Los Hijos de la Peste 51
56%

51

Era una tarde tranquila en la pequeña población de Leis. Pequeños remolinos de aire jugueteaban con las copas altas de los eucaliptos, agitándolas en contorsiones casi imposibles.

La aldea donde residía Rivera había crecido como todas las demás de la comarca, a ambos lados de una carretera estrecha y sinuosa que durante años había servido como camino forestal.

Una pequeña iglesia románica, similar a muchas otras de la zona, era el primer edificio que daba la bienvenida al visitante, seguido de un enredo de calles estrechas que entrelazaban las casas como una madeja de lana entre las garras de un gato brioso.

Vargas esperaba impaciente dentro de su coche a que la dotación de la Guardia Civil destinada a apoyarla en la operación se dignara a aparecer.

Mientras tanto, jugueteaba con su Star, Modelo 30, pensando que quizá, con un poco de suerte, estaría más cerca de resolver aquel caso y poder regresar a su vida en Madrid.

Por el retrovisor, Vargas vio un coche verde botella que estacionó detrás del suyo.

Reconoció al instante la marca y modelo del coche del inspector Delgado.

Él salió del vehículo portando un chaleco antibalas y luego golpeó con delicadeza la ventanilla del Volkswagen Golf de Vargas.

—Qué casualidad que siempre nos encontremos en estas circunstancias —dijo Vargas con sarcasmo, mientras bajaba la ventanilla del coche con la manivela.

—Vengo solo a darte apoyo. El comisario García pensó que lo necesitarías. No te lo tomes a mal, Noela. Creo que te vendrá bien un poco de ayuda en la búsqueda de Montenegro y estoy aquí para lo que necesites. No he venido para estorbarte ni para informar a nadie. Créeme.

En ese momento, la dotación de la Guardia Civil, que iba a bordo de un Land Rover, se acercó sigilosamente, y de él bajaron dos jóvenes guardias.

Vargas salió del coche con determinación, y Delgado tuvo que apartarse de la puerta para evitar ser golpeado.

Delgado sonrió; siempre le había gustado el temperamento fuerte de Noela, luego ella abrió el maletero del coche y cogió un chaleco antibalas, donde se distinguía claramente la palabra «POLICÍA» en letras fluorescentes.

—Bien, Manu… Entonces vamos a comprobar si no estás oxidado.

Delgado asintió y ella hizo una señal a los dos guardias civiles para que los siguieran.

Los cuatro avanzaron unos metros por una pista tranquila, interrumpida solo por los ladridos de perros guardianes y algún gato que saltaba sobre un muro, sorprendido por la visita.

Llegaron a una casa pintada de azul y blanco.

Un pequeño patio de cemento, decorado con varias macetas de hortensias ya marchitas, les dio la bienvenida.

Una ligera brisa movió el pelo de Vargas, que se recogió en una coleta para evitar que le estorbara.

Luego, indicó a los guardias que rodearan la casa y buscaran otros puntos de acceso, mientras ella y Delgado se dirigían a la puerta principal.

Vargas llamó al timbre, cuyo estruendo resonó en el silencio, y esperó a que alguien respondiera desde el interior.

—¿Padre Rivera? —preguntó Vargas en voz alta. Su voz resonó como un eco en el silencio—. Ángel Rivera, somos inspectores de policía. Nos gustaría hablar con usted.

Noela Vargas miró a Delgado, quien a su vez arqueó las cejas en señal de interrogación.

Luego, él le señaló el pomo de la puerta con un movimiento de cabeza.

Estaba forzado, y se veía claramente que alguien lo había roto, pues la madera que rodeaba la cerradura estaba astillada.

Ambos desenfundaron sus Star, Modelo 30 y se colocaron a cada lado de la puerta.

Vargas cogió el walkie-talkie de su cinto y se puso en contacto con los guardias civiles que estaban al otro lado de la casa.

—Vamos a entrar —confirmó.

Se oyó un ruido de estática.

—Entendido, inspectora. Nosotros estamos situados en la parte trasera. Aquí también hay una puerta de acceso.

Noela Vargas empujó la puerta con suavidad y se encontró al principio de un pasillo estrecho, alargado y casi en penumbra.

Delgado encendió una pequeña linterna, cuyo haz iluminó un reguero de gotas de sangre que se dirigían hacia la cocina.

Sobre la mesa había un plato con comida que servía de festín para un grupo de moscas que revoloteaban a su alrededor.

La disposición de los muebles, una silla caída y algunos utensilios de cocina en el suelo dejaban claro que había habido algún tipo de lucha o forcejeo en aquel lugar.

Vargas pudo observar que la cocina de gas estaba encendida, con una cacerola vacía que en algún momento había contenido algún tipo de líquido que se había evaporado.

Vargas cerró la llave de gas y abrió las ventanas para ventilar el lugar.

—Parece que nuestro amigo ya no está —dijo Delgado.

—Mierda... creo que Montenegro se nos ha adelantado. Está claro que aquí ha habido una lucha, y con bastante violencia. Hay rastros de sangre por todas partes.

—Parece que Rivera estaba cenando cuando alguien entró y lo golpeó. No ha debido de pasar hace mucho tiempo, la comida del plato aún está tibia —agregó Delgado.

En ese momento, los dos guardias civiles de apoyo aparecieron.

—La puerta del patio trasero también está forzada, inspectora —informó uno de los guardias civiles.

—Por favor, Manu, avisa a Criminalística y que vengan a examinar el lugar.

A ver si tenemos suerte y podemos encontrar alguna huella.

—Luego miró a los dos guardias civiles, que estaban expectantes, sin saber cómo reaccionar—Y ustedes, ¿a qué esperan?

Acordonen la zona para que nadie entre sin nuestro permiso.

Vargas suspiró, sabiendo que estuvo muy cerca de encontrarse con el asesino.

La esperanza de estar a un paso de Montenegro le dio ánimos.

Comenzaba a conocerlo un poco mejor, entendía sus motivaciones y sabía que solo era cuestión de tiempo que cometiera un pequeño error.

Y cuando lo hiciera, ella estaría esperándolo.

Luego, caminó tranquilamente por la casa.

Todas las habitaciones tenían las persianas bajadas.

Algunas fotos familiares estaban estratégicamente colocadas en marcos de plata en varios muebles del salón.

Subió al piso de arriba y entró en la habitación donde supuestamente dormía Rivera.

Se encontró con una cama grande protegida por un cabecero histórico y un pie de cama de hierro pintado de negro, que le daba un aspecto dieciochesco a la decoración.

Inspeccionó minuciosamente, atenta a cualquier detalle que pudiera proporcionar más información sobre lo sucedido.

Observó la mesilla junto a la cama, donde había una lámpara con una tulipa gris adornada con borlas.

Una araña se balanceaba en una telaraña, iluminada por la luz de la bombilla.

En la base de la lámpara encontró un sobre blanco que estaba abierto. En el anverso del sobre, escrito en rojo, estaba su nombre: «Para Noela». Lo cogió y, después de ponerse unos guantes de goma, sacó un papel en el que aparecía escrito un texto en latín que decía:

Et quibus inmitis placatur sanguine diro /

Teutates horrensque feris altaribus Esus /

Et Taranis Scythicae non mitior ara Dianae

(Aquellos a quienes se aplaca con sangre cruel /

Teutates, temible en altares salvajes, y Esus /

Y Taranis, cuyo altar no es menos cruel que el de la /

Diana escita),

Libro VI de Farsalia (I, 444-445).