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1965
—Todos los presentes en esta reunión somos conscientes de la falta de libertad de pensamiento que coarta nuestro desarrollo personal.
Nuestra universidad está plagada de profesores cuya única valía se basa en su afinidad política con el Régimen, en lugar de su competencia y conocimiento.
Esto ha dado lugar a catedráticos incompetentes que han sumido a la institución en la bancarrota, con una administración incapaz de gestionarla eficazmente.
Incluso el rector ha hecho de la represión de nuestras ideas su bandera.
Además, los planes de estudio mal elaborados han limitado la participación estudiantil...
Compañeros, todas estas circunstancias nos obligan a no detenernos y a ejercer más presión en nuestras movilizaciones.
Quien hablaba era un joven de ojos oscuros, con cabello liso y negro que le caía hasta los hombros.
Luchaba por hacerse escuchar por encima del coro de voces que resonaba en el paraninfo de la Universidad de Barcelona.
El ambiente estaba tenso después de largas jornadas de protestas, que la policía había reprimido con dureza, dejando como saldo alumnos heridos y varios detenidos.
—Silencio, por favor... Dejadle terminar para que podamos entendernos —pidió uno de los pocos profesores presentes en la reunión, arriesgando su puesto en apoyo a las reivindicaciones.
El profesor, de poco más de cuarenta años, estaba sentado detrás de una mesa en la que colgaba una gran bandera roja con la hoz y el martillo.
El salón, de planta cuadrada, respiraba un aire histórico con su decoración neomudéjar y sus grandes frescos que representaban los hitos de la institución.
Para los cincuenta estudiantes presentes, aquel acto era otro momento histórico que marcaría un punto de inflexión en los movimientos estudiantiles en contra del régimen de Franco.
Se habían reunido allí para tomar decisiones sobre los próximos pasos en las movilizaciones.
Llevaban más de dos horas juntos, temiendo en todo momento que la policía irrumpiera y dispersara la reunión a la fuerza, incluso deteniendo a los presentes.
En ese momento, una joven estudiante de cabello rizado y pelirrojo, con grandes gafas de pasta negra, se levantó de su asiento sosteniendo unas hojas de papel y alzó la mano para calmar a los asistentes.
—Por favor, dejadme presentar al responsable de los comités de acción, nuestro compañero Artai Montenegro.
Artai era uno de los estudiantes más influyentes en la organización, aunque algunos miembros desconfiaban de él debido a sus posiciones extremas, justificando la violencia como un medio para que sus reivindicaciones fueran escuchadas.
Con agilidad, Artai subió los dos peldaños que lo separaban del estrado y se situó frente a los demás estudiantes.
Su silencio hablaba por sí mismo y su rostro imperturbable atraía la atención de todos.
—Es el momento, compañeros y compañeras... —Artai comenzó a hablar con pausa, sintiendo la tensión de ese momento crucial—. Todo lo que decidamos aquí será clave para el futuro del movimiento.
Durante unos segundos, sus penetrantes ojos azules escudriñaron a la audiencia. La dureza de su rostro lo asemejaba a una fiera a punto de atacar a su presa.
—Si creen que vamos a quedarnos de brazos cruzados mientras nuestros camaradas son detenidos y torturados en las comisarías de la dictadura, están muy equivocados.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala.
—Estoy de acuerdo con la mayoría de vosotros, que insistís en que las palabras son un arma efectiva para luchar contra aquellos que intentan sofocar nuestra libertad de pensamiento.
Pero a veces, camaradas, las palabras no son suficientes.
Debemos hacer algo más, debemos dar un ejemplo claro a nuestra sociedad, que ahora mismo nos observa.
Estamos viviendo un momento histórico. Somos la punta de lanza del cambio.
—Nuestra sociedad vive adormecida, sin la menor esperanza de cambio mientras el dictador siga en el poder.
Si no mostramos la más mínima actitud crítica hacia lo que está sucediendo, los tiempos no cambiarán.
Somos la generación que ha vivido siempre bajo el yugo de la dictadura, y es hora de alcanzar una salida democrática.
Nosotros, los estudiantes, somos la clave para lograrlo.
Montenegro silenció su discurso entre los aplausos de muchos y los desacuerdos de unos pocos.
—Es el momento —continuó— de realizar un acto que atraiga la atención internacional, que los ojos del mundo se vuelvan hacia nosotros.
Somos la chispa que encenderá la pólvora.
Y ese momento es ahora. El régimen se tambalea como un árbol enfermo, y debemos hacer un último esfuerzo para derribarlo de raíz.
Salgamos de aquí y eliminemos cualquier símbolo franquista de esta universidad.
Nuestra universidad, la universidad de todos, está agonizando, compañeros y compañeras.
Si seguimos sin hacer nada, esta institución morirá junto con la esperanza de nuestra generación y las próximas.
Los gritos de ánimo se propagaron entre los presentes. La emoción por lo desconocido se extendió por el recinto.
—¡Acompañadme! —exclamó—. Tomemos el rectorado ahora mismo y gritémosle al dictador que todo está cambiando, que ya no hay marcha atrás.
Artai Montenegro abandonó la sala seguido por un grupo de unos treinta estudiantes, entre cánticos de «La Internacional».
La multitud se dirigió como una corriente humana hacia el claustro del rectorado.
A través del patio porticado, los estudiantes se dispersaron por las dependencias, destruyendo todo a su paso y pintando las paredes con mensajes de libertad.
Un pequeño grupo de estudiantes levantó un busto de alabastro de Franco y lo arrojó desde lo alto de la balaustrada.
También colgaron una bandera con la hoz y el martillo en uno de los balcones.
Mientras Artai empujaba al rector fuera de su despacho, un grito anónimo resonó en el claustro:
—¡Los grises! ¡Los grises están aquí!
Artai y dos estudiantes más se asomaron por encima de la balaustrada del piso superior y vieron a varios policías antidisturbios vestidos con sus uniformes grises, correajes y cascos del mismo color, que entraban corriendo, blandiendo sus porras y golpeando con saña a quien se les cruzaba.
Poco después, un individuo con un abrigo de cuero negro hasta las rodillas y una pistola apoyada en su muslo hizo acto de presencia en el claustro.
Tenía el rostro marcado por la viruela. Al ver a Montenegro, el agente llamó a otros dos individuos, probablemente sus subordinados, y le señaló.
Un chico rubio de ojos verdes y pelo rizado, que acompañaba a Artai, le tiró del brazo y le gritó:
—¡Corre, Artai! Vienen a por ti. Lárgate.
Artai escapó corriendo por una escalera secundaria, pero se topó de frente con dos policías que subían las escaleras y le ordenaron que se detuviera.
Montenegro intentó escapar corriendo por el pasillo, forcejeó con las puertas de las oficinas, pero todas estaban cerradas.
Se encontró en un callejón sin salida. Su gesto de frustración fue evidente; volvió sobre sus pasos y se topó de nuevo con los dos policías y el extraño agente del abrigo de cuero.
—Será mejor que te entregues, si no quieres salir herido —lo conminó el policía.
Artai levantó los brazos en señal de rendición.
Uno de los policías se acercó y lo obligó a arrodillarse, pero en un rápido movimiento, Artai se deshizo de él con un codazo en la nariz, rompiéndole el tabique nasal.
Intentó escapar corriendo, embistiendo con fuerza a la barrera improvisada de policías que bloqueaban su salida, pero ya era una apuesta perdida.
Dos agentes más llegaron en ese momento y lo agarraron con firmeza.
Uno de ellos le golpeó la cabeza con la culata de su revólver.
De repente, su conciencia se sumió en la oscuridad.
Cuando despertó, sintió un profundo dolor de cabeza.
Estaba desorientado. Le costó enfocar la vista y darse cuenta de que se encontraba en una pequeña habitación iluminada por una bombilla y sin ventanas.
Se incorporó y se sentó en una especie de catre en el que un desvencijado colchón de color verde era el protagonista.
Miró a su alrededor y empezó a reconocer en la penumbra lo que parecía ser una celda.
Había un pequeño lavabo y un váter al que le faltaba el asiento y cuya cisterna goteaba de forma rítmica.
Una puerta de hierro, a la que le faltaba una capa de pintura, era el punto de conexión con el exterior.
—¡Eh! ¿Hay alguien ahí? —gritó, esperando una respuesta. Intentó levantarse, pero su muñeca estaba esposada al cabecero del catre.
—Qué coño… —murmuró.
Había perdido la noción del tiempo. No sabía cuántas horas llevaba encerrado. Le habían quitado el reloj y vaciado los bolsillos. Palpó su cabeza dolorida y notó un gran chichón.
«Hijos de puta», pensó.
Escuchó el eco de unos pasos acercándose desde el exterior.
—¡Eh!... ¡Cabrones! ¡Sacadme de aquí de una vez! ¡No he hecho nada! —exclamó, esperando que alguien respondiera.
En ese momento, recordó al tipo del abrigo de cuero negro en la universidad.
Estaba seguro de que era miembro de la temida brigada de los Servicios de Información e Investigación, la policía política de Franco.
Había escuchado muchas cosas sobre ellos, ninguna de ellas positiva: palizas, torturas e incluso desapariciones de opositores eran su tarjeta de presentación.
Angustiado, se planteó la posibilidad de no salir de allí ileso.
Aquel policía había ido expresamente a la universidad para detenerlo. La situación no pintaba bien.
La cerradura de la puerta comenzó a moverse y Artai escuchó cómo los pestillos se abrían poco a poco, seguidos por la apertura de la puerta.
El mismo individuo siniestro de la universidad estaba allí, luciendo un pantalón de traje de cuadros escoceses y un jersey rojo de pico sobre una camisa de cuello amplio.
Tenía la elegancia oscura de los funcionarios que trabajaban para el régimen.
El policía se mantuvo en silencio, mirándolo con desprecio mientras fumaba un cigarrillo barato.
Luego, asintió con la cabeza y uno de sus secuaces se acercó para liberarlo de las esposas que lo mantenían sujeto al catre.
Montenegro se frotó la muñeca dolorida y se puso de pie.