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Era un día espléndido en Laxe. Marzán retornaba a la casa de su prima Carme con el propósito de recoger sus cosas y retomar su vida y sus clases en A Coruña.
Tras la muerte de Uxío, el principal sospechoso, el magistrado Maldonado había archivado el caso del asesinato de Xosé Quiroga.
A través de un lacónico mensaje, el comisario García comunicó a Marzán que la policía ya no precisaba de su colaboración.
Marzán asumió la noticia con resignación; aun así, él seguía pensando que los indicios apuntaban a la inocencia de Uxío, lo que implicaba que el verdadero culpable aún estaba en libertad.
Mientras tanto, las órdenes de protección policial para Marcos Carrión y Bieito Camargo habían sido revocadas, al igual que la búsqueda del padre Ángel Rivera, principal sospechoso de las trágicas muertes en la colonia preventorial de Monte do Carballo.
Inmerso en sus pensamientos y en el eco de sus temores, Marzán observaba cómo la vida del pequeño pueblo pesquero seguía su curso.
La energía juvenil de un grupo de peregrinos, ansiosos por explorar la zona mientras se dirigían a Santiago de Compostela para la Jornada Mundial de la Juventud, llenaba las calles con su entusiasmo, un contraste agudo con la inquietud que Marzán sentía en su interior,
aún marcado por el reciente hallazgo de una pintada en su coche que le recordaba la hostilidad a la que se enfrentaba: «Fuera maricón de Laxe».
El mensaje, escrito en un rojo chillón, reflejaba un odio profundo que persistía en las sombras del pueblo.
Aún con una tarea pendiente, Marzán no podía abandonar Laxe sin visitar a Mario, quien había regresado después de emigrar a Argentina y acababa de inaugurar un bar en la plaza del pueblo.
Desde una distancia prudente, Marzán observó el local: sus paredes de color ocre, la puerta de madera pintada de un azul encantador, los amplios ventanales.
La terraza, aunque limitada en espacio, ya estaba llena de clientes, un recordatorio palpable de aquel día perfecto en el que la brisa marina mitigaba el sofocante calor del verano.
Era mediodía, y las calles estaban repletas de forasteros en animada conversación.
De pronto, lo vio. Mario salió del local para limpiar con un paño una mesa recién desocupada.
Vestía un delantal negro con el nombre del bar, La Constancia, bordado en letras blancas.
«Bonito nombre», pensó Marzán. A pesar de los años, Mario no había perdido su atractivo.
Al verlo, un torrente de emociones y recuerdos inundó a Marzán.
Recordó una noche de verano de 1974, cuando él y Mario compartían su tiempo, cuando su amor era aún clandestino.
Recordó la agresión que sufrieron al regresar a casa de la romería de la Virgen del Carmen, cómo unos bravucones borrachos los insultaron y les arrojaron piedras, una de las cuales dejó en la frente de Mario una cicatriz que aún se veía.
Desde entonces y hasta la muerte de su padre y su hermano, Mario y él estuvieron muy unidos.
Después, Mario emigró a Argentina en busca de un futuro mejor.
Mirarlo desde la distancia trajo a Marzán una mezcla de dolor y nostalgia. Pero, como si una conexión invisible los uniera, Mario levantó repentinamente la mirada, lo saludó y lo invitó a acercarse con una sonrisa. Marzán obedeció.
Una vez frente a frente, se miraron y sonrieron.
—Suso, estás como quería recordarte.
Mario dejó la bandeja llena de vasos que portaba encima de una de las mesas.
—Bueno, tú has perdido un poco de pelo —sonrió con fugacidad Marzán. Mario se pasó la mano por la cabeza en un gesto de confirmación.
—Pensé que no vendrías a verme.
Marzán hizo un silencio y observó el ambiente de animación de la terraza.
—No iba a venir... pero han sucedido varias cosas durante este tiempo que me han hecho cambiar de opinión.
—Bueno… espero que sean buenas.
Mario le acarició tiernamente el rostro a Marzán, y ambos se fundieron en un afectuoso abrazo.
—Pasa y cuéntame, que tenemos muchas cosas para ponernos al día.
Y ambos desaparecieron en el interior del pequeño local.