50
Marzán llegó temprano a Allariz. Era una población impregnada de magia y tradiciones seculares.
Este pueblo orensano había crecido bajo el influjo de leyendas y encantamientos.
En lo más profundo de su ser, Marzán estaba convencido de que aquella villa era el epicentro de la trama que investigaba.
Su corazonada se debía a que ese era el lugar donde Artai Montenegro había aprendido los rituales de la Triple Muerte celta.
De hecho, a tan solo seis kilómetros de Allariz se encontraba el pueblo de Santa Mariña de Augas Santas, con su iglesia de la Asunción y el Forno de la Santa, inacabado por los templarios.
Según la tradición, en el siglo IX, un clérigo llamado Godofredo Ansúrez, del monasterio de San Paio de Antealtares, había ocultado allí el original del libro VI de Farsalia, resguardado bajo la custodia de tres llaves en la cripta.
Los expertos consideraban a Santa Mariña de Augas Santas un lugar de poder, relacionado tanto con el martirio de la santa como con antiguos asentamientos.
Solo quedaban vestigios de aquellos tiempos en forma de antiguos restos arqueológicos celtas, donde los ritos iniciáticos y mortuorios se habían convertido en los protagonistas de una historia perdida en el tiempo.
El día anterior, Marzán había realizado las investigaciones pertinentes para localizar al expárroco de Allariz, y ahora tenía un nombre: don Augusto Sempere.
No fue difícil encontrar al sacerdote. Bastó con una simple llamada al ayuntamiento, donde tuvo la suerte de hablar con una amable funcionaria.
Al mencionar su nombre y el motivo de la llamada, la funcionaria, llamada Lola, lo reconoció rápidamente como el famoso criminólogo.
Lola había estudiado Derecho en Santiago y había leído varios de sus libros.
Además, por un capricho del destino, resultó ser una pariente cercana del sacerdote, quien era muy conocido en la villa.
Gracias a la confianza surgida de manera espontánea entre los dos interlocutores, Lola no tuvo inconveniente en proporcionarle un número de teléfono de contacto.
Inmediatamente, Marzán realizó la llamada, se presentó y logró concertar una cita en la casa de Sempere para aquel martes de principios de agosto, a las diez de la mañana.
El día era esplendoroso en Allariz. Las calles rebosaban de vida, como corresponde a un día de pleno período vacacional. La casa de Sempere se encontraba en el casco antiguo, en la cuesta que lleva al Penedo de la Arnela, desde donde se divisa el esplendor del pueblo y su antigua fortaleza.
La vivienda se distinguía por una hermosa balconada de madera que proyectaba una pequeña sombra sobre la calle.
Esto permitía que, en los largos días de verano como aquel, el propietario pudiera sentarse en un banco de piedra adosado a la fachada y disfrutar de la frescura.
Un antiguo portón de madera, partido por la mitad, con la hoja superior abierta de par en par, dio la bienvenida a Marzán.
En el interior, pudo vislumbrar un estrecho pasillo decorado con pequeños cuadros, que supuso eran fotografías familiares.
Al fondo, una habitación iluminada por luz natural que, a través de un ventanal, daba a un pequeño patio trasero.
Suso Marzán presionó el timbre y, al instante, una mujer de unos cincuenta años asomó la cabeza, luciendo el cabello corto y despeinado.
Portaba unas grandes gafas metálicas que colgaban de una cadena.
Con un rostro serio y unos labios finos y apretados, la mujer observó a Marzán con recelo, como si fuera un intruso en su territorio.
—¿En qué puedo ayudarle?
—Tengo una cita con don Augusto Sempere. —Marzán repasó la nota para asegurarse de que la dirección anotada era la correcta.
—Sí, es mi tío.
—Ayer hablé con don Augusto por la tarde. Quería tratar con él un tema relacionado con una investigación policial.
—¿Es usted policía?
—No... soy criminólogo. Me llamo Suso Marzán y estoy colaborando con la policía en esta investigación.
—¿Tiene algún documento que lo acredite?
Marzán le entregó una de las tarjetas que llevaba en la cartera. La mujer la examinó minuciosamente por ambos lados, como si fuera un sabueso siguiendo un rastro.
De repente, una voz ronca y tosca resonó desde el fondo del pasillo. Provenía de la habitación iluminada al final de la casa.
—Por Dios... Carmen, deja de interrogarle e invítale a pasar.
La sobrina abrió la puerta y se apoyó en la pared para dejarle pasar, ya que el acceso era bastante estrecho y ella era de complexión corpulenta.
—Le ruego que no altere demasiado a mi tío. Tiene una salud delicada.
Marzán esbozó una sonrisa enigmática, como si el ruego no tuviera demasiada importancia para él.
—¡Mujeres! No se puede vivir con ellas, ni tampoco sin ellas. —Volvió a sonar la tos intermitente—. Disculpe a mi sobrina Carmen. A veces pienso que, más que cuidarme, en realidad me tiene secuestrado.
En la habitación, Marzán se encontró con un anciano de unos ochenta años, recostado en un sillón de orejas.
Su cuerpo, extremadamente delgado, se perdía bajo un jersey negro y unos pantalones grises que Marzán imaginó como vestigios de su antigua ocupación eclesiástica.
El anciano estaba conectado a un bombona de oxígeno que le ayudaba a respirar.
En ese momento miraba fijamente la televisión, donde un canal local proyectaba un reportaje sobre los preparativos en Santiago de Compostela para recibir al papa Juan Pablo II.
Marzán pudo ver el avance de un gran altar en el Monte do Gozo, y luego aparecieron varios rostros de jóvenes felices hablando de sus expectativas como testigos de aquel evento que sería retransmitido a todos los países del mundo.
—Oh, siéntese, por favor. Está usted en su casa. —Volvió a sonar la tos compulsiva—. Disculpe la tos de este viejo cura, pero sufro de una enfermedad que acabará conmigo en poco tiempo.
—Lo lamento.
—No lo lamente, hijo. Ya he vivido todo lo que tenía que vivir.
La sobrina salió de la habitación, cerrando la puerta sigilosamente.
—¿En qué puedo ayudarle, señor?
—Marzán. Suso Marzán. Don Augusto, me gustaría hacerle unas preguntas sobre una persona que usted conoció hace tiempo.
Marzán sacó de su cartera una antigua foto policial en blanco y negro de un joven de unos veinte años y se la entregó.
Don Augusto miró la foto durante unos treinta segundos y luego se la devolvió a Marzán.
—Pues no he visto a este «rapaz» en toda mi vida... pero comprenda que mi memoria ya no es la que era.
—Quizás si le digo que estuvo aquí hace unos diez años, estudiando con usted el Libro VI que se guardaba en la antigua cripta del Forno de la Santa, ¿lo recordaría?
—Sí... ¡claro! Ahora lo recuerdo: Lucas... su nombre era Lucas... se llevó el libro.
—¿Cómo que se llevó el libro? No entiendo.
—Sí, Lucas... era un joven muy reservado que encontré una tarde sentado en la puerta de la iglesia, empapado y con frío.
Al principio pensé que era un borracho durmiendo la mona, pero me miró con unos ojos tan perdidos que no supe por qué, pero le invité a entrar en la sacristía.
Generó un extraño influjo en mí. Nos miramos en silencio durante varios minutos y enseguida establecimos una conexión tan fuerte...
—el sacerdote se quedó embelesado mirando la pantalla del televisor—.
¿Sabe? Me ayudó en la iglesia durante mucho tiempo y lo alojé en mi casa.
Estaba hospedado en aquella habitación —el viejo sacerdote señaló con parsimonia una puerta de madera, cuyo color ocre se había perdido con el tiempo—.
Le enseñé los secretos de los antiguos rituales, en los que estaba muy interesado, así como los orígenes mágicos del pueblo.
Pero una mañana, cogió las llaves de la cripta del Forno de la Santa y desapareció con el libro para siempre.
—Yo era el custodio del libro. No debí haberlo permitido.
—¿Y por qué cree que se lo llevó?
El anciano perdió la mirada en el abismo y guardó silencio durante varios segundos.
—¿Don Augusto?... ¿me escucha? ¿Por qué cree que Lucas se lo llevó?
—No lo sé... Recuerdo que se obsesionó con él. Era común que desapareciera algunos días y encontrarlo después, al día siguiente, dormido en la cripta de la iglesia, abrazando el libro.
—Entiendo... ¿Recuerda algo más sobre él? ¿Algo que pueda ayudarme a localizarlo?
—¿Por qué lo busca la policía?... Era un buen chico, solo estaba un poco perdido. Espero que Dios, en su gracia, le haya mostrado el buen camino.
—El joven al que usted llama Lucas... en realidad se llama Artai Montenegro. La policía cree que está detrás de varios crímenes cometidos en la comarca, utilizando un extraño ritual celta conocido como la Triple Muerte. Creemos que dicho ritual está registrado únicamente en el libro VI de Farsalia.
El excura contempló la foto que Marzán aún no había guardado.
—Padre, ¿por qué cree que a Montenegro le interesa ese libro?
—¿Cómo dice? —respondió el sacerdote, mostrando signos evidentes de que aquellos recuerdos le causaban dolor y agotamiento.
—El Libro VI, padre. Me refiero al Libro VI. ¿Por qué alguien podría estar interesado en llevárselo?
—Sí... el Libro VI... Lo teníamos custodiado en la iglesia desde tiempos inmemoriales, y mi labor era protegerlo, tal como hicieron mis predecesores...
Recuerdo el primer día que bajamos juntos a la cripta y se lo mostré.
Fue como una revelación para él. Pasó horas leyéndolo.
Parecía hipnotizado... o quizá «estar bajo su influjo» sea la forma correcta de describirlo.
Lucas se volvió aún más callado de lo que ya era...
hasta que un día, como le dije, desperté por la mañana y Lucas se había marchado.
Al día siguiente descubrí que el libro que se guardaba en la cripta había desaparecido. Él se lo llevó.
—Padre Augusto, necesito saber qué contiene el libro que es tan importante para Montenegro... Creemos que puede cometer más asesinatos utilizando los rituales que se recogen en sus páginas. Comprender su contenido nos ayudaría a prevenir futuros crímenes.
—Entiendo... Por favor, abra aquel cajón. —El sacerdote señaló una cómoda de cerezo. La tos volvió a interrumpir su voz—. Encontrará un borrador de un libro.
Marzán extrajo un montón de hojas mecanografiadas, sujetas por un sujetapapeles metálico. En la portada se leía, en latín: De antiquis aliquam operam magicam : La antigua nigromancia.
—Es la obra de toda mi vida, señor Marzán.
He pasado los últimos diez años investigando los tratados más antiguos que existen sobre rituales mágicos.
Es un compendio de todo lo que se sabe sobre los ritos mágicos practicados por nuestros antepasados, en los cuales buscaban el favor de sus dioses, predecían si los augurios eran buenos o malos en el nacimiento de sus hijos y aplacaban a los dioses si no les eran favorables.
Marzán hojeó el libro, intrigado. Además de reproducciones de lo que parecían ser antiguos tratados mágicos, grimorios y libros de nigromancia, hasta el siglo XVI, incluía también anotaciones personales y reflexiones del propio Sempere.
En ese momento, la sobrina de don Augusto entró, ofreciéndole unas pastillas que él ingirió obedientemente.
—En este manuscrito encontrará un análisis detallado de los grimorios más importantes de la Antigüedad.
Desde el Ars Notoria, del siglo XIII, hasta la Pseudomonarchia Daemonum, escrita en el siglo XVI por el famoso demonólogo Johann Weyer.
Pero estoy seguro de que lo que encontrará más fascinante y útil para su investigación es mi estudio del libro VI de Farsalia.
Quizás le ayude a encontrar lo que busca.
—¿Puedo llevármelo? Prometo cuidarlo y devolvérselo cuando termine la investigación... Me haría un gran favor.
Don Augusto Sempere asintió con la cabeza, tosiendo nuevamente.
—Muchas gracias por su ayuda, don Augusto. Solo tengo una última petición. ¿Podría echar un vistazo a la habitación de Artai antes de irme?
—Como desee, pero ya le he dicho que no encontrará nada importante.
Marzán entró en una pequeña habitación bastante deteriorada por el paso del tiempo. Una cama cubierta con una colcha de cuadros, una pequeña mesita con una lámpara de hierro, una cómoda y un crucifijo en la cabecera de la cama eran todo lo que adornaba el lugar.
Marzán se sentó en la cama y observó detenidamente cada detalle de la habitación.
—Vamos, dime algo —murmuró.
Con cuidado, abrió el cajón de la mesita junto a la cama y luego apartó las cortinas para observar la calle.
Un par de señoras de unos setenta años, con bolsas de la compra en la mano, conversaban animadamente.
Marzán se acercó a la cómoda de abedul y abrió cada uno de los seis cajones, palpando con la esperanza de encontrar algo que pudiera revelar más sobre Artai.
Cuando ya estaba a punto de darse por vencido, descubrió un folio pegado con celofán en la parte superior de uno de los cajones inferiores.
Lo despegó y lo examinó: una hoja arrancada de un libro antiguo, quizá del Libro VI original.
La hoja tenía un color amarillento debido al paso del tiempo y estaba doblada en cuatro partes.
Describía en latín y con detalle la preparación de una sustancia alucinógena: la Claviceps purpurea.
De repente, la puerta de la habitación se abrió bruscamente. Era la sobrina de Sempere, quien lo miró sorprendida al verlo agachado con el cajón abierto. Marzán se puso de pie y sacudió sus pantalones.
—Señor Marzán, tiene una llamada de la policía. La inspectora Vargas le está llamando por teléfono. Dice que es muy urgente.