Los Hijos de la Peste 39 #2
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Otro policía uniformado lo agarró bruscamente del brazo y lo sacó de la celda en volandas.

Avanzaron como una manada por un pasillo oscuro, situado presumiblemente en el sótano de un edificio iluminado solo por bombillas en serie.

Subieron unas escaleras y cruzaron un piso lleno de oficinas bulliciosas, donde varios policías atendían llamadas o tecleaban en máquinas de escribir.

El policía del abrigo de cuero lo ignoró y entró en un pequeño despacho, y continuó con su trabajo como si la situación ya no le afectara.

Finalmente, el policía uniformado lo condujo a otra sala con una pequeña mesa y dos sillas enfrentadas, al parecer destinada a los interrogatorios.

—Espera aquí; tu abogada quiere verte.

—¿Abogada? Yo no he pedido ninguna abogada. Además, no tengo dinero para pagarla —respondió Artai, aún sorprendido por cómo los acontecimientos se estaban desarrollando.

—No tienes que pagar nada, Artai. ¿Te importa si te tuteo? Tienes amigos muy poderosos que han estado siguiendo tu trayectoria durante mucho tiempo. Me llamo Patricia Smith. —Aquella abogada lo observaba desde la puerta con sus grandes e hipnotizantes ojos verdes.

—¿Qué trayectoria? ¿De qué amigos poderosos estás hablando? —preguntó Artai.

—Te pondrán al corriente más adelante. Yo solo vengo a gestionar tu liberación... Solo necesitas firmar estos dos documentos y podrás marcharte cuando quieras.

—¿Así, sin más?

—Así, sin más —respondió ella.

Patricia Smith le lanzó una sonrisa fugaz mientras ordenaba los papeles y los guardaba en un maletín de piel. Luego se fue tranquilamente por donde había venido, dejando la puerta abierta.

A la salida de la comisaría, un Seat 124 de color granate lo esperaba frente a la puerta.

Un hombre alto y delgado se encontraba de pie, sosteniendo la puerta del copiloto abierta.

A medida que Artai se acercaba, pudo distinguir sus rasgos: cara larga y afilada, cabeza completamente rapada.

Vestía unos vaqueros azul claro y un jersey de cuello de cisne debajo de una cazadora de cuero negro.

Con un gesto, le indicó que se acercara.

—Señor Montenegro, alguien quiere conocerlo. Si es usted tan amable, nos gustaría que nos acompañara.

El extraño se dirigió a él en tono cortés, con un marcado acento francés.

Artai se sentó junto al conductor, un hombre de mediana edad que asintió con la cabeza y se centró en conducir.

El extraño se acomodó en el asiento trasero del copiloto y arrancaron.

Rápidamente tomaron la Rambla, llena de coches y taxis de vivos colores negro y amarillo.

Luego, giraron hacia la avenida Diagonal y salieron de la ciudad.

—¿Hacia dónde vamos? —preguntó Montenegro, desconfiado. Sus acompañantes no respondieron. Poco después, el extraño le ofreció un pañuelo.

—Debe ponérselo. No se preocupe, no le haremos daño. La persona que va a conocer prefiere mantener el anonimato. Lamento las molestias que esto pueda causarle. Por favor, confíe en nosotros.

Montenegro se cubrió los ojos con el pañuelo sin objeciones. Calculó que el destino estaba a unas dos horas de Barcelona. Finalmente, cuando el coche empezó a traquetear, supuso que estaban en un camino de tierra apartado. El coche se detuvo y el extraño le quitó el pañuelo.

Cuando los ojos de Montenegro se acostumbraron nuevamente a la luz, vio una hermosa masía de piedra rojiza con un tejado a dos aguas, rodeada de jardines bien cuidados y viñedos que se perdían en el horizonte.

Salieron del coche y el extraño lo condujo al interior de la casa, igualmente impresionante por dentro.

Grandes muros de piedra y artesonados de madera adornaban el lugar.

El extraño se retiró en silencio, dejando a Montenegro solo en un amplio salón.

Observó con curiosidad el entorno. Una estantería repleta de libros en francés llamó su atención, incluyendo El contrato social, de Jean-Jacques Rousseau, obras de Friedrich Nietzsche y textos históricos sobre la Revolución Francesa.

También vio varias fotografías en la repisa de la chimenea, entre ellas una en blanco y negro en la que reconoció, sorprendido, al joven Charles de Gaulle sonriendo junto a un hombre de unos cuarenta años, de tez morena, pelo engominado y bigote fino.

Había otra foto aún más antigua que mostraba a un grupo de hombres y mujeres armados sentados en un pajar derruido, algunos sonrientes y otros con el puño en alto en señal de victoria.

—Nos tomamos esta foto en 1944, en Caen, durante los preparativos para la invasión de Normandía.

Nuestra misión era hostigar a las tropas alemanas, volando sus infraestructuras y cortando sus suministros mientras los aliados se preparaban para el asalto.

Fueron meses difíciles, en los que perdí a muchos camaradas que aparecen en esta foto, pero el sacrificio valió la pena.

Montenegro quedó sorprendido por las palabras de un hombre de unos cincuenta años, con acento francés y un rostro amigable marcado por una cicatriz en la mejilla derecha. Su cabello blanco empezaba a asomar entre una abundante cabellera.

—Mi nombre es Abelard Morandé —estrechó enérgicamente la mano de Artai—. Imagino que está sorprendido, Monsieur Montenegro, por cómo se han desarrollado los hechos desde esta mañana. Pero le aseguro que todo ello es esencial para proteger mi identidad y la de nuestra organización.

—¿Qué organización? ¿Quién es usted? —preguntó Montenegro, desconfiado.

—Permíteme explicarte, si puedo tutearte.

Después de la Segunda Guerra Mundial, y con Europa dividida en dos bloques políticamente enfrentados, muchas personas influyentes en el mundo social y económico, intolerantes al fascismo, volvieron su atención hacia España, la única dictadura fascista que aún prevalecía y que, sorprendentemente,

era tolerada por el resto de los países.