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Vargas caminó junto al celador a través del interior del edificio hasta llegar a otro jardín situado en la parte trasera. Este también estaba bien cuidado y, si cabe, aún más elegante.
Los parterres dibujaban figuras geométricas, y en las mesas, los residentes jugaban a las cartas mientras disfrutaban de una mañana tranquila y soleada.
Bajo un roble, un anciano vestido con un pantalón ocre y un fino cárdigan gris leía el periódico sentado en un banco de madera.
El celador se retiró, dejando a Vargas frente al anciano, cuyo rostro arrugado y dorado por el sol destacaba por un fino bigote de lápiz.
Tras un tiempo de silencio que duró más de un minuto, Vargas carraspeó con la intención de llamar su atención.
—¿Coronel?... Soy la inspectora Vargas.
En la portada del periódico ABC que el anciano leía, vio una gran foto del Papa Juan Pablo II, junto con algunas reseñas sobre la situación de inestabilidad en Alemania Oriental.
Carrión despertó de su letargo y se dirigió a Vargas con tono severo.
—¿Sabe? Antes todo era más fácil... Sabíamos en qué lado del muro estábamos situados.
—Nosotros, los ciudadanos de Occidente, con nuestros férreos valores cristianos, y en el que la prosperidad del individuo sobre el colectivo era un arma defensiva contra el comunismo.
—¿Y ahora? —Carrión golpeó la portada del periódico con el dorso de la mano—. La caída de la Unión Soviética y la inestabilidad en la que se ha sumido toda Europa Oriental hará que todo eso se vaya al traste, infectados por el virus mortal comunista.
—Coronel... —Vargas intentó encauzar la conversación—. He venido a hablar con usted sobre el asesinato de Xosé Quiroga. Lo conocía, ¿verdad?
—Sí, ya veo que ha venido a despertar viejos recuerdos... Y sí, conocía bastante bien a Quiroga —hizo un ademán de fastidio y se levantó con dificultad del banco.
—¿Damos un paseo, inspectora? —Luego, se apoyó en el brazo de Vargas.
—Quiroga era el típico patán de los Servicios de Investigación e Información, un perro de presa. Era un hombre difícil de contentar y capaz de traicionar a su propia madre por un plato de lentejas.
—Entiendo que ustedes tuvieron algún tipo de relación durante aquellos años.
—Xosé Quiroga formó parte de nuestra Sociedad... —hizo una pausa—. La Sociedad que seguramente usted ya ha descubierto. Si no, no estaría aquí. ¿Me equivoco? Durante varios años, él también perteneció a ella, pero en cuanto vinieron mal dadas, simplemente nos traicionó. Se vendía al mejor postor.
—¿Sociedad? ¿Se refiere a la de Santa Mariña de Augas Santas?
Vargas mostró una bolsita de plástico en la que se encontraba una medalla con la efigie de la santa.
—¿Dónde la ha conseguido? —preguntó con sorpresa Carrión.
—Estaba en el interior del cuerpo de Xosé Quiroga.
—También encontramos varias de estas medallas entre los restos hallados en la Colonia de Monte do Carballo.
—Sí, he leído algo en los periódicos —la miró de soslayo—.
Esas medallas eran el símbolo de nuestra Sociedad.
Una sociedad iniciática en la que éramos miembros las personas más selectas del régimen: militares de alta graduación, personajes de la alta jerarquía eclesiástica y figuras relevantes de la sociedad de aquella época.
—¿Y la Sociedad de Santa Mariña era conocida por Franco?
—Claro que lo era, aunque Franco odiaba a las sociedades secretas y a la masonería.
Para él eran «carroña política» y un respaldo inaceptable para el comunismo.
El generalísimo, que Dios lo tenga en su gloria, creía firmemente que el fuego solo podía apagarse con abundante agua, y nuestra sociedad simbolizaba esa agua.
—¿Y Quiroga? ¿Qué pintaba en todo esto?
—Como dije, era un perro de presa.
—Investigaba, denunciaba y encerraba a muchos sospechosos por subversión. Luego, nuestra sociedad se encargaba del resto.
—¿Del resto?
—¿Se refiere a encarcelar a gente inocente por delitos que no habían cometido?
—¿Separar a los hijos de los prisioneros y llevarlos a colonias donde eran maltratados física y psicológicamente?
Ambos interrumpieron el paseo y se miraron.
—Mire, inspectora. Quizá es difícil de entender, pero lo que hicimos fue para salvaguardar algo en lo que creíamos con firmeza.
—Éramos relativamente jóvenes y, probablemente, demasiado celosos de nuestras convicciones.
—Ahora, visto con los años... Posiblemente hubiera actuado de otra manera. No estoy orgulloso de lo que hice, y con este peso cargaré hasta mi muerte.
—¿Le suena el nombre de Artai Montenegro?
—No, ¿quién es?
—Es uno de los sospechosos que barajamos como autor de la muerte de Xosé Quiroga.
—Era un antiguo alumno de la colonia, y creemos que pudo pertenecer a una sociedad secreta cuyo símbolo era la corona de espinas. Es posible que esté en posesión de un antiguo libro de rituales y sacrificios. Rituales que el asesino ha empleado en otros asesinatos además del de Quiroga.
—¿El libro VI de Farsalia? —dijo sorprendido—. Creía que el libro había desaparecido para siempre. Es un legado mágico que ha viajado a través de los siglos y es muy peligroso. Aquellas culturas que lo han poseído han acabado desapareciendo en luchas fratricidas.
—¿Tiene alguna idea de en qué sociedad pudo militar Montenegro?
—Sí, los Carbonari.
—¿Los Carbonari? ¿Quiénes son?
—Una sociedad secreta que representó una gran amenaza para el régimen. Franco estaba obsesionado con ellos. Fue una de las organizaciones que más daño causó al régimen, casi una congregación de asesinos que se autodenominaban custodes. Nunca logramos atraparlos.
Carrión se pasó el dorso de la mano por la frente, tratando de quitar las gotas de sudor.
El sol era implacable a esa hora de la mañana.
—Una última pregunta, coronel... ¿Conocía al padre Rivera?
—Sí, era un degenerado. En la Sociedad debatimos mucho sobre qué hacer con él.
—Un día, de repente, desapareció.
—Supongo que la Iglesia quiso evitarse problemas y lo trasladó a algún sitio que desconozco.
—Bien... Eso es todo, coronel. Si se me ocurre algo más, me pondré en contacto con usted. De todas maneras, vamos a dejar a dos agentes para protegerle mientras atrapamos al asesino.
—Se lo agradezco mucho, inspectora.
Vargas acompañó a Carrión hasta un banco donde este se sentó.
El coronel cayó repentinamente en un silencio inquietante, mirando al sol con los labios apretados y los ojos cerrados.
Fue como si no existiera nada ni nadie frente a él, como si una caja de música se cerrara de repente.