Los Hijos de la Peste 37
41%

37

Noela estacionó su Golf frente a la residencia donde Lucía se alojaba, un robusto edificio pintado de un llamativo azul turquesa.

Ubicado en las discretas afueras de Carballo, el lugar destilaba un aire de tranquilidad inadvertida.

Aferrándose al volante con las manos tensas, Vargas sintió la necesidad de armarse de valor.

La ansiedad la invadía, llevándola a tomar una profunda inhalación que llenó sus pulmones, buscando serenidad en aquel gesto.

Desde la muerte de Quique, no había vuelto a ver a Lucía; sus intentos de comunicación habían sido frustrantes, siempre truncados por el dolor y la distancia emocional.

La herida en el alma de Lucía aún sangraba, y Vargas había evitado profundizar más en aquel dolor compartido. Pero el reciente rescate de Clara había sido un catalizador, un despertar a los asuntos inconclusos en su propia vida que clamaban por una resolución.

Noche tras noche, soñaba con Lucía, imaginándola entre sus manos, acariciando con ternura sus párpados cerrados.

Esos sueños eran un espejo de la culpa que la consumía; una llamada a reconciliarse con su amiga, a expresar su arrepentimiento por haberla presionado a abandonar a su marido, y a la vez, a confesar que, a pesar de todo, no lamentaba haberlo intentado.

No podía soportar ver a Lucía consumirse en su propia infelicidad.

Para Vargas, Lucía era más que una amiga, era como una hermana.

Con el corazón palpitante, Vargas descendió del coche y se dirigió hacia el portón de hierro que custodiaba la entrada a la casa, conduciendo a un pequeño patio delantero.

Al llegar a la puerta, pulsó el timbre del portero automático y aguardó con una mezcla de esperanza y temor.

Cada segundo que pasaba sin respuesta parecía estirarse indefinidamente, hasta que, finalmente, una voz femenina resonó desde el otro lado: —¿Sí?

—Quisiera hablar con Lucía Hernán.

—¿Quién pregunta por ella? —respondió la voz con cierta desconfianza. Vargas titubeó un instante.

—Soy la inspectora Noela Vargas. ¿Podría ponerse un momento?

Se hizo el silencio durante dos largos minutos.

—Hola —dijo la voz seca de Lucía al otro lado.

—Hola, Luci, soy Noela... me gustaría hablar contigo.

El silencio reinó en la línea telefónica, y luego Noela escuchó cómo Lucía colgaba el teléfono. No sabía qué hacer; se apartó un poco de la puerta y miró hacia el interior, sin ver nada.

Con fastidio y evidente desazón, Vargas regresó a su vehículo.

Tal vez no era el mejor momento. De repente, la puerta se abrió lentamente y apareció Lucía.

Vestía un cárdigan azul de lana sobre un pijama de raso, su pelo estaba enmarañado y tenía profundas ojeras que resaltaban en sus ojos. También se veía más delgada.

—Hola, Noela. Te veo bien.

—Hola, Lucía... Solo quería saber cómo estabas.

—¿Cómo quieres que esté? —dijo Lucía, esbozando una sonrisa atenuada mientras cruzaba los brazos para buscar abrigo en su cárdigan. Vargas se acercó un poco más y Lucía dio un paso hacia atrás.

—Mira, Lucía... posiblemente nuestra relación no vuelva a ser la misma, pero siento que debo darte una explicación.

—No me la debes, Noela, de verdad... no la necesito —dudó—.

Pero tienes que entender que la muerte de Quique ha destrozado mi alma.

Estoy en tratamiento psiquiátrico desde entonces...

me lleno de ansiolíticos para poder dormir al menos una hora seguida, debido a las pesadillas que tengo noche tras noche...

Y, Noela, eres parte de esos dolorosos recuerdos a los que todavía no puedo enfrentarme.

Vargas no supo qué decir. Solo pensar en el infierno que Lucía estaba sufriendo le dejaba las palabras atascadas en la garganta.

—Lucía... yo... —titubeó.

—Sé que todo lo que hiciste fue por mi bien.

Éramos las mejores amigas y no podías soportar verme infeliz con un hombre que me maltrataba.

Noela, tú siempre has sido una mujer segura de ti misma, pero yo soy todo lo contrario.

Me siento frágil, como si cualquier cosa pudiera romperme.

Yo no pensaba en mí, solo quería proteger a Quique.

No te culpo por lo que sucedió, Noela. Sé que hiciste todo lo posible por salvarlo —Lucía empezó a sollozar—, pero necesito tiempo.

Cualquier cosa me recuerda a él, como las risas de los otros niños jugando en el parque.

A veces me despierto y oigo sus pasos por la casa, o veo su rostro inocente en la oscuridad.

Lucía escondió su rostro entre las manos y su llanto amargo comenzó a fluir como un torrente desbordado. Vargas se acercó a ella, la rodeó con sus brazos y también comenzó a llorar desconsoladamente.

—Lo siento, Lucía... lo siento... Ojalá hubiera podido hacer más.

Una convulsión sacudió el alma de Noela Vargas, y en ese momento supo que el destino de Lucía y el suyo volverían a estar unidos.