44
1959
—¿Cómo ha podido suceder esto? Hemos cruzado un límite... Hasta ahora, he logrado disimular el comportamiento desenfrenado del padre Rivera, pero los rumores sobre la anarquía en la colonia han llegado a oídos del Consejo Superior de Protección de Menores.
Con el gesto descompuesto, el coronel Carrión se volvió hacia el padre Bieito Camargo.
—¿Y ahora qué, padre Camargo? Aparece aquí contándome que tres muchachos han muerto accidentalmente. No puedo seguir ocultando lo que sucede en la colonia. La Iglesia debe actuar de manera adecuada para evitar una investigación oficial.
Carrión alternó su mirada entre Camargo y Quiroga.
—Recordad que nuestras carreras están en juego; de una forma u otra, todos estamos involucrados.
He encubierto las atrocidades de ese sacerdote durante demasiado tiempo.
Además, tengo la impresión de que la situación de la colonia se está desbordando.
La Guardia Civil me ha informado de que en las últimas dos semanas varios de los chicos han intentado fugarse.
Afortunadamente, pudimos resolver la situación rápidamente y sin levantar sospechas.
Aquel frío amanecer de invierno, el coronel Marcos Carrión convocó urgentemente al padre Bieito Camargo y a Xosé Quiroga.
La residencia del coronel, un pazo del siglo XVIII que había sido remozado para brindarle una estancia cómoda mientras dirigía los campos de trabajo, había visto tiempos mejores.
El coronel se levantó de la silla de su escritorio y observó severamente a sus dos invitados, perdido en sus pensamientos.
El más joven, el padre Camargo, era un sacerdote de treinta años recién nombrado director de la colonia preventorial del Monte do Carballo.
Sus ambiciones terrenales superaban con creces los intereses estrictamente espirituales.
Xosé Quiroga, por otro lado, era un mal necesario; con ojos de comadreja y un espíritu bañado en traición, era el encargado del Servicio de Información e Investigación.
Para Carrión, Quiroga era un peón en esta historia, pero imprescindible para afrontar esta crisis crucial, donde los traidores a la patria y al régimen pululaban por doquier.
En medio de sus pensamientos, dos golpes suaves en la puerta de su despacho interrumpieron al coronel.
Una mujer alta, vestida de negro, entró y dejó un juego de tazas y una cafetera de porcelana sobre una mesilla, en medio del silencio y la atención de los tres hombres.
Al retirarse y cerrar la puerta, el coronel sirvió con parsimonia café a sus invitados.
—No olviden, caballeros, el mandato que Franco nos ha encomendado bajo la fundación de nuestra sociedad de Santa Mariña: defender la fe y las leyes del nacionalcatolicismo, identificando y castigando —dirigió una mirada severa a Quiroga— a todos aquellos que quieren destruir nuestros valores.
Los rojos, los judíos y los masones son el cáncer de nuestra sociedad, y la fundación de la colonia preventorial tiene como objetivo cuidar de las mentes y las almas de aquellos muchachos que, por una cruel vuelta del destino, nacieron en familias contaminadas por el gen rojo.
Este sitio debe ser un lugar de pureza, donde no cabe la depravación.
Camargo y Quiroga asintieron con un gesto.
—Estén tranquilos, caballeros —prosiguió el padre Camargo, su rostro reflejando astucia y desenvoltura—.
Estoy haciendo todo lo posible para resolver este problema.
El obispado me ha prometido encontrar un lugar donde el padre Rivera pueda recibir tratamiento para su enfermedad.
Mientras tanto, ha sido apartado del servicio y confinado en su habitación hasta nuevo aviso.
Doy gracias a Dios —se santiguó— de que hayamos podido poner fin a esto, gracias a la sincera confesión del padre Rivera.
Todos eran conscientes de que Camargo había violado el secreto de confesión en beneficio de sus intereses menos espirituales.
—¿Dónde están los cuerpos? —preguntó Quiroga.
—Les hemos dado sepultura cristiana —Camargo se santiguó de nuevo.
—¿Y qué pasa con ese chico que ha escapado...? ¿Cómo se llama? —preguntó Carrión, sorbiendo su café.
—Artai Montenegro… Todavía no sabemos su paradero, pero estoy seguro de que lo encontraremos pronto. No tiene muchos lugares a los que pueda ir.
Camargo lanzó una mirada oblicua a Quiroga, esperando su confirmación.
—Estamos trabajando en ello —corroboró Quiroga—. Ese chico no llegará muy lejos.
—Entiendo —respondió Carrión, serio—. Quizá lo mejor para todos sea que ese chico no vuelva a aparecer. ¿Comprende lo que le digo, Quiroga?
Quiroga asintió, luego dio un largo trago a su café.