43
Por fortuna, en la base de datos de huellas dactilares del SAID se encontraron muestras correspondientes a las de Artai Montenegro.
La científica las comparó con las huellas encontradas en la escena del crimen del coronel Marcos Carrión y todo parecía confirmar que Montenegro era el presunto asesino en quien centrar sus pesquisas.
Las suposiciones se solidificaban en pistas que se desplegaban ante Vargas como un elaborado rompecabezas.
Noela sabía que la única figura capaz de validar estas conjeturas era Arturo Castro, el alto funcionario del Estado que vigilaba de cerca la investigación.
La reunión matutina con Castro, planificada para el día siguiente, era crucial.
Despejar el velo de misterio y confusión podría desentrañar la cadena de medias verdades y enigmas que anhelaba resolver.
Montenegro debía ser atrapado antes de que continuara trazando su sendero de venganza a lo largo de la Costa da Morte.
Ella le había expuesto a Castro por teléfono las principales líneas de investigación, incluyendo a un nuevo implicado, Artai Montenegro, y la teoría de que la acusación a Uxío era una farsa.
También le había informado sobre la sociedad secreta de Santa Mariña de Augas Santas, formada por partidarios del régimen de Franco, entre ellos altos militares y miembros eclesiásticos, que operaban como un brazo ejecutor contra los opositores.
Le explicó a Castro que esta sociedad se originó en Galicia, pero tenía conexiones a lo largo de la cornisa cantábrica. Quiroga, Carrión, Rivera y el obispo de Mondoñedo, Bieito Camargo, todos vinculados a los sucesos en la colonia de Monte do Carballo, pertenecían a ella.
Existían múltiples incógnitas: ¿Cuál era la conexión entre los crímenes en la colonia y la sociedad secreta de Santa Mariña?
¿Estaban sus miembros al tanto de lo que allí ocurría?
Castro, al otro lado de la línea, había escuchado con atención cada palabra de Vargas y, al día siguiente, tomó el primer avión a Santiago de Compostela.
Era sábado al mediodía cuando Vargas y Marzán se citaron con Castro en el parque de Santo Domingo de Bonaval.
Ambos se sentaron en un banco de piedra, cercano al antiguo cementerio del convento, y aguardaron bajo las frondosas ramas de un alcornoque, cuyo follaje atenuaba el riguroso calor matinal de agosto.
La reunión le recordaba a Vargas los encuentros entre espías de las películas que solían echar en la televisión, en respuesta a la creciente inestabilidad política en Europa, alimentada por los países tras el Telón de Acero.
A lo lejos, Vargas vio la silueta de Castro acercándose con paso cansino con un cigarrillo entre los dedos.
Por lo general, el funcionario se vestía con elegantes trajes de seda, pero para la ocasión optó por un vaquero y un polo Lacoste blanco que resaltaba su bronceado de vacaciones de lujo.
El titubeante andar de Castro era un indicador de su nerviosismo previo al encuentro.
Tiró el cigarrillo aún a medio terminar y lo pisó con determinación.
—Felicidades, inspectora. Parece que están avanzando con la investigación mucho más rápido de lo que esperábamos —Castro paseó la mirada entre Vargas y Marzán.
Un brillo en sus ojos diminutos anticipaba el zarpazo de un depredador—.
Y puedo asegurarles que hay mucha gente nerviosa.
Suponíamos que este caso se cerraría rápido y en silencio.
Ahora, con los titulares en los periódicos y la prensa atando cabos, mucha gente teme que salpique aún más la ya manchada imagen de la Iglesia, gracias a su antiguo compadreo con la dictadura de Franco.
—¿Qué me dice de los abusos en las colonias? ¿Hasta dónde llega la implicación de la Iglesia? —inquirió Vargas.
—Los vínculos con algunas de las desgraciadas colonias preventorio y ciertos sacerdotes, especialmente los salesianos, se mantienen ocultos por ahora. Pero, visto lo visto, y gracias a su investigación, no tardarán en salir a la luz pública.
—¿Y quién se beneficia de mantener esto en secreto?
—La Iglesia, el gobierno... ¿quién sabe?
—Castro miró a su alrededor con sospecha—.
Pero de lo que sí estoy seguro es de que hay muchos más casos como el de los niños de la colonia de Monte do Carballo.
Miles de niños ingresaron en esas instituciones.
Nadie quiere desenterrar este pasado. Ni el actual gobierno de derechas, ni el anterior de izquierdas.
Los asesinatos de Carrión y Quiroga, junto a los de los demás sacerdotes, son el espejo donde se refleja lo que ocurrió en esas instituciones.
Montenegro no fue más que una de sus víctimas.
—Inspectora, puede que parezca otro obstáculo en su camino, pero no lo soy —Castro sonrió con astucia mientras se encendía otro Marlboro—. Puede considerarme un demiurgo, buscando equilibrio en el universo.
—No acabo de entender qué quiere decir con eso.
—Verá, inspectora, supongo que ya sospecha que soy miembro de la sociedad de los Carbonari.
Ocupamos puestos en todos los estamentos del país.
Hemos influido en la historia desde la Edad Media.
Anhelamos un orden y corregimos anomalías cuando las hay.
A veces necesitamos eliminar factores disruptivos, aquellos que arrebatan al pueblo el protagonismo de su propia historia.
Eso ha implicado tomar acciones, digamos...
coercitivas, contra criminales, torturadores y corruptos.
Con la llegada de la democracia, este tipo de acciones ha menguado. Ahora simplemente vigilamos.
—¿Y qué me puede decir de Montenegro? —preguntó Marzán.
—Montenegro fue reclutado en 1965. Parecía prometedor, a pesar de una vida complicada.
Tras la muerte de su padre en un campo de trabajo franquista y el fallecimiento prematuro de su madre, Artai y su hermano Xosé fueron enviados a la colonia preventorial de Monte do Carballo, bajo la tutela de la Iglesia.
Allí, Xosé desapareció, un hecho que marcaría a Artai para siempre.
Tras su fuga de la institución, fue acogido por su tío paterno, ya fallecido.
Luego estuvo detenido por hurtos siendo adolescente.
En Barcelona, le reclutamos y entrenamos.
Era un custode, un guardián, identificaba y secuestraba objetivos.
Pero ese trabajo le cambió. Tuvimos que... bloquearle.
—¿Bloquearle? —preguntó Vargas.
—Un término de nuestra jerga, supongo —Castro se encogió de hombros—.
Le perdimos la pista a finales de los setenta, hasta que empezaron a aparecer los cuerpos de sacerdotes salesianos.
Ahí supimos que Montenegro había vuelto, con un objetivo claro: vengarse de quienes consideraba responsables de la desaparición de Xosé.
—¿Y por qué ahora? —intervino Marzán—. ¿Por qué no acabó su venganza antes, y por qué los rituales?
—Montenegro es un asesino eficiente e inteligente.
Puede desaparecer si lo desea; así fue entrenado.
Para encontrarlo, deben entender sus prácticas celtas.
Busquen el origen, el grimorio donde se halla el rito original: el Libro VI y su ceremonia de la Triple Muerte.
Ahí estarán las pistas para prever sus próximos movimientos.
Ahora debo irme, inspectora Vargas, pero estaremos en contacto.
Después de una rápida despedida, Castro se alejó rápidamente. Vargas se quedó en silencio, rumiando las palabras que acababa de escuchar.