Los Hijos de la Peste 49
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Noela Vargas pasó la noche sin poder conciliar el sueño después de su conversación con Augusto Laprovittola.

Sus pensamientos regresaban una y otra vez al anillo que el cardenal llevaba en el dedo, un detalle que nunca habría llamado su atención de no ser por el significado que ahora tenía para el caso.

El símbolo de la corona de espinas adquiría una relevancia nueva, casi inquietante.

Las afirmaciones de Arturo Castro sobre los Carbonari infiltrados en distintas esferas de la sociedad empezaban a cobrar sentido.

Vargas se revolvía inquieta en la cama, preguntándose si Laprovittola le había contado toda la verdad, aunque la perplejidad que había mostrado ante los crímenes parecía genuina.

Solo podía confiar en que cumpliera su palabra y la ayudara a encontrar a Rivera.

El tiempo corría en su contra: si Montenegro encontraba primero al sacerdote, no dudaría en matarlo.

Y, aunque la idea no le producía precisamente lástima, Vargas necesitaba algo más que venganza.

Quería llevar a Rivera ante la justicia, enfrentarlo a cada uno de sus actos.

No podía permitir que alguien de su calaña siguiera libre y, quién sabe, en contacto con otros niños.

La luz se coló por la persiana entreabierta de la habitación del hotel, donde había estado alojada durante las últimas semanas dirigiendo la investigación.

Encendió la lámpara de la mesilla y vio que eran las seis y media de la mañana.

Abrió el cajón donde guardaba su pistola Star, Modelo 30 y una cajetilla de cigarrillos More.

Aunque no era una fumadora empedernida, a veces sentía la necesidad de fumar un cigarrillo cuando estaba nerviosa; por eso, siempre llevaba un paquete consigo.

Además, en sus momentos más reflexivos, fumar le ayudaba a concentrarse.

Tras pensarlo dos veces, decidió encender uno y buscó una caja de cerillas en su bolso, encontrando una con publicidad del hotel. Encendió el cigarrillo y se acercó a la balconada, subiendo la persiana. Desde allí, podía contemplar una hermosa vista del puerto, bañado por los primeros rayos del sol.

El puerto empezaba a cobrar vida con pequeños barcos pesqueros entrando y saliendo de los muelles.

Vargas dio una calada profunda al cigarrillo, apoyada en la puerta del balcón.

Pensó, de repente, en la mención que hizo Laprovittola de su padre.

Todavía sentía, en lo más profundo de su corazón, un afecto sincero por él, pero la muerte de su hermano había creado una barrera casi insalvable entre ambos.

Él pensaba que ella podría haber hecho más por su hermano, siendo policía; y, a su vez, ella le culpaba de haberle dejado a su suerte debido a su adicción a la heroína.

La muerte de Alfonso fue solo el comienzo de una serie de desencuentros.

Esa desgracia unió a la familia en una profunda oscuridad, y el distanciamiento pareció ser la única cura.

Observó la calle, reflexiva y concentrada en sus pensamientos, mientras el humo de su cigarrillo se evaporaba en el aire, formando tirabuzones.

De repente, vio un taxi blanco con una franja azul que se detenía frente a la puerta del hotel.

El conductor salió del coche y entró apresurado en la recepción.

Al cabo de un minuto, sonó el teléfono de la habitación.

Vargas apagó el cigarrillo en un cenicero con una fotografía del puerto y contestó.

La voz del chico de recepción sonaba animada, como de costumbre.

—Inspectora Vargas. Hay un taxista que trae un paquete para usted.

—De acuerdo. Bajaré a buscarlo después.

Desde su habitación, Vargas escuchó los murmullos de una conversación.

—Inspectora, lo siento. El taxista insiste en entregarle el paquete en persona.

En la recepción, el taxista la esperaba impaciente, sosteniendo un sobre marrón de tamaño A4.

—¿Es usted la inspectora Vargas? Me pidieron que le entregara este sobre.

—¿Quién se lo pidió? —preguntó Vargas con cierta desconfianza.

—No lo sé. Ayer por la noche, la central me llamó y me ordenó recoger este paquete en la recepción del Hotel María Pita, en La Coruña. Cumplí con las instrucciones y vine directamente hasta aquí.

Vargas regresó intrigada a su habitación y cerro con llave desde dentro.

Se sentó en la cama y examinó el sobre por ambos lados.

No había nada en particular: ni marcas, ni nombres.

Luego despegó el adhesivo de la solapa y encontró una carpeta de cartón en su interior.

Para su sorpresa, contenía información sobre el padre Rivera, incluyendo fotografías antiguas y otras más recientes tomadas desde diferentes ángulos.

También había un pequeño memorando escrito a mano, sellado por la Dirección General de Policía y firmado por un funcionario cuya rúbrica resultaba difícil de descifrar.

El memorando detallaba los lugares a los que el padre Rivera fue enviado después de abandonar la colonia preventorial de Monte do Carballo en 1959: misiones en África (Kenia y Tanzania) durante diez años; luego regresó a España en el invierno de 1970, cuando se le asignó una nueva identidad.

Según la documentación, Rivera fue destinado a varios colegios.

Vargas no podía creer lo que estaba leyendo y se preguntó si los constantes cambios eran consecuencia de nuevos abusos por parte del sacerdote, una sospecha que le heló la sangre.

A finales de los años setenta, fue asignado permanentemente a una pequeña parroquia en la Costa da Morte, a modo de retiro, cerca de la colonia.

Allí había estado oculto durante los últimos diez años con el nombre de padre Marcos Antelo.

—Está más cerca de lo que creía... Dios mío —susurró.

Luego se dio cuenta de que esta información solo podría haber llegado a sus manos a través de la intermediación de Augusto Laprovittola.

Él había cumplido con su palabra, y esa información era tan valiosa que la acercaba más a la pista de Montenegro a través de la ubicación de Rivera.

Evitaría otro crimen y, además, atraparía a un pederasta que había estado oculto durante años.

Los pensamientos se agolparon en su mente como el agua en el fondo de un pozo.

Miró el reloj. Habían pasado dos horas en un instante. Debía localizar a Marzán, pero recordó que esa misma mañana él se dirigiría a Allariz para encontrar al expárroco de la iglesia de Santa Mariña de Augas Santas.

Tenía que actuar rápido. Lo mejor en ese momento era contactar con el comisario García.

La policía debía enviar una patrulla para localizar y vigilar al padre Rivera.

Estaba segura de que era cuestión de tiempo que Montenegro apareciera.

El tiempo jugaba en su contra, y sabía que, si ella tenía esa información, el asesino también la tendría.