52
Al día siguiente del secuestro de Rivera, Vargas y Marzán se reunieron nuevamente con el magistrado Maldonado en su casa de Corcubión, con el objetivo de obtener más información sobre la misteriosa nota que Montenegro había dejado sobre la mesilla de la habitación de la casa de Ángel Rivera.
— «Los que aplacan con horrendo sacrificio al cruel Teutates y al horrible Esus, el de bárbaros altares, y a Taranis, cuyo altar no es menos cruel que el de la Diana escita» —leyó Maldonado en voz alta, mientras se quitaba las gafas y las colocaba con cuidado sobre su escritorio.
Luego, introdujo la nota en un sobre y se lo entregó a Vargas de manera pensativa.
—Está claro que el asesino es consciente de que nos estamos acercando cada vez más, de lo contrario, no te habría dejado esta carta —comentó Marzán.
—¿Qué cree que significa, magistrado? —preguntó Vargas, guardando cuidadosamente el sobre en la bolsa de pruebas.
—Es una confirmación de lo que ya sabíamos: nos enfrentamos a un ritual.
La nota confirma que el secuestro de Rivera cierra el círculo que comenzó con la muerte de Quiroga y continuó con la de Carrión.
Taranis Dispater y Teutates Mercurius fueron los rituales utilizados por el asesino en los dos crímenes anteriores, y ahora surge un tercero: Esus Marte, el de los bárbaros altares.
—Además —interrumpió Marzán—, el hecho de que Montenegro te haya dirigido la nota directamente a ti, usando tu nombre de pila, es más que un simple detalle.
No podemos pasarlo por alto, Noela. Parece que el asesino ha establecido cierto grado de rivalidad contigo, pero también siente empatía. Ahora sabe que eres su perseguidora.
—¿Empatía? ¿En qué sentido? —preguntó Vargas, arqueando las cejas, desconcertada.
—El asesino cree que eres su reflejo. De lo contrario, no te habría dejado la nota. De alguna manera, piensa que, a medida que avanzas en la investigación y profundizas en sus motivaciones, te estás volviendo más consciente de por qué Montenegro hace lo que hace.
—Piénsalo, Noela —continuó Marzán—. A medida que hemos ido profundizando en el caso, hemos descubierto la conexión del asesino con una infancia marcada por los abusos.
Sabemos que Montenegro sufre un trastorno de la personalidad que se ha ido intensificando con los años.
Probablemente, de niño y adolescente, nunca pensó que la desaparición de su hermano Xosé estuviera relacionada con lo que experimentó en la colonia.
Podríamos decir que borró esos recuerdos de su mente.
Sin embargo, en algún momento, un evento relacionado con las personas que estuvieron involucradas en los abusos le hizo recordar.
Para Montenegro, ponerles cara después de tantos años fue un detonante.
Normalmente, los individuos sociópatas como él tienen dificultades para relacionarse con los demás y necesitan justificar sus acciones.
Nosotros, al ser conscientes de las atrocidades que se habían cometido en nombre de Dios y la Patria, le hemos dado la excusa perfecta para llevar a cabo sus actos.
—Marzán se sentó en la silla frente al escritorio, adoptando una actitud reflexiva—.
En este caso, creo que esperará a que descubramos dónde tiene secuestrado a Rivera para sacrificarlo.
—Bueno, si todo lo que dices es cierto, Marzán, esta nota es la pista que nos llevará al lugar del ritual —dijo Maldonado, emocionado—.
Veamos lo que tenemos. Desde la Antigüedad, los celtas han aplacado a Marte con sacrificios rituales, colgando a sus víctimas y degollándolas.
La mención a los «bárbaros altares» hace referencia a un altar divino consagrado a Marte.
Pero los detalles específicos sobre qué tipo de altar se trata deben estar registrados en el Libro VI.
—El Libro VI está en posesión de Montenegro.
Según me contó el expárroco de Santa Mariña, lo robó de la cripta donde estaba custodiado durante su estancia en Allariz —prosiguió Marzán—.
Pero tenemos algo que podría ayudarnos, magistrado.
Augusto Sempere escribió un manual donde analizó los principales grimorios de la Antigüedad, y el libro VI de Farsalia está entre ellos.
—¡Fantástico! —exclamó el magistrado.
Maldonado tomó el manual de las manos de Marzán con sumo cuidado y lo hojeó durante unos minutos. Vargas observó cómo la mirada de Maldonado se volvía curiosa, como la de un niño pequeño... Finalmente, el magistrado señaló un punto del manual con el dedo.
—Aquí está. Esta referencia al sacrificio de Esus Marte podría proporcionarnos la pista sobre dónde podría encontrarse Rivera —dijo Maldonado, leyendo en voz alta—: «Para aplacar y recibir los mejores augurios de Esus-Marte, será necesario sacrificar a un infante puro y colgarlo del ecúleo. Después,
se desgarrará con peines de hierro y garfios acerados, se abrasará con teas y hachas encendidas, y finalmente, atado de pies y manos, será sumergido en un baño, tina o estanque de agua hasta que pierda el aliento y la respiración de la vida. Luego será arrojado a uno de los hornos,
donde será incinerado y su espíritu será entregado».
—Bien, ahora solo nos falta averiguar cómo interpretar este párrafo —dijo Vargas con un tono irónico.
—Un ecúleo era un antiguo potro de tortura, ¿verdad? —Marzán lanzó la pregunta al aire.
—Sí, era un instrumento y un método de tortura —continuó Maldonado, recostándose en el butacón—.
Consistía en atar al acusado de pies y manos a una superficie conectada a un torno.
Al girar, el torno tiraba de las extremidades en direcciones opuestas, lo que resultaba en la dislocación e incluso, dependiendo de la crueldad con la que se utilizara, la desmembración del cuerpo.
—Luego el texto menciona instrumentos de tortura para infligir un daño atroz: la expiación que busca Montenegro y de la que hemos hablado a lo largo de la investigación —añadió Marzán.
—Desgarrado con peines de hierro y garfios acerados... —murmuró Vargas.
—La primera muerte —apostilló Marzán.
—Exacto —retomó la reflexión Maldonado—, luego se describe la segunda muerte de la siguiente manera: «atado de pies y manos y sumergido en un baño, tina o estanque de agua sobre los bárbaros altares», y finalmente, la tercera muerte: «arrojado a uno de los hornos,
donde será incinerado y su espíritu será entregado».
Los tres se quedaron pensativos por unos segundos.
—¿Dónde podríamos encontrar utensilios de hierro, tornos y estanques de agua? —preguntó Vargas.
—¿En un taller? —propuso Marzán.
—¡Exacto! —exclamó Maldonado, señalando a Vargas con el dedo—. Un lugar en el que haya tornos, piscinas de agua, bancadas... ¡una fundición! Hay una antigua fundición abandonada en una pequeña localidad llamada Brens, muy cerca del municipio de Cee.
El magistrado rebuscó entre una pila de revistas amontonadas en una silla estilo curul, al estilo romano, y finalmente extrajo un ejemplar con dificultad.
Lo abrió por la mitad y buscó con ahínco una página en particular, luego se la mostró con satisfacción.
Un anuncio publicitario a página completa mostraba una serie de fotografías de principios de los años setenta, donde técnicos con ropa de protección y máscaras realizaban diversas tareas de fundición con soplete y otros utensilios.
En la cabecera del anuncio, un título grande decía: «Fundiciones Outón. Fundición de todo tipo de piezas desde 1958. Brens».
—La fábrica fue cerrada a principios de los años ochenta debido al traslado de toda su producción.
—Bien, ya sabemos por dónde empezar, Suso —dijo Vargas—. No tenemos tiempo que perder. Solo tenemos una oportunidad para recuperar a Rivera con vida y, con suerte, atrapar de una vez por todas a Montenegro. Y esa oportunidad ya ha llegado.