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Agosto de 1989
El agua tibia fluyó en un delicado hilo, humedeciendo los brazos de Artai con una lentitud ceremonial.
El ritual de la ablución matutina, su único lujo, se desarrollaba en el interior de un caserón desvencijado cerca del Cementerio de los Ingleses.
Se escondía allí, tras ser identificado por la policía como el sospechoso de los asesinatos de Quiroga y Carrión.
Aquella acusación incrementó su cautela y dictó una rigurosa disciplina personal, en armonía con la misión que debía cumplir.
Solo salía de su refugio para acudir a un pequeño supermercado en la aldea cercana de Brañas Verdes.
Los habitantes de este lugar habían dejado de preguntarse por aquel forastero que, con puntualidad mensual, aparecía para recoger provisiones y después desvanecerse durante semanas.
La curiosidad inicial, poco a poco, se transformó en saludos fríos, y la simplicidad de estos intercambios había normalizado su presencia.
Un día más, Montenegro se contempló en el espejo. El peso de los años y su vida oculta en las sombras habían dejado huella en su rostro. Sus ojos azules estaban enmarcados por unos surcos oscuros que se intensificaban con el paso del tiempo, como los anillos en el tronco viejo de un árbol.
Mientras observaba su imagen, sus pensamientos volvieron a aquel día del año 1965 en que conoció a Abelard Morandé, el líder de los Carbonari.
Desde entonces, había sido el eco sombrío del fantasma en que se había convertido.
Acechaba entre las sombras, esperando con paciencia a que sus víctimas emergieran de la oscuridad de viejos edificios.
Conocía sus rostros únicamente por fotos en blanco y negro y, aunque no los conociera, les guardaba un desprecio oculto.
Su espíritu se había ido transformando encargo tras encargo, búsqueda tras búsqueda, hasta que un día, las fotos de todos aquellos desconocidos que debía eliminar se fusionaron en un reflejo borroso de sí mismo.
La soledad se instaló en su vida. Ausente de cualquier lazo emocional, su única compañía fue el consuelo de Ofelia, una prostituta regordeta de un viejo barrio en el centro de Madrid, a quien conoció una noche en la escalera del edificio donde vivía,
llorando desconsoladamente después de una paliza más de Ferrán, su proxeneta.
Artai recordó aquel día en que la acompañó a su casa, tratando con delicadeza las heridas de Ofelia.
—Tu alma está triste —dijo ella, acariciándole el rostro.
Aquellas palabras perforaron su coraza y despertaron un remordimiento por una cercanía que no podía permitirse.
A partir de aquel día, Artai pasaba largas horas con ella cada vez que visitaba Madrid, y a veces se permitían hacer el amor.
Después, miraban juntos al techo de la habitación y soñaban con viajar por el mundo.
Él sonreía, porque por primera vez veía claridad entre las sombras.
Un día, una de las amigas de Ofelia llamó a su puerta y, entre lágrimas, le avisó que Ofelia estaba hospitalizada en estado grave tras la última paliza de Ferrán.
Este golpe desató la ira de Artai, que, olvidando todas las reglas impuestas por los Carbonari, localizó a Ferrán en un destartalado bar de barrio.
Al caer la noche, se escondió, acechándole, y cuando Ferrán salió, le propinó una paliza tan brutal que solo la muerte fue su irremediable final.
Sin embargo, el odio y el rencor le nublaron la mente, y dejó suficientes huellas y testigos para que la policía pudiera ir tras su pista.
Huyó de España y se estableció en Lyon, pero antes dejó un gran ramo de rosas blancas y un sobre con dinero en la habitación de Ofelia como un intento de ofrecerle una nueva vida.
En Lyon, los Carbonari le consiguieron un empleo en una correduría de seguros. Allí conoció a Marcel, una chica enjuta, de ojos claros y una radiante sonrisa perlada. Iniciaron un romance intenso, pero breve, porque Marcel se dio cuenta de que no había lugar para ella en el corazón de Artai.
—Si regresas del mundo donde vives, te estaré esperando con los brazos abiertos —le dijo Marcel, cerrando la puerta de su apartamento entre sollozos. Pero Artai nunca regresó de su mundo.
Cayó en un letargo hasta que, una mañana de invierno de 1980, recibió un sobre marrón arrugado.
En su interior, una tarjeta ocre que tenía un mensaje conciso: «De un amigo para un amigo».
El sobre contenía una carpeta con documentación que despertó sus recuerdos y que incluía fotos de su infancia, fotos de niños jugando en un patio, de sacerdotes y militares vinculados a la colonia preventorial de Monte do Carballo.
Entre las fotos, la de un sacerdote de mirada felina y labios finos: el padre Ángel Rivera.
El demonio con sotana que había atormentado a su hermano Xosé.
Movido por una necesidad de comprensión más profunda y por el deseo de reconciliarse con las sombras de su pasado, inició un viaje a Santa Mariña de Augas Santas, permaneciendo allí durante varios meses.
Durante ese tiempo, entabló una extraña amistad con el párroco del lugar, quien, intrigado por su sed de conocimiento, le desveló los detalles más íntimos de los rituales y la historia sagrada de la Santa.
Fue allí donde sus ojos se posaron por primera vez sobre el libro VI de Farsalia, un documento original que recogía antiguos rituales celto-romanos hasta entonces desconocidos para él.
Lo estudió con meticulosidad casi reverencial, descubriendo entre sus páginas un oscuro ritual de purificación y olvido, un antídoto ancestral escondido en el tiempo.
Aquel libro se convirtió en su guía, en el mapa de una venganza ritualizada que comenzaba a tomar forma definitiva.
Con este conocimiento, localizar a los primeros dos sacerdotes mencionados en aquellos documentos y ejecutar el merecido castigo fue solo cuestión de tiempo.
A partir de ese momento, los recuerdos de su infancia regresaron, embistiendo su memoria con la misma furia con la que el viento azotaba las ventanas de la colonia en las heladas noches de invierno.
Todo lo que él y su hermano Xosé habían vivido desde su llegada a la institución resonó con una vividez desgarradora.
Artai Montenegro, de repente, salió de esa amarga ensoñación. Dos lágrimas solitarias trazaron surcos por su rostro curtido. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lloró; desde la última vez que revivió las imágenes de aquella colonia maldita.