Los Hijos de la Peste 39 #3
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»Para hombres amantes de la libertad como yo, es una afrenta que España, bajo el régimen de Francisco Franco, sea miembro de la ONU desde 1955, a pesar de las evidentes carencias en las libertades políticas y de expresión, así como los crímenes cometidos durante la Guerra Civil que siguen impunes.

Además, existe una evidente maquinaria de represión ante la cual el resto del mundo hace oídos sordos.

Morandé se apoyó en la repisa de la chimenea y cogió una de las fotos en la que él y un grupo de maquis aparecían sentados frente a un tanque de guerra estadounidense.

—Algunos de nosotros, incluido yo, nunca hemos tolerado esta afrenta histórica. Hemos ocupado puestos destacados en el régimen de Franco, en ámbitos económicos y políticos, para luchar desde dentro contra esta aberración.

—¿De qué manera? —preguntó Montenegro, cada vez más intrigado por lo que estaba escuchando.

Morandé sonrió al ver que había despertado su interés.

—Como te mencioné antes, algunos de nosotros nos hemos infiltrado en el régimen para acabar con la impunidad de muchos de sus miembros.

Pertenecemos a los Carbonari, una sociedad secreta secular cuyas raíces se extienden hasta la Alta Edad Media.

Nos originamos en los bosques del norte de Italia, Alemania y Francia, donde nuestros primeros cofrades celebraban sus reuniones.

Nuestros votos consolidan la misión principal de luchar contra la tiranía y destruir los gobiernos que utilizan la represión y el sufrimiento como herramientas coercitivas para someter a su pueblo.

En España, nuestro objetivo es restaurar la soberanía a sus ciudadanos, instaurando una República donde todos sean iguales ante la ley, sin secretos de Estado.

Los ciudadanos decidirán quién gobierna y quién no, exigiendo a los políticos y funcionarios actuales que rindan cuentas por sus crímenes.

Te encuentras en una de nuestras logias, conocidas como Ventas, y yo soy el líder supremo.

Morandé le ofreció un vaso de agua, y Montenegro sintió una sed que hasta entonces no había experimentado.

—¿Y qué desea de mí, señor Morandé? ¿Por qué estoy aquí?

—Llámame Bernard, por favor.

Morandé puso una mano sobre el hombro de Montenegro y lo invitó a entrar a una pequeña habitación contigua.

Allí, la iluminación de varios candelabros creaba un ambiente misterioso.

Símbolos de hachas, antorchas e iconografía cristiana se representaban en grandes tapices, que Montenegro supuso que podrían ser de origen medieval.

Un tapiz rojo con la representación de una corona de espinas presidía la estancia.

—Artai, hemos seguido tu trayectoria durante todo este tiempo.

Con solo veinticinco años, has sido arrestado más de diez veces y estás en la agenda de los Servicios de Información e Investigación.

Soltero y sin pareja conocida, huérfano desde los diez años.

Tu hermano Xosé desapareció en la colonia preventorial de Monte do Carballo, y desde entonces te has convertido en un firme luchador contra la dictadura, tanto a través de tus palabras como de tus acciones.

Estudiante de Historia, eres brillante y posees una mente privilegiada.

—¿Cómo sabe todo eso? —preguntó Montenegro.

—Tenemos miembros infiltrados en todos los estamentos del régimen, incluso en la policía —respondió Morandé, golpeando dos veces con el dedo índice una carpeta con el membrete de los Servicios de Información—.

Quiero que te unas a nosotros, Artai Montenegro.

Te ayudaremos a lograr lo que siempre has deseado desde que estás en la universidad.

Te convertirás en nuestro agente en el mundo exterior, y te proporcionaremos todos los recursos y protección necesarios.

—¿Y cuál sería mi objetivo? —preguntó Montenegro.

—Eliminar a los criminales de guerra del régimen. Ahora sabemos que nunca serán llevados ante la justicia, al igual que ha sucedido con muchos criminales de guerra nazis. Todos ellos están protegidos por una red de mentiras.

Morandé abrió un panel oculto en una de las paredes de la habitación, revelando unas veinte fotografías tomadas desde diferentes ángulos de personas desconocidas para Montenegro. Colgaban en aquellas paredes, aparentemente con algún tipo de significado que él no lograba discernir.

—Estos son ellos, llevando vidas normales. Frente a ti se encuentran los verdaderos criminales de guerra responsables de cientos de fusilamientos, persecuciones políticas y abusos contra niños presos en colonias por todo el país.

Montenegro se acercó a las fotos y las observó detenidamente.

Todos aquellos rostros desconocidos se amontonaban en el panel.

¿Cómo era posible que esa gente llevara una vida normal bajo la tolerancia de un régimen corrupto y permisivo con la violencia?

Artai se volvió hacia Morandé y lo miró a los ojos.

—¿Qué debo hacer?

Morandé tomó una pequeña caja de terciopelo rojo y se la entregó a Artai. En su interior había un colgante de oro con el símbolo de una corona de espinas.

—No será fácil convertirte en miembro de pleno derecho de nuestra organización. Deberás permanecer en Francia durante seis meses y prepararte psicológica y físicamente para cumplir con tu misión.

Montenegro se colocó el colgante alrededor del cuello.

—Bernard... llevo preparándome para esto desde que era niño