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Las imágenes de aquella colonia maldita volvieron a su mente.
Recordó aquel día en que él y Xosé llegaron a la colonia preventorial, adonde su madre los había enviado con la promesa de una vida mejor que la que llevaban, desgastada por el olvido y el hambre en la pequeña aldea donde vivían.
El padre de Artai había sido arrancado de su hogar contra su voluntad una fría noche de otoño, a principios de los años cincuenta, e internado en un campo de trabajo. Allí, su padre murió poco después a causa de una fuerte neumonía, resultado de las espantosas condiciones laborales.
El único sustento constante que recibían se extinguió con él.
Aunque su madre trató de reemplazar las labores diarias del padre, solo contaba con más espíritu que fuerza.
Cuidaba del ganado que poseían: un par de vacas que proveían la leche necesaria para un vaso cada mañana y que también se convertía en unas onzas de un delicioso queso cremoso que deleitaba a Artai y Xosé.
Cuatro gallinas ponían los huevos para la tortilla cotidiana, y un pequeño huerto les otorgaba suficientes verduras para mantener una dieta equilibrada.
El excedente, junto con las frutas que su madre recolectaba de algunos manzanos, se vendía en la feria semanal del pueblo, a diez kilómetros de distancia.
Recordaba aquellos miércoles de feria como los momentos más felices de su infancia, viajando en un carromato tirado con esfuerzo por una vieja mula. Pero, a pesar de todo esto, el dinero que entraba apenas bastaba para llevar una vida digna.
Una noche, su madre, gastada por el tiempo, pero aún luciendo una cabellera abundante y rizada, se acostó tosiendo y ya no volvió a levantarse.
El médico del pueblo la visitó varias veces, diagnosticándole fatiga crónica y recomendándole reposo absoluto.
Así, tanto Xosé como Artai tuvieron que madurar de repente, cargando con el peso del día a día sobre sus espaldas.
Una mañana de primavera, el médico apareció en su rutinaria visita mensual, pero esta vez acompañado de un severo sacerdote de estatura alta y porte recto, vestido con sotana negra. Montenegro jamás olvidaría aquellos ojos imperturbables.
Mientras su madre escuchaba en silencio lo que el sacerdote decía, Montenegro y Xosé se quedaron sentados en la cocina, observándola. Sus ojos se llenaron de lágrimas y, tras recibir la bendición del sacerdote, su madre los llamó a su lado.
Montenegro recordaba con tristeza la mirada de Xosé, su cabello rubio y lacio, con aquel rizo rebelde que caía sobre la frente.
También evocaba a su madre, con aquellos ojos verdes oscurecidos por las ojeras.
En ese escenario les dijo que debían ser fuertes, que aquel lugar solo les ofrecía tristeza y pobreza.
Les relató que el sacerdote le había propuesto que ambos hermanos recibieran una educación que los transformaría en hombres de provecho y que siempre tendrían un plato caliente sobre la mesa.
Prometió visitarlos tan pronto como se recuperara. Pero nunca lo hizo.
Una semana después, el Seat 1400 del médico apareció en la puerta para llevarlos a aquella institución.
Un gran roble centenario vigilaba la entrada, testigo silencioso de épocas pasadas.
Llegaron con sus viejas maletas marrones, y el sacerdote alto que había visitado a su madre los recibió en la puerta.
—Soy el padre Ángel Rivera. Supongo que tú eres Xosé, y tú eres Artai. Bienvenidos a la que será vuestra nueva casa: la Colonia del Monte do Carballo.
Cruzaron un amplio portalón que daba paso a un claustro. Niños de distintas edades estaban agrupados según su edad, todos vestidos con batas azules. Con una señal del padre Ángel, uno de los niños mayores se acercó corriendo.
—Rodrigo, acompaña por favor a Xosé y Artai a su habitación —ordenó, y luego miró a los recién llegados con una sonrisa enigmática—. Rodrigo os enseñará vuestra estancia. Es casi la hora de la comida, así que debéis asearos y luego dirigiros al comedor.
La habitación se encontraba en el primer piso.
Era un espacio amplio, con camastros cubiertos por mantas de lana azul.
Junto a cada cama había una pequeña mesilla y un armario de madera.
Pequeñas ventanas en la parte superior filtraban la luz, otorgándole a la sala un aire sombrío y monástico.
Artai observó a Xosé: sus ojos estaban abiertos, llenos de curiosidad, y su sonrisa radiante demostraba satisfacción.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó Artai.
—Cinco años. Soy de los más veteranos en la colonia.
—¿De dónde eres?
—De Ponferrada.
—¿Eso dónde está? — intervino Xosé, curioso.
—Muy lejos de aquí — respondió Rodrigo con tono de hastío—. Bien, aquí están vuestros camastros, los baños están allí. Dejad vuestras cosas, lavaos un poco, luego os llevaré al comedor.
Mientras Rodrigo señalaba los baños, Artai percibió, bajo la manga de su blusa, un brazo cubierto de moretones oscuros. Rodrigo se estiró la manga al notar la mirada fija de Artai.
—Vamos, no tenemos todo el día. En la colonia se come exactamente a la una en punto. Si nos retrasamos, nos castigarán y nos quedaremos sin comer todo el día.
Los días pasaron inexorablemente para Artai y Xosé, inmersos en un régimen escolar donde la severidad de los profesores daba fe al viejo refrán de «la letra con sangre entra».
Los sacerdotes pretendían encauzar a los niños por el camino de la rectitud.
Los castigos eran diarios y duros, incluso por la falta más nimia.
Pero lo que más marcó a Artai fue «la urna», una pequeña habitación oscura en uno de los sótanos del castillo donde se encerraba a los alumnos rebeldes durante horas.
Cuando Xosé comenzó a cambiar, Artai supo que algo había alterado la relación que tenía con Rivera. El padre Ángel empezó a prestarle más atención. Cada noche, Artai veía cómo se acercaba a la cama de su hermano, con aquel colgante que giraba alrededor de su dedo, susurrándole palabras al oído.
Una noche, Artai se enfrentó al padre Ángel. Le golpeó en la cara con un vaso de cristal, provocando que la sangre brotara en abundancia. Tras ese incidente, Artai pasó una semana encerrado en «la urna». Cuando finalmente fue liberado, sus compañeros lo miraban con una mezcla de admiración y temor.
La situación en la colonia empeoró para los hermanos.
El padre Rivera castigaba a Artai con dureza, ante la indiferencia de los demás sacerdotes, quienes parecían ignorar lo que estaba ocurriendo.
La misteriosa desaparición de dos niños fue la gota que colmó el vaso.
Temiendo por la seguridad de Xosé, Artai trazó un plan de fuga.
Pero aquella huida solo duró unos cuantos días antes de que fueran capturados por la Guardia Civil y devueltos a la colonia.
Los días se convirtieron en meses, lentos y tortuosos.
Artai se desvivía por un Xosé cada vez más silencioso, más distante.
Hasta que una noche, los gritos de desesperación de su hermano rompieron el silencio del dormitorio.
Artai se enfrentó de nuevo al padre Ángel, pero esta vez recibió un puñetazo tan violento que su conciencia se desvaneció en la oscuridad.
Nunca volvió a ver a su hermano. Le dijeron que había sido trasladado a un sanatorio, pero él no lo creyó. Al día siguiente, saltó la tapia de la colonia y juró que nunca volvería.