Los Hijos de la Peste 53
58%

53

La niebla densa invadió la mente de Ángel Rivera, envolviéndolo en recuerdos que preferiría olvidar.

Aquellos años oscuros volvieron a él en una sucesión de imágenes borrosas: los niños que llegaban a su habitación, arrastrados por la culpa y la lujuria, eran su maldición.

Aunque su alma sentía compasión por ellos, algo en su interior clamaba por castigarlos, una necesidad que él sabía perversa y contraria a los designios de Dios.

Los «hijos de la peste», como él mismo los llamaba, despertaban en él una lascivia que lo corroía, empujándolo a actos innombrables.

Sus noches se poblaban de esos recuerdos y, a pesar de sus esfuerzos por sofocarlos, siempre volvían, inexorables, atormentando su alma sin piedad.

En una de esas visiones, se vio sentado junto a un niño de cabello rizado, aterrorizado bajo su mano que, en un gesto aparentemente inocente, acariciaba su cabeza.

La imagen se desvaneció bruscamente, solo para ser reemplazada por otra, más perturbadora: el mismo niño, más vulnerable aún, implorando con su mirada.

De repente, la oscuridad lo envolvió, interrumpiendo el sueño.

Cuando la neblina en su mente comenzó a disiparse, se dio cuenta de la cruel realidad en la que se encontraba.

Al abrir los ojos, sintió un dolor punzante, como si la culpa que había intentado enterrar durante tantos años lo atravesara de nuevo.

El frío metálico que lo rodeaba, la silla a la que estaba encadenado y el penetrante olor a gasolina que lo envolvía le confirmaron lo inevitable: su pasado había vuelto para cobrarle su deuda.

Una bocanada de aire gélido le cortó la respiración y lo arrancó de golpe de la inconsciencia.

Rivera luchó por abrir los ojos, pero un dolor indescriptible lo recorrió.

A medida que sus sentidos se aclaraban, se dio cuenta del horrible escenario que lo rodeaba.

Un par de ojos azules e inescrutables lo observaban con frialdad.

Desesperado, intentó moverse, pero estaba encadenado a una silla de hierro, vestido solo con sus calzoncillos y con el cuerpo empapado en sudor y orina.

Al ver el rostro hirsuto del hombre que lo tenía cautivo, una certeza se instaló en su mente: no había escapatoria para alguien como él.

La imagen de aquellos niños inertes entre sus brazos, los mismos que había intentado enterrar en su memoria, volvió a él con una claridad aterradora.

Ahora comprendía que había llegado el momento de enfrentarse a su destino, uno del que ya no podía escapar.

—¿Por qué me haces esto…?¿Qué quieres de mí? —preguntó el sacerdote, desesperado, con palabras agudas que denotaban el terror que sentía.

El desconocido interrumpió su tarea y lo miró, pero no respondió.

Después, se levantó y verificó que la cadena estuviera lo suficientemente tensa con dos tirones firmes.

Luego se alejó, abriendo una pesada puerta de metal que emitió un chirrido ensordecedor, y desapareció en la oscuridad, como si lo hubiera devorado la boca de un gigante hambriento.

Un cerrojazo resonó con fuerza, sellando la desesperación de Rivera.

Miró a su alrededor en busca de una salida, pero sus fuerzas, menguadas por sus ochenta años, no eran suficientes ni siquiera para intentar una fuga improbable.

Observó el entorno con creciente angustia, mientras las heridas en su pecho ardían como brasas sobre una piel quemada.

¿Dónde estaba? ¿Por qué aquel hombre le hacía esto?

¿Acaso se encontraba al borde de la muerte?

Una profunda inspiración lo obligó a rendirse, a aceptar que todo lo que estaba ocurriendo era el castigo que merecía.

Sabía que había causado mucho daño a lo largo de su vida, aunque siempre lo justificó como el resultado de una enfermedad, una enfermedad que aquellos a su alrededor conocían y ayudaban a ocultar, incluida la Iglesia, que nunca lo abandonó.

Ahora, en su vejez como párroco de una pequeña aldea, había aprendido a contener sus deseos carnales, pero el lujurioso impulso seguía latente, emergiendo cada vez que veía a los niños jugar en el pueblo.

Rivera vio de nuevo al individuo entrar en la sala, su presencia llenaba el espacio de una amenaza palpable.

—¿Quién eres? —preguntó con voz temblorosa, aunque ya intuía la respuesta.

El desconocido lo miró fijamente, esta vez dispuesto a responder.

—¿No me recuerdas? —dijo con voz cargada de resentimiento—. Han pasado muchos años, pero aún deberías reconocerme. Fui uno de esos niños a los que estabas destinado a proteger, pero, en lugar de eso, tu perversión destruyó la poca inocencia que me quedaba.

Rivera sintió un frío que nada tenía que ver con el entorno. Era el helado peso de la culpa, ese que había intentado sepultar durante décadas.

—¿No te acuerdas de esta cicatriz? —continuó el hombre, señalando la cruz en su mejilla—. Es tu obra, padre. Un regalo para un chico como yo, un «hijo de la peste», como solías llamarnos. Soy Artai Montenegro, hermano de Xosé, al que asesinaste con tus propias manos.

El pánico se apoderó de Rivera cuando reconoció la cicatriz y el nombre.

Los recuerdos lo asaltaron con brutalidad: aquel día lluvioso en la colonia, el niño aterrado que gritaba, su mano apretando con fuerza la boca y la nariz del pequeño hasta que su resistencia se extinguió como la vida en sus ojos.

Rivera había intentado olvidar, pero ese olvido nunca fue completo.

Ahora, toda la verdad lo golpeaba con una claridad desgarradora.

—Soy Artai —repitió el hombre, con la voz firme como una sentencia—, y ahora, padre, es momento de que expíes tus pecados. Ruega al Señor por tu alma, si es que puedes perdonarte primero.

Con un movimiento decidido, apretó un botón, y la grúa comenzó a levantar la silla en la que Rivera estaba encadenado. El sacerdote miró a su alrededor, desesperado, intentando comprender lo que estaba por suceder.

—¿Qué vas a hacer? ¡Por Dios, ten piedad! ¡Bájame! —gritó Rivera, su voz quebrada por el terror.

La silla se sumergió en una piscina de agua turbia hasta la cintura. El frío del agua era penetrante, contrayendo sus músculos y robándole el aliento. Mientras tanto, Artai abrió un grifo que hizo que el nivel del agua comenzara a subir lentamente.

—Perdóname, Señor, porque he pecado. Acógeme en tu seno y haz que este sacrificio purifique mis faltas —balbuceó Rivera, con la esperanza de encontrar en la plegaria un consuelo que sabía que merecía, pero nunca había recibido.

Artai, imperturbable, desplegó una funda de cuero sobre una mesa de hierro.

Dentro, una colección de herramientas brillaba bajo la luz tenue de la mañana, recordando a los instrumentos de un cirujano de antaño.

Entre ellas, bisturíes y tenazas de diferentes tamaños aguardaban para cumplir su propósito cruel.

El burbujeo del agua llenó el silencio del antiguo edificio, creando un ritmo siniestro que contrastaba con el revoloteo de un par de golondrinas que se habían colado dentro, como testigos involuntarios de lo que estaba por suceder.

Sobre la mesa, envuelto con cuidado en una lona, descansaba el libro VI de Farsalia, el texto antiguo que Artai había robado de la cripta del Castro da Armea.

Este libro, lleno de oscuros rituales, había sido su guía y su condena, conduciéndolo hasta este momento.

Artai abrió el libro con reverencia, deteniéndose en una página amarillenta donde una nota a bolígrafo decía:

«Sanguine diro placatur».

(Apaciguado por la terrible sangre)

De repente, el sonido de una puerta cerrándose bruscamente interrumpió el momento. Artai levantó la cabeza, sabiendo que no había subestimado a Noela Vargas. La inspectora había llegado justo a tiempo para el ritual.