Los Hijos de la Peste 35
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La habitación de Carrión tenía una decoración austera. Presidían la estancia dos grandes ventanales con visillos transparentes que tamizaban la luz de media mañana, proyectando un haz luminoso sobre el suelo de madera.

El mobiliario constaba solamente de una mesa de estudio, una cama con un cabecero de hierro en forma de volutas y un sofá de tres plazas de color crudo.

Observó una estantería de fórmica detrás de la puerta, repleta de libros viejos amontonados unos sobre otros, lo cual denotaba que el coronel, a pesar de su edad, seguía siendo un ávido lector que añoraba épocas pasadas.

Esbozó una sonrisa al ver un ejemplar de la autobiografía de Franco, junto con una edición bastante antigua de Raza, la novela que el dictador escribió.

También había varias obras sobre el nacionalsocialismo alemán, la masonería y las sociedades secretas.

—Me gustaría estar solo un rato —conminó Marzán a Anxelo, que se quedó de pie en el pasillo.

El doctor vaciló por un instante y finalmente desapareció.

La tarima, aunque en buen estado, crujía bajo los pies de Marzán.

La sensación de paz y tranquilidad solo se vio interrumpida por el trino de un canario en una pequeña jaula. Marzán metió un dedo a través de los barrotes y acarició al pájaro, que saltaba y aleteaba alarmado.

Luego, se sentó en la cama y estudió su entorno.

Sobre el escritorio había un par de libros encuadernados en cuero marrón, un bote con el escudo preconstitucional lleno de bolígrafos, pequeños compartimentos cerrados con llave y algunas fotos enmarcadas que evocaban la nostalgia de un pasado militar floreciente.

—Vamos, dime algo —se dijo a sí mismo mientras buscaba alguna pista en el lugar.

Recorrió las paredes con la vista, intentando no perder ningún detalle, y luego se centró en la librería, para después volver al escritorio.

¿Realmente podría encontrar algo que le diera alguna pista sobre la localización del padre Ángel Rivera?

¿Habría algún documento que esclareciera la relación entre Quiroga, Carrión y el resto de los miembros de la Sociedad de Santa Mariña?

Marzán hizo un gesto de fastidio al no ver nada relevante para la investigación.

Se levantó de la cama, se dirigió a la puerta y puso la mano en la manija.

De repente, algo llamó su atención: Un elemento extraño en una ubicación inusual, una pequeña compuerta secreta en el escritorio.

La empujó sin mucho esfuerzo hacia dentro y esta se abrió fácilmente, dejando caer un pequeño libro a modo de agenda, con tapas de piel y cerrado con un broche.

En su interior, escritos con pluma, encontró un listado de nombres con sus correspondientes direcciones, todos recogidos con una letra elegante e historiada.

Pero ¿quiénes eran esos individuos?

Además de anotaciones, contenía una lista de sociedades secretas que habían existido en la época de Franco.

Una de ellas llamó su atención, pues estaba marcada con una flecha dentro de un círculo: «Carbonari».

Debajo, había otra lista de nombres anónimos, algunos tachados y otros marcados con flechas o subrayados.

Para su sorpresa, pudo ver el nombre de Artai Montenegro.

—Eureka —susurró, y luego se rió de su propia expresión.

—¿Ya ha terminado? —le sorprendió la voz del doctor Anxelo a su espalda.

—La inspectora Vargas le está esperando, parece que es algo urgente.

Marzán ocultó la agenda detrás de su pierna, como si fuera un niño al que hubieran pillado en una travesura.

Salió precipitadamente sin esperar a que Anxelo cerrara la puerta.

En la escalera estaba Vargas, que subía para encontrarse con él. Su expresión era de preocupación.

—¿Ha pasado algo? —preguntó Marzán.

—Sí. Acaban de llamar desde la comisaría.

—Uxío se ha encerrado en su casa y mantiene retenida a su sobrina. Además, ha amenazado con matarla.