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Agosto de 1989
Inés se levantó muy temprano, como era su costumbre.
Cada día, puntualmente a las cinco de la mañana, salía de casa hacia la panadería que regentaba en Xaviña, un rincón tranquilo de la Costa da Morte.
Después de años de esfuerzo constante, había conseguido sacar adelante su pequeña tahona, que ya contaba con cuatro empleados: dos artesanos panaderos y dos dependientes.
Inés cumplió su rutina matinal con meticulosa precisión.
Se duchó y se maquilló con esmero, intentando disimular las profundas ojeras que el insomnio había esculpido bajo sus ojos.
Las últimas noches habían sido un tormento, plagadas de pesadillas que no lograba descifrar.
Lo único que recordaba al despertar era la imagen perturbadora de una soga que oscilaba al ritmo de un corazón agitado y una figura ominosa, con el rostro velado por una capucha.
Esa mañana, frente al espejo, se enfrentó a la pregunta que rondaba su mente cada día: ¿realmente valía la pena el esfuerzo?
Hacía tiempo que no disfrutaba de unas vacaciones o de un momento de ocio sin cargas.
A pesar de ello, una sonrisa se dibujó en su rostro mientras trazaba un corazón en el espejo empañado del baño.
Aunque su trabajo era exigente, Inés se había convertido en un pilar para su comunidad, algo que le infundía un profundo sentido de propósito.
Reflexionando sobre el valor que su labor aportaba a la vida de los demás, las dudas se disipaban como la bruma bajo el sol matinal.
Así que, aquel lunes de principios de agosto, ella sería, como siempre, la que levantaría la persiana de su pequeño negocio y hornearía las primeras barras de pan que luego repartiría con su furgoneta por las poblaciones cercanas.
Antes de salir de casa, se dio cuenta de que había caído un buen chaparrón y de que parecía que otra tormenta se avecinaba, pues una fina llovizna comenzaba a empapar la calzada con una cadencia rítmica.
Al llegar a la puerta, abrió su paraguas y empezó a recorrer el kilómetro y medio que separaba su casa de la panadería.
Allí la estarían esperando Xoaquín y Sabela, los dos panaderos que la ayudaban a comenzar el día.
Sus botas, chapoteando en el suelo encharcado, hacían que pequeños tirabuzones de agua salpicaran las perneras de sus pantalones.
Las farolas —al menos las que aún funcionaban— iluminaban tímidamente la calzada de cemento.
Después de recorrer los primeros seiscientos metros, decidió desviarse por un sendero que solía utilizar para ahorrar algunos minutos en el trayecto.
Este sendero pasaba por un tramo abandonado donde se encontraba un viejo hórreo y un cruceiro del siglo XVI cubierto de musgo.
Sin embargo, algo había cambiado. Un detalle que no escapó a la atención de Inés.
En la silueta del cruceiro, que se alzaba en la oscuridad como una reliquia del pasado, algo parecía estar fuera de lugar.
Por instinto, Inés redujo la velocidad de sus pasos, y el miedo, junto con la angustia por lo desconocido, la invadieron mientras se aproximaba.
Un grito ahogado de pánico emergió involuntariamente de su garganta, y sus manos soltaron las pertenencias que llevaba, dejándolas caer al suelo ante la horrenda visión que tenía frente a sí.
El terror la invadió completamente mientras, casi por instinto, sus pies la llevaban a acercarse para observar con mayor detalle la escena que se desplegaba ante sus ojos.
Lo que vio era un cuerpo, o más bien un amasijo sanguinolento, atado al travesaño del cruceiro de piedra.
Las piernas estaban sujetas al poste vertical de la cruz con cuerdas, creando una figura grotesca y distorsionada.
Todos sus miembros —brazos y piernas— estaban asegurados de tal manera que el cuerpo colgaba suspendido en el aire, en una posición perpendicular al suelo.
De su garganta brotaban borbotones de sangre, que al mezclarse con la lluvia formaban un reguero cristalino que fluía y caía al suelo como un torrente incontrolable.
Un ataque de ansiedad le provocó un profundo mareo, pero aún pudo mantenerse consciente para distinguir, en la cabeza de esa pobre criatura, una tosca y enrevesada corona de espinas.