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Aquella calurosa mañana de agosto, Noela había viajado hasta Lugo para encontrarse con el cardenal Augusto Laprovittola, un anciano amigo de la familia y antiguo prelado del Opus Dei, considerado durante años una de las figuras más influyentes de la Iglesia española.
Confiaba en que él, conocedor de los entresijos más oscuros de la institución eclesiástica, pudiera proporcionarle alguna pista sobre el paradero de Ángel Rivera.
Mientras aguardaba su llegada, contemplaba en silencio la imponente muralla romana desde una de las ventanas de la residencia del cardenal, perdida en sus pensamientos.
Repasaba mentalmente los detalles de la conversación mantenida días atrás con el magistrado Maldonado, cuando una presencia se hizo notar a su espalda: alta, espigada, con pasos lentos pero firmes.
—Es hermosa y a la vez inquietante —dijo Laprovittola, interrumpiendo los pensamientos de Vargas—. Sabes, la leyenda cuenta que esta muralla no se construyó para proteger la ciudad, sino para preservar el bosque sagrado de Augusto. Lucus Augusti, de ahí el nombre de Lugo.
Vargas sonrió al hombre alto, de unos ochenta años, moreno, con una espesa cabellera canosa, ojos inquisitivos y nariz aguileña. Sus gestos transmitían elegancia, propia de alguien acostumbrado a moverse en altos círculos sociales.
Laprovittola la tomó suavemente de los brazos y la atrajo hacia sí, dándole dos cariñosos besos.
—Cuánto tiempo… ¿cómo estás? —exclamó—. Sabes, Noela, hace mucho que no nos vemos, pero siempre he seguido tus pasos. —Laprovittola señaló unos cómodos sofás de color beige para que ambos se sentaran—. Creo que la última vez que coincidimos fue en el entierro de tu hermano... ¿verdad?
Vargas asintió, mostrando cierta incomodidad. La muerte de su hermano aún no había cicatrizado por completo en su alma, y sentía punzadas de dolor cada vez que se le recordaba.
—Perdona, Noela... no sabía que la muerte de tu hermano sigue siendo un tema doloroso para ti.
—No importa.
—¿Cómo está tu padre?
—Bien... aunque no hablamos mucho.
Un breve silencio se apoderó de la habitación durante unos segundos.
Unos suaves golpes en la puerta anunciaron la entrada de una monja vestida con un hábito gris.
A juzgar por las arrugas en su rostro, debía tener unos setenta años.
Portaba con agilidad una bandeja con una cafetera italiana, dos tazas y un pequeño plato de pastas.
Colocó la bandeja sobre una mesita de cristal con patas de caoba y se retiró con el mismo sigilo con el que había llegado.
Laprovittola sirvió dos tazas humeantes de café y entregó una a Vargas, cuyo estómago rugió agradecido ante el olor del café recién hecho, ya que no había ingerido ningún alimento desde la noche anterior.
—Tu padre es un hombre admirable. Noela, sé de primera mano que has estado distanciada de él desde la muerte de tu hermano, pero puedo asegurarte que está muy orgulloso de ti.
Vargas sorbió el caliente café y tomó una de las pastas.
—Bien... —Laprovittola gesticuló, chocando las manos sobre sus rodillas—. ¿Qué te trae por aquí? Supongo que no es para hablar de la familia ni de este pobre y viejo sacerdote.
—No, en realidad vengo por trabajo —Vargas dejó con delicadeza la taza de nuevo en la bandeja.
—Estoy buscando a un sacerdote llamado Ángel Rivera, que trabajó durante los años cincuenta en una antigua colonia y preventorio ubicado en un pueblo de la Costa da Morte.
Vargas sacó un retrato ampliado de Ángel Rivera, recortado de una de las fotos en las que el sacerdote aparecía junto a otros clérigos, una de las pocas fotografías que la policía tenía como prueba. Laprovittola se inclinó ligeramente y la examinó durante casi un minuto.
—¿Y cómo puedo ayudarte?
—Necesito tus contactos dentro de la Iglesia para localizarlo. Creo que está vivo. La Iglesia lo envió a misiones en África durante los años sesenta y estoy convencida de que vive en España con una nueva identidad.
Laprovittola volvió a dejar la foto sobre la mesa.
—Es posible que haya fallecido, Noela —dudó el cardenal.
—No lo creo. Mi teoría es que la Iglesia, con la complicidad del gobierno de Franco, lo encubrió y le proporcionó una salida digna antes de que se hicieran públicos los abusos que cometió contra algunos niños.
—¿Te refieres a que le crearon una nueva identidad?
—Exactamente.
—Entonces, seguirle la pista será complicado —respondió el ex prelado.
Laprovittola juntó las manos y entrelazó los dedos, indicando que poco más podría hacer.
—Me consume pensar que quizá pueda seguir haciendo daño a otros niños. Tengo que encontrarle —insistió Vargas.
Laprovittola apretó los labios y asintió en silencio. Se levantó, sacó un paquete de cigarrillos Camel y lo encendió con un encendedor Zippo bañado en oro que llevaba el escudo del Vaticano. Vargas notó el gesto reflexivo del cardenal mientras aspiraba el humo del cigarrillo.
—Augusto, de verdad, necesito tu ayuda para encontrarlo.
Además, hay algo más que debes saber. En el preventorio se cometieron abusos horribles contra los niños que estaban internados.
Creemos que uno de esos niños, quizás el hermano de una de las víctimas se está vengando de todas las personas implicadas en esos sucesos.
—Hasta ahora, hemos descubierto dos sacerdotes muertos, además de las recientes muertes de un exmilitar y el alcalde de Vimianzo.
Fueron asesinados y sometidos a torturas empleando un antiguo rito iniciático celta.
—Vargas hizo una pausa para observar la reacción de Laprovittola, quien la miraba con perplejidad—.
También creo que este asesino tiene en el punto de mira a este sacerdote y al obispo de Mondoñedo, Bieito Camargo.
Me gustaría encontrar a Rivera antes de que el asesino lo haga.
Laprovittola frunció el ceño, claramente sorprendido por la gravedad de los hechos.
—¿Estás diciendo que en el preventorio se cometieron abusos y que alguien está llevando a cabo una venganza sistemática contra todos los que estuvieron involucrados?
—Sí, exactamente. Y los métodos que está utilizando indican un conocimiento profundo de antiguos ritos celtas, lo que hace que todo esto sea aún más preocupante.
—¿También crees que tratará de atentar contra Camargo? —preguntó Laprovittola, sorprendido.
—Sí. Él fue el rector del preventorio durante esos años, y creemos que ocultó deliberadamente los sucesos y encubrió a Ángel Rivera para proteger la imagen de la Iglesia y no perjudicar su propia carrera dentro de ella.
—...y ahora es obispo... —murmuró.
—Augusto, estamos hablando de Ángel Rivera, un depravado que ha permanecido oculto, sin rendir cuentas por sus pecados ante la justicia y ante Dios, durante más de treinta años.
El exprelado apagó su cigarrillo en un cenicero de cuarzo y se sentó al lado de Noela Vargas.
—Mira, Noela... lo único que te puedo decir es que, durante los últimos años del franquismo, los casos de pederastia entre el clero español se dispararon.
En ese contexto, se creó un programa secreto llamado Mutatio, mediante el cual las familias cuyos hijos e hijas habían sufrido abusos recibieron una compensación para comprar su silencio, y a los sacerdotes se les asignó una nueva identidad y fueron trasladados a otros lugares.
—¿De cuántos sacerdotes estamos hablando? —exclamó Vargas, sorprendida.
—Alrededor de doscientos…
—¿Y el Vaticano sabía de esto?
Laprovittola asintió con la cabeza.
—¿Y no hicieron nada al respecto?
—Hay que tener en cuenta que en aquel momento España era una dictadura, pero también era el bastión del catolicismo en Occidente.
El Vaticano prefería mantener una buena relación con el régimen de Franco, ya que estaba perdiendo influencia espiritual.
Por tanto, sí... vieron y guardaron silencio.
Existe la posibilidad de que la persona que buscas, ese Ángel Rivera, pueda encontrarse entre esos sacerdotes que cambiaron de identidad.
—¿Existe algún registro que recopile todos estos cambios de identidad?
—Puede que sí, pero no tengo acceso a él. Lo siento, Noela. Mi poder tiene límites.
Vargas mostró evidente frustración.
—De todas formas —dijo Laprovittola, intentando consolarla—, veré lo que puedo hacer. Pero no puedo prometerte nada...
—¡Gracias! —exclamó Vargas, con esperanza—. Eso me ayudaría muchísimo.
Laprovittola le sonrió y le acarició el dorso de la mano. Fue entonces cuando Vargas reparó en algo que nunca había visto, pese a los años en que su familia había tratado al cardenal: un anillo de oro en su dedo anular, con una corona de espinas finamente grabada en el chatón.