanza de que el candado cediera fácilmente.
Vargas notó una mirada de duda en Marzán.
—¿No crees que deberíamos esperar apoyo antes de entrar ahí?
Vargas escuchó, pero no contestó de inmediato. Luego se aseguró de que su Star, Modelo 30 estuviera cargada y la volvió a colocar en su funda.
—No podemos esperar, Suso... Si Rivera está adentro, el tiempo corre en nuestra contra.
Montenegro matará a Rivera sin dudarlo...
Lo sabes. Además, siento que estamos tan cerca de atraparlo.
Estoy segura de que Montenegro ha dejado todas estas pistas para que lo encontremos.
De alguna manera, quiere que seamos testigos privilegiados de su ritual...
Tenemos que encontrar una forma de entrar.
Vargas retrocedió varios pasos, inspeccionando con la mirada los costados de la imponente mole de piedra, en busca de alguna otra entrada.
Marzán frunció el ceño, consciente de que avanzar sin más refuerzos era un riesgo considerable, incluso para alguien tan experimentada como su compañera.
Sin embargo, sabía que Vargas tenía razón.
Artai Montenegro estaba llegando al clímax de su obra macabra.
Cada ritual, cada escenificación, su meticuloso modus operandi, conducía a un desenlace en el que ni siquiera su propia vida tenía valor.
Montenegro estaba dispuesto a sacrificarlo todo con tal de cumplir su objetivo: vengarse de todos aquellos que, de algún modo, habían sido partícipes de una historia en la que el dolor era la única fuente de su insaciable sed de justicia.
—Mira... —Vargas señaló una puerta de acceso situada sobre una rampa que en su día debió de funcionar para carga y descarga.
Al acercarse, comprobaron que la puerta estaba forzada y dejaba un estrecho acceso al interior.
Una vez dentro, el olor a humedad los golpeó con fuerza.
Los charcos de agua, provenientes de la lluvia, se acumulaban en el suelo debido a las filtraciones en el techo.
Aquella nave era un testimonio mudo de tiempos pasados y actividades frenéticas.
De pronto, un sonido brusco los alertó y obligó a Vargas a desenfundar su pistola.
Comprobaron con alivio que, de una escombrera, un gato blanco con manchas oscuras saltó y cruzó rápidamente la nave, trepando ágilmente por uno de los ventanales.
Luego los miró con curiosidad y salió furtivamente del recinto.
El espacio de la fundición era diáfano, salpicado de maquinarias antiguas y oxidadas que parecían gigantes dormidos en un cuento infantil.
Vargas observó su entorno y, con un leve movimiento de mentón, señaló a Marzán el final de la nave, donde una vieja plataforma se alzaba como la cabina de un barco mercante abandonado.
Allí, en tiempos pasados, debieron de estar las oficinas, de las cuales solo quedaban los marcos de las ventanas y algunas puertas descolgadas como mudos testigos del pasado.
Subieron con cuidado por la escalinata de hierro, situándose en la plataforma desde donde se controlaba toda el área de producción.
Vargas apoyó ambas manos en la barandilla y, con la mirada pensativa y alerta, observó hacia abajo, mientras Marzán inspeccionaba con cautela uno de los antiguos despachos.
Dentro, el aire viciado y el olor a abandono lo envolvieron.
Encontró archivadores corroídos, mesas y sillas destrozadas, con el relleno desparramado: una auténtica radiografía del deterioro.
Las paredes estaban cubiertas de grafitis, mientras que en el suelo se acumulaban jeringuillas usadas, evidencias claras de la decadencia social que había invadido el lugar.
Más allá de las oficinas, una puerta metálica entornada permanecía semioculta en uno de los recovecos de la pasarela.
Marzán tocó el brazo de Vargas e indicó la puerta.
Ella, sumida aún en sus pensamientos, asintió en silencio y, con un gesto, le indicó a Marzán que esperara allí mientras se aproximaba a la puerta con su pistola desenfundada.
La abrió lentamente y escudriñó en su interior.
Una escalera de hierro, de apariencia frágil, descendía, iluminada tenuemente por bombillas de obra. Alguien estaba abajo…
—¿A dónde llevará esta escalera? —susurró Marzán, con un hilo de voz.
—No lo sé... Quédate aquí y no te muevas. Voy a echar un vistazo.
Vargas empezó a descender, apoyando con cautela sus pies en cada peldaño.
—Inspectora... ten cuidado, esto no me gusta nada —advirtió Marzán.
Vargas supo que el peligro era real, pero, aun así, le lanzó una fugaz sonrisa, intentando tranquilizarlo, antes de sumergirse en la oscuridad.
Marzán observó cómo el haz de la linterna de Vargas se deslizaba por las sombras hasta desaparecer por completo.
Estiró el cuello, como un avestruz, tratando de ver más allá, pero la oscuridad devoró cualquier indicio de su compañera.
—¿Noela…?—El silencio se hizo espeso. Apretó los labios, obligándose a reunir el valor necesario, y comenzó a bajar la escalera en busca de Vargas.
—Mierda... —murmuró para sí, anticipando los peligros que podrían aguardarle al final del descenso.
Al llegar al nivel inferior, se encontró en un espacio diáfano, atestado de tuberías de metal que se conectaban al techo y a lo que parecían ser antiguos hornos, similares a las calderas de viejos barcos.
Una tenue hilera de bombillas iluminaba el camino hacia otra estancia, donde divisó la linterna de Vargas proyectando haces de luz en el fondo. Respiró aliviado.
—¡Noela! —susurró de nuevo. Pero al cruzar la puerta, una sensación inquietante lo recorrió. Vargas estaba de perfil, inmóvil, con la mirada fija en algo que él aún no podía ver...
—Noela... ¿qué cojones...? ¿No me estás escuchando?
Vargas levantó el brazo y agitó bruscamente la mano, indicando a Marzán que se callara.
Su mirada seguía fija en un punto al otro lado de la estancia.
Intrigado, apresuró el paso para situarse a su lado...
y entonces lo vio. En el centro de una piscina industrial que se llenaba lentamente de agua, un hombre anciano estaba atado a una silla, su cuerpo cubierto de heridas, como si hubiera sido torturado.
Vargas se tapó la boca con la mano, dominada por el horror y la estupefacción, hasta que un ruido de pasos sobre una pasarela metálica rompió el silencio.
En la penumbra apenas iluminada por unas pocas bombillas, una figura comenzó a emerger de las sombras.
Poco a poco, la silueta se definió, revelando a un hombre con el torso desnudo, la cabeza rapada y unos ojos de un azul intenso que lo hacían parecer un espectro.
En su mano derecha sostenía una botella con un trapo en la boquilla.
Ambos reconocieron de inmediato lo que sostenía: un artefacto incendiario improvisado.
Vargas avanzó varios metros, acercándose a la piscina, y un fuerte olor impregnó la sala. El cuerpo de Rivera estaba empapado en gasolina. Instintivamente, Vargas se tapó la nariz con la manga de su gabardina.
—¡Artai! —gritó Vargas—. Sé que este hombre es culpable de cosas abominables que ni siquiera puedo imaginar, pero créeme, matarlo no será la solución. Por favor, deja la botella en el suelo. Rivera será juzgado como se merece. Te doy mi palabra.
Montenegro permaneció en silencio. Vargas apoyó su mano sobre la funda de su Star, Modelo 30, evaluando las opciones en caso de tener que usar la fuerza para detenerlo. La posición elevada de Artai en la plataforma le daba ventaja. Solo un tiro certero podría resolver la situación.
De repente, Montenegro habló. Su voz profunda y cadenciosa llenó el silencio de la sala.
—Cada persona tiene un propósito en la vida que debe cumplir.
Estáis aquí por una razón. La misión... el ritual...
que se me ha encomendado forma parte de algo mucho más grande.
Y os he traído aquí porque nadie mejor que vosotros podría comprender lo que estoy haciendo.
Vosotros, que habéis vivido momentos realmente trágicos, habéis cambiado vuestra perspectiva respecto al mundo.
Estoy seguro de que esta experiencia os permitirá entender mejor lo que está ocurriendo aquí.
Estáis siendo testigos de algo más grande que cualquiera de nosotros.
Montenegro hizo una pausa; cuando volvió a hablar, la voz apenas le vibraba.