Los Hijos de la Peste 41
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Marzán se despertó muy temprano debido a la llamada de Noela.

El asesino había vuelto a actuar. Aquellos que desviaron la atención del caso acusando al pobre Uxío con argumentos de locura mental se habían equivocado.

Sí, habían encontrado al chivo expiatorio perfecto, pero este nuevo crimen derrumbaría sus teorías como un castillo de naipes.

A su llegada a Xaviña, la oscuridad de la pequeña aldea gallega se cernió sobre Suso; sin embargo, era precisamente en la oscuridad donde él se encontraba en su elemento, igual que los murciélagos en las cuevas.

El asesinato, la manifestación más cruda de las pasiones humanas, siempre le había fascinado.

Aquellos que manejaban los hilos en las sombras querrían cubrir este nuevo hecho bajo un manto de silencio, pero se toparían con un desafío aún mayor ahora que los medios de comunicación ya habían olfateado el olor a sangre.

La presión para que estos crímenes no ensombrecieran la próxima visita del papa Juan Pablo II a Santiago de Compostela resultaría infructuosa.

Con su mirada aguda, Marzán notó un pequeño enjambre de periodistas que se apiñaban tras la cinta policial, ávidos por compartir los sucesos con sus audiencias.

Permaneció detrás del control policial, mientras escudriñaba la escena del crimen como si fuera un espectador en la primera fila de un macabro teatro.

Observó a los agentes de la policía científica que recorrían la escena y cómo el cuerpo de la víctima fue tratado con el máximo cuidado antes de ser introducido en una bolsa mortuoria y trasladado en una furgoneta.

Vargas estaba allí; seguramente fue una de las primeras personas en llegar al lugar.

Con un gesto de su mano, indicó a los policías uniformados que le permitieran pasar.

Con precaución, siguió el camino hasta el lugar exacto donde se encontró el cuerpo y examinó los alrededores del cruceiro.

Notó marcas de hierba aplastada y ramas rotas de los arbustos que crecían salvajes alrededor, como un rastro dejado por un objeto pesado arrastrado hasta la cruz de piedra.

El sendero lo llevó a un terreno colindante, conectado con una finca cuya entrada estaba flanqueada por simples tablones.

Parecía fácil para el asesino dejar un coche en ese terreno oculto y arrastrar el cuerpo unos metros hasta el lugar del hallazgo.

La sangre tiñendo de rojo la hierba corroboraba esta teoría.

Agachándose para examinar mejor, Marzán descubrió la huella de un talón de bota en una acumulación de barro.

Tomó una impresión con cinta adhesiva y la guardó en una bolsa de evidencia.

Con un gesto, llamó a uno de los técnicos forenses para que se acercara y le entregó la bolsa.

—Para el laboratorio —dijo, sacudiéndose las manos.

Marzán continuó peinando la zona con cuidado. Ya amanecía, y la claridad permitía observar cada detalle con mayor precisión. La sangre aún goteaba de la cruz de piedra y las cuerdas utilizadas para atar el cadáver permanecían en el suelo, marcadas con las etiquetas de las pruebas periciales.

Justo en ese momento, vio llegar al magistrado Maldonado, sentado en el asiento del copiloto de un coche de la Guardia Civil, apuntando datos en una libreta. Después de un breve reconocimiento, Marzán volvió a su labor y se alejó del sendero, echando un vistazo a la parte trasera del cruceiro.

Observó un pequeño riachuelo artificial, formado por la lluvia, que descendía terreno abajo por una pequeña ladera.

Se agachó para examinar cada pista con detenimiento, notando nuevamente la hierba aplastada.

Este parecía ser otro lugar donde el cuerpo habría permanecido inmóvil.

Calculó que la distancia desde el cruceiro hasta su posición era de unos diez metros.

El asesino habría atado las cuerdas a la víctima, la habría arrastrado y, finalmente, lo levantó en volandas con una fuerza notoria.

El hecho de que no hubiera mucha sangre en el suelo indicaba que la muerte no había ocurrido allí, sino en otro lugar; posiblemente, la víctima dio sus últimos estertores colgado en el cruceiro.

Agachándose de nuevo, palpó el interior del riachuelo y tocó algo metálico. Al sacarlo, vio que era un colgante con una corona de espinas en su extremo.

—¿Has encontrado algo? —Vargas apareció junto al magistrado Maldonado casi de la nada, tomando a Marzán por sorpresa.

Él no se había percatado de su presencia, tan absorto estaba en su investigación.

Se levantó, metiendo el colgante que había encontrado en otra bolsa de evidencia, y luego se la entregó a Vargas, quien le ofreció una toalla para secarse las manos.

—¿Quién es la víctima?

—Marcos Carrión —Vargas apretó los labios en un gesto de tensión—. Fue reportado como desaparecido ayer. No llevaba nada consigo cuando salió de su residencia. Esta mañana temprano, una mujer encontró el cuerpo mientras iba a su trabajo.

Vargas entregó a Marzán una bolsa con una tela similar a la encontrada en el cuerpo de Xosé Quiroga, pero con un nuevo mensaje en latín. Creemos que el asesino ha seguido también el ritual de la Triple Muerte celta.

Marzán desenrolló la tela con cuidado.

—¿Teutanes Mercurius?

—Teutanes es Mercurio en lengua gala —explicó Maldonado—. Los galos apaciguaban a este dios con rituales de sacrificios humanos, en los que las víctimas eran ahogadas y colgadas hasta desangrarse.

Marzán observó el cruceiro y luego el sendero que llevaba a la finca adyacente.

—El escenario concuerda con ese sacrificio.

El asesino intentó matar a Carrión en otro lugar.

Habrá que confirmar con la autopsia si presenta síntomas por ahogamiento.

Luego lo trajo hasta aquí, quizá en su propio coche, y arrastró el cadáver hasta este punto.

Pero Carrión no estaba muerto: intentó luchar, y fue entonces cuando el asesino perdió este colgante.

Finalmente, lo degolló e izó el cuerpo a la cruz.

—Hemos cerrado todo el perímetro y dividido el área en cuadrantes para realizar la inspección ocular con la mayor precisión posible.

Además, tengo la sensación de que el arma con la que degolló a Carrión no debe estar muy lejos —añadió Vargas, dirigiendo su mirada al magistrado Maldonado—.

Ahora sí podemos catalogar a nuestro asesino como un asesino en serie. No creo que este sea su último acto.

—Tenemos que encontrar al padre Rivera, si es que todavía está vivo, y proteger al obispo Camargo.

Uno de los dos será su próxima víctima —dijo Marzán—.

Noela, debes hablar con tu amigo Arturo Castro.

Hay algo que tus jefes nos están ocultando.

La impunidad con la que se mueve este asesino no es normal.

Aún no puedo discernir si estamos ante un caso de psicopatía o si, en realidad, nos enfrentamos a un asesino completamente lúcido.

Es como si cada asesinato fuera el acto de una obra de teatro, cada uno con su propio drama.

Tengo que reconocer que me desconcierta.

Vargas asintió, y Marzán se quedó contemplando el colgante de oro con la corona de espinas que habían encontrado. Aquel colgante tenía un significado oculto que aún no alcanzaba a descifrar.