Los Hijos de la Peste 36
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Vargas llegó a las inmediaciones de la casa de Uxío poco tiempo después de recibir la alerta.

El tiempo transcurría con extrema lentitud mientras aguardaba junto al equipo de la Guardia Civil especializado en negociaciones de secuestros con rehenes.

Era crucial determinar el mejor momento para intervenir, especialmente porque el ánimo del equipo comenzaba a flaquear ante la falta de respuesta de Uxío a las numerosas llamadas que Vargas había realizado en su intento por comunicarse con él.

Resguardada detrás de la puerta de un Land Rover de la Guardia Civil, mantenía su Star, Modelo 30 desenfundada, atenta a cualquier movimiento.

De repente, sintió una mano en el hombro y, al girar la cabeza, se encontró con el rostro preocupado del inspector Manuel Delgado.

—¿Qué haces aquí, Manu? —susurró incómoda.

—¿El comisario desconfía de que pueda liberar a la sobrina de Uxío con vida?

—No es eso.

—Simplemente, el comisario me ha pedido que te apoye en este asunto. Sabes que soy experto en este tipo de situaciones —respondió Delgado, levantando las manos en un gesto conciliador.

—Manu, estoy segura de que tienes otros casos más importantes en los que trabajar en lugar de hacer de niñera.

—Te lo repito, Noela. No te enfades conmigo. Estoy cumpliendo órdenes.

—Es una situación de secuestro con una rehén, y las cosas se han complicado bastante. Alfredo me ha enviado para darte apoyo por si lo necesitas. No vengo a tomar el mando de la operación.

—Ya… Algo me dice que el comisario no confía en mi criterio, a pesar de haber demostrado con creces a lo largo de mi carrera que esto no es así.

—Mira, Noela, tienes que reconocer que la tragedia que vivimos con la muerte del pequeño Quique aún es muy reciente para todos. Y esta es una situación muy estresante. Estoy aquí para asegurarme de que todo va a salir como debe.

Vargas apretó con más fuerza la empuñadura de su Star, Modelo 30 y examinó nuevamente la zona.

Echó un rápido vistazo a la posición de los miembros de la Unidad, apostados alrededor de la casa.

Todas las persianas estaban bajadas y no se veía luz en el interior.

El silencio lo envolvía todo.

Vestidos con monos verdes y chalecos antibalas azules, los agentes empuñaban sus fusiles CETME, esperando con tensión la orden de acceso al domicilio.

Vargas nunca lo reconocería abiertamente, pero no se sentía cómoda con la situación.

En ese momento, experimentó una mezcla de excitación y miedo, consciente de que debía tomar una decisión lo antes posible, ya que la vida de la niña estaba en peligro.

Tal vez Manu tenía razón...

Había pasado algo más de un año desde la muerte del pequeño Quique a manos de su padre, y ahora se enfrentaba a una situación similar.

Un individuo con claros síntomas de desequilibrio emocional mantenía secuestrada a una menor.

Esto la intranquilizó sobremanera ya que no podía evitar relacionar ambos sucesos.

No iba a permitirse cometer los mismos fallos.

En el caso de Quique, había subestimado la amenaza.

Había convencido a Lucía de dejar a su marido sin considerar que él haría cualquier cosa por retenerla y ese error la atormentaba una y otra vez.

Y, en el fondo, sabía que el comisario García era consciente de esa debilidad. Por eso había enviado a Manuel Delgado.

A pesar de que lo apreciaba mucho, su actitud paternalista la irritaba. Alejó esos pensamientos que la perturbaban y regresó a la realidad.

Se acordó de Marzán y lo buscó con la mirada. Lo localizó en el interior de uno de los Land Rover, tomando notas en el cuaderno de tapas de color rojo que siempre llevaba consigo.

De repente, él la miró y le hizo un gesto, levantando el pulgar de su mano derecha para indicar que todo iba bien.

Ella asintió con la cabeza.

Vargas se dio cuenta de que el gesto de complicidad entre ambos molestaba a Delgado.

—¿Qué tal te va con el profesor? — preguntó Manu con tono displicente.

Vargas captó en su pregunta un evidente matiz de celos. Le atraía Manuel, pero no era el momento de pensar en eso.

—Tenemos que averiguar qué está pasando ahí dentro. — dijo Vargas, cambiando de tema.

Manuel Delgado se alejó unos pasos y habló por el walkie-talkie durante unos minutos.

Luego regresó junto a Vargas.

—La situación no es favorable. Parece que ambos están atrincherados en esa habitación. — Manuel señaló una de las ventanas del piso superior de la casa. La falta de información sobre lo que está ocurriendo allí dentro complica nuestra intervención y disminuye nuestras posibilidades de éxito.

Vargas asintió, consciente de la gravedad de la situación.

—¿Ha contestado al teléfono?

—Le he llamado en varias ocasiones, pero no responde.

—Debemos hacer algo ya, Noela. Tienes que dar la orden de entrar si queremos tener alguna posibilidad de sacar a la chica con vida.

—Mierda... lo sé.

—Entonces, ¿a qué esperamos?

Un policía de uniforme se acercó.

Su voz denotaba control y experiencia en este tipo de situaciones.

—Inspectora, tenemos ya comunicación con el interior de la casa, pero las conversaciones no se escuchan con claridad. Sin embargo, detectamos movimientos bruscos y algunos llantos. Creo inspectora que la situación está empeorando. Mi recomendación es que entremos de inmediato.

Vargas, con una mirada cargada de contrariedad, se giró hacia Delgado antes de notar que Marzán se aproximaba al grupo con una actitud tímida que le hacía parecer fuera de lugar.

Los tres se dirigieron con paso apresurado hacia una furgoneta Iveco estacionada a un lado de la carretera.

Dentro de la furgoneta, el núcleo de la operación bullía de actividad.

En el exterior reconoció la voz del sargento Vilanova, con quien había hablado varias veces.

Al salir, lo vio flanqueado por varios guardias jóvenes que conversaban en un tono desenfadado en un marcado contraste con la tensión de la situación.

Con un gesto rígido y el ceño fruncido, Vargas avanzó hacia él, su enojo era evidente incluso antes de pronunciar palabra.

—¿Es usted Vilanova? ¿En qué coño estaba pensando? Todo esto es por su culpa.

Vilanova enrojeció, molesto por ser cuestionado en presencia de los jóvenes guardias.

—¿De qué me está hablando, inspectora? Yo solo advertí a Uxío de lo que se le venía encima. Ya era hora de que la justicia hiciera algo para meter entre rejas a ese delincuente.

—Y claro, no se le ocurrió una manera mejor que alertarlo. Aléjese de mi vista inmediatamente, o hablaré con sus superiores para que le destinen a tareas insignificantes hasta que se jubile.

Sintió su mirada de odio, pero se mantuvo firme.

Los otros guardias, conscientes de la tensión en el ambiente, se dispersaron discretamente.

Pareció a punto de replicar, pero se lo pensó dos veces.

Luego indicó a uno de los agentes, con un gesto severo, que lo acompañara. Subieron a su vehículo y se alejaron.

Ella siguió con la mirada cómo el Renault 4 desaparecía por la carretera, hasta que sintió una mano tirando suavemente de su antebrazo.

—Vamos, Noela. Centrémonos en lo importante.

Ambos entraron en la furgoneta. En el interior, varios policías de paisano observaban en silencio pequeños monitores que proyectaban imágenes en blanco y negro de toda la operación.

—Hemos traído la última tecnología para garantizar el éxito de esta operación —dijo Delgado con orgullo.

—Inspectora, por favor, escuche esto.

Uno de los policías, un joven con gafas de pasta, le acercó unos auriculares. Era alto y de tez morena. Su cuello era tan largo que la nuez de su garganta bailaba mientras hablaba.

Vargas no podía distinguir claramente las conversaciones, solo se oía un llanto prolongado y angustiado.

De repente, escuchó con claridad la voz de la sobrina de Uxío:

—Tío, por favor, déjame marchar.

Vargas miró a Delgado sobrecogida.

—Debemos intervenir de inmediato, antes de que esto se nos escape de las manos, Noela.

—Está bien, pero seré yo quien encabece la intervención.

—¿Qué? ¿Pero qué estás diciendo?

—Creo que no estás evaluando correctamente la situación. Además, no estás en condiciones…

—¿En condiciones de qué, Manu? ¿De qué me estás hablando?

—Noela, hace poco pasaste por una situación de estrés extremo. Entrar ahí podría suponer un riesgo, tanto para ti como para esa niña.

Vargas mantuvo su mirada fija en él de manera firme y decidida.

—Pues acompáñame. No quiero que el grupo de intervención irrumpa disparando, mate a Uxío y resuelva todo de un plumazo.

Estoy segura de que Uxío no quiere hacerle daño a su sobrina.

Además, él es la única persona que puede ayudarnos a desentrañar el caso de «la Triple Muerte».

Por eso quieren taparle la boca. Solo es un pobre hombre desesperado.

Vargas sacó su Star, Modelo 30, se colocó el chaleco antibalas y se encaminó hacia la casa con determinación. Él intentó sujetarla por el antebrazo como acto reflejo, pero ella se zafó con un brusco tirón.

—Está bien... ¡Joder! — exclamó Delgado.

Delgado abrió la puerta principal de la casa con cuidado. La iluminó con la linterna, revelando un interior sumido en la penumbra.

Vargas lo siguió, apretando con fuerza la culata de su pistola, tratando de desterrar los pensamientos negativos.

¿Y si se repetía el desenlace del secuestro de Quique?

Eso significaría el final de su carrera, sin duda. Pero no se dejaría vencer.

Le había costado demasiado superar sus propios miedos y fracasos y aceptar que era más emocional de lo que creía.

Siempre había querido controlarlo todo, tomar decisiones rápidas, ser consecuente. Por eso, sus compañeros la admiraban.

Admiraban su capacidad de abstraerse de las emociones y analizar los casos con frialdad, casi con precisión científica. Pero la muerte de Quique lo cambió todo. Se volvió vulnerable. Como si su verdadero yo hubiera salido a la luz.

Miró hacia atrás y vio una vida llena de fracasos.

La muerte de su hermano por sobredosis de heroína en un tiempo en el cual solo pensaba en su carrera y no había prestado atención a los problemas de los demás.

Problemas que fueron agravándose hasta un desenlace fatal.

Esa culpa pesaba sobre ella como una cerilla junto a un bidón de gasolina. Desde entonces su relación con su padre quedó reducida a cenizas. Él la culpó de la muerte de su hermano.

Ahora, Noela era otra.

Vulnerable.

Pero impredecible.

Estaba decidida a sacar a Clara con vida. No tenía otra opción.

Unos débiles sollozos procedentes del piso superior de la casa la sacaron de su ensimismamiento. El silencio en la casa era denso y opresivo, como el del bosque después de un incendio.

Sostenía su Star, Modelo 30 en la mano y observaba a Delgado, que avanzaba con sigilo subiendo los peldaños de la escalera.

Ahora era ella quien proyectaba el halo de luz de su linterna hacia el rellano de la segunda planta.

Cuando Delgado llegó arriba, le hizo una señal con la cabeza para que subiera, y ella lo siguió.

Una vez allí, comprobaron el ajuste de sus chalecos antibalas, un ritual que todavía conservaban de cuando eran compañeros.

Los sollozos se volvieron más intensos y desgarradores. El corazón de Vargas se encogió.

Repentinamente, los sonidos estáticos del walkie-talkie irrumpieron en el silencio como un trueno.

—Mierda...

Lo apagó de inmediato.

Luego, notó la mirada de preocupación de Delgado.

Al final del pasillo estaba la habitación donde se encontraban Uxío y Clara. Una tenue luz se filtraba por el resquicio de la puerta.

Entonces, escuchó la voz de Clara, un grito agudo, desesperado, cargado de terror.

—Tío, por favor, no lo hagas... ¡Suéltame!

De pronto, un ruido seco.

Un mueble siendo arrastrado.

El instinto de Vargas se disparó.

Ambos avanzaron rápidamente, pero antes de llegar, Vargas se detuvo un segundo frente a una puerta entreabierta.

Miró en su interior. Era la habitación de Uxío.

La cama aún estaba sin hacer.

… y la ropa estaba desperdigada por el suelo.

Representaba el caos de una mente atormentada.

El grito de Clara volvió a desgarrar el silencio.

—No... por favor... ¡tío!

Vargas ya no pensó.

Ni en protocolos.

Ni en riesgos.

Dejó atrás a Manu y se lanzó decidida hacia la puerta.

—Noela... ¿qué diablos estás haciendo?

Pero ya no lo escuchaba.

Apoyó la espalda contra la pared junto al marco de la puerta.

Las manos sudaban sobre la culata de su arma.

—Eugenio, soy la inspectora Vargas.

—Por favor, suelta a Clara. Ella no tiene nada que ver con esto. Sé que la quieres. Sé que no serías capaz de hacerle daño. Sé que no eres el asesino de Quiroga. Y haré todo lo posible por demostrarlo.

—Pero ahora suelta a la niña.

Hubo silencio.

Solo los sollozos de Clara, cada vez más intensos.

—Inspectora, por favor, ayúdeme —Clara lanzó un grito desesperado.

—Sí, te ayudaré. Ahora, tranquila.

—¿Eugenio, me escuchas?

Hubo un breve silencio.

Entonces, Clara habló.

—Inspectora... no lo entiende. Ayúdele a él.

Vargas abrió con cuidado la puerta y contuvo la respiración.

Lo primero que vio fue a Clara, sentada en la cama con las muñecas atadas al cabecero.

Su pelo revuelto, sus ojos hinchados y su pecho agitándose entre sollozos.

Tenía pánico en su rostro y Vargas siguió la dirección de su mirada.

Y entonces lo vio.

A Uxío.

Colgaba de una soga atada a la viga.

El cuerpo se sacudía en espasmos, luchando contra la asfixia.

Vargas empujó con fuerza la puerta con el hombro.

Extendió el brazo hacia Clara en un gesto de calma y, sin apartar la vista de Uxío, enfundó su pistola.

—¡Manu!... Ayúdame —gritó.

Intentó sostener el cuerpo de Uxío para aligerar la presión de la cuerda, pero pesaba demasiado. Manu irrumpió en la habitación. Enfundó su arma y recogió el cuchillo de Uxío del suelo.

Se subió a una silla e intentó cortar la soga, pero era demasiado gruesa, demasiado resistente.

Vargas sintió las lágrimas quemándole los ojos. Uxío entonces dejó de moverse. Dos agentes de la Guardia Civil aparecieron de inmediato y ayudaron a sostener el cuerpo.

Vargas retrocedió lentamente, en estado de shock.

Delgado y los dos agentes lo descolgaron con rapidez y lo depositaron en el suelo.

El silencio se hizo insoportable.

Delgado, con los labios apretados, apoyó dos dedos en el cuello de Uxío.

Quince segundos eternos.

Luego, miró a Noela y negó con la cabeza.

Los llantos de Clara se convirtieron en un torrente. Vargas la rodeó con sus brazos, protegiéndola, como la chiquilla que era.

Entonces, como un estallido, una imagen apareció en su mente. El cuerpo ensangrentado de Quique, en brazos de su padre y luego vio a Clara, sollozando entre sus brazos.

Y de pronto, comprendió. Finalmente se había redimido. Y por primera vez, después de tanto tiempo, pudo recordar con claridad el rostro de su amiga Lucía.