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Marzán conducía su Audi 80 en dirección a Cee, una pequeña ciudad situada en el concello del mismo nombre, en el centro-oeste de la provincia de A Coruña.
Allí, Vargas había dado con el paradero del coronel Marcos Carrión, quien se encontraba retirado desde hacía cinco años en un sanatorio militar ubicado dentro del Castillo del Príncipe, un edificio construido en el siglo XVIII durante el reinado de Carlos III.
Según el expediente que tenía Vargas, Carrión había cumplido recientemente ochenta y dos años y padecía Alzheimer.
Ambos se desplazaban con la esperanza de obtener información clave de primera mano, a pesar de la enfermedad del coronel, que les ayudara a entender los sucesos ocurridos en la colonia durante los años cincuenta y su repercusión en el presente, e incluso en el futuro.
Marzán conducía concentrado en la carretera, mientras Vargas leía en silencio unos documentos de una carpeta color crudo. Decidió no profundizar en lo ocurrido la noche anterior, pensando que no sería agradable para ella.
Vargas cerró la carpeta, la guardó en la guantera del coche, apretó los labios y miró fijamente a Suso durante unos segundos sumida en sus pensamientos.
Él la miró intrigado.
—¿Qué te pasa? —preguntó Marzán.
—Nada...
—No sigas mortificándote. Ese desgraciado se lo merecía. Además, solo ha sufrido unas magulladuras... la única herida profunda es la que ha dejado en su orgullo.
Marzán esbozó una sonrisa reconfortante, y Vargas se cruzó de brazos, hundiéndose un poco más en su asiento.
—No creo que te denuncie. Él tiene mucho más que perder y recuerda que tu intervención quizá le haya salvado la vida a esa mujer.
Vargas agradeció las palabras tranquilizadoras de Marzán y apoyó la cabeza en el cristal del coche.
En silencio, escucharon el ronroneo del motor mientras avanzaban por la carretera.
—Sí, espero que los años venideros sean mejores para las mujeres, Suso.
—¿Alguna vez has sentido que una situación en la que fracasaste estrepitosamente te persigue y afecta a todas las decisiones que tomas en tu vida?
—Sí... conozco esa sensación. Mi vida ha estado llena de decisiones equivocadas... soy un gran fracaso —sonrió Marzán.
—No... en serio. Ayer, cuando presencié los signos de maltrato en la cara de María, no me reconocí a mí misma. Sentí que todos mis miedos resurgían como un torrente incontrolable.
—Muchas de mis decisiones y acciones han sido marcadas por lo que viví en el pasado, como el maltrato que sufrió Lucía... y luego la muerte violenta de Quique a manos de su propio padre. Pensaba que era una mujer fuerte, pero veo que mi alma solo está suturada con apósitos.
—Noela, a todos nos gustaría que nuestra vida fuera plácida, sin altibajos, pero las cosas no son así… Hay cosas que suceden de forma inevitable y ocurren porque estamos sujetos a los acontecimientos que nos rodean.
—Cosas que nos marcan para siempre y contra las que no se puede luchar sin una armadura que nos proteja. Y esa armadura son nuestras decisiones.
Marzán miró por el retrovisor y vio cómo una furgoneta blanca se acercaba y los adelantaba.
—¿Has vuelto a ver a tu amiga desde entonces?
—No, solo hemos mantenido un par de conversaciones superficiales por teléfono. La verdad es que me da verdadero pánico enfrentarme a ella.
—¿Te has preguntado alguna vez, Noela, si lo único que quiere es que le pidas perdón y escuchar de tus propios labios qué sucedió aquella noche y cómo te has sentido desde entonces?
—Estoy seguro de que para ella sería reconfortante. Ha pasado tiempo, y el tiempo, como sabes, lo cura todo.
Marzán puso su mano sobre la de Vargas, como si fuera a confiarle un secreto.
Vargas le lanzó una mirada cómplice y le sonrió, sorprendida.
Al llegar a Cee, se encontraron con una pequeña ciudad de edificios de granito de distintas alturas, con grandes ventanales de cristal cuadrado y marcos de aluminio.
Llegaron al viejo palacete donde estaba localizado el sanatorio militar, un lugar donde se trataban las dolencias de militares retirados de alta graduación y donde residía el anciano Marcos Carrión. Ambos se sorprendieron por la belleza del entorno.
El edificio se alzaba en un promontorio aislado del resto de la ciudad, al que se accedía por un camino sinuoso y estrecho que ofrecía una magnífica vista de la playa de la Concha y de la ciudad.
Marzán estacionó su Audi 80 frente al portalón de dos hojas, decorado con una reja de hierro forjado con detalles históricos, a través de la cual se divisaban unos jardines bien cuidados y un pequeño camino de grava que conducía a la puerta principal.
Vargas pulsó el interfono y esperaron unos segundos hasta que la puerta se abrió desde el otro lado.
Accedieron al jardín, impregnado de olor a hierba recién cortada, con hortensias y peonías que se mecían con la brisa de la mañana.
La puerta principal del edificio se abrió y apareció un hombre de unos cuarenta años vestido con una bata blanca, acompañado de un joven de pelo rubio que llevaba un mono gris claro con el emblema de la institución bordado en la pechera: Residencia Militar Virxen da Barca.
El hombre estrechó la mano de Vargas con energía y luego hizo lo mismo con Marzán.
—Soy el doctor Rubén Anxelo y dirijo esta institución —dijo.
Los cuatro entraron en el edificio, donde reinaban la calma y el silencio.
En la recepción, una chica rubia con el pelo recogido en una coleta tomaba notas en un cuaderno sobre una mesa de recepción para visitantes. Al verlos, levantó la vista y les sonrió, mostrando el chicle que mascaba.
Sobre la mesa descansaba un busto de hierro de un joven Francisco Franco, realizado en bronce y pintado de negro. La figura llevaba un cuello de pelo, simulando un abrigo de campaña y en el suelo de mármol brillante había un gran crismón con una leyenda en latín: In hoc signo vinces.
Marzán sintió el codo de Vargas clavarse suavemente en sus costillas mientras ella le indicaba con la mirada el crismón.
Él se acercó y le susurró al oído:
—Simbología franquista... «Con este signo vencerás».
—El Víctor es uno de los muchos símbolos apropiados por la dictadura, originarios de la época romana.
—Franco lo eligió como protagonista en el desfile de la victoria que se celebró en Madrid al finalizar la guerra.
Vargas le lanzó una mirada de complicidad y sonrió, sorprendida.
— Bien, inspectora, ¿en qué puedo ayudarles? —preguntó Anxelo.
—Como le comenté por teléfono, queremos hablar con el coronel Marcos Carrión en relación con un caso que estamos investigando.
—Sí, lo recuerdo perfectamente. Aunque, como le dije, el coronel padece Alzheimer y alterna momentos de lucidez con episodios en los que no recuerda a nadie.
Comprenderá, inspectora, que su salud es delicada y no conviene alterarlo en exceso.
¿Cree que es necesario mantener esta conversación?
—preguntó el doctor, esbozando una sonrisa atenuada.
—Sí, es necesario —respondió Vargas con contundencia.
—Bien, en ese caso, Jaime los acompañará —dijo el médico con evidente fastidio, señalando al joven de pelo rubio, que hasta ese momento no había dicho una sola palabra.
—Ahora mismo, el coronel Carrión se encuentra en el jardín descansando.
—Doctor —dijo Marzán—, si no le importa, a mí me gustaría ver la habitación de Carrión mientras la inspectora Vargas habla con él.
Anxelo miró a Vargas con expresión dubitativa.
—¿No necesitan una orden judicial para realizar un registro?
—No es un registro, doctor… Es una visita rutinaria dentro de una investigación por asesinato.
El señor Marzán es criminalista y está colaborando con la policía en este caso.
Está aquí para obtener un conocimiento más profundo del asesino que estamos buscando, ya que creemos que la vida del coronel está en peligro y cualquier pista que encontremos aquí será bienvenida.
—Pero... —volvió a dudar Anxelo.
—Como prefiera, doctor. Puedo solicitar una orden de registro y llenar este edificio de guardias civiles antes de que cante el gallo… Usted decide.
Ambos se quedaron en silencio mientras Anxelo valoraba la conveniencia de una visita policial en una institución tan reservada.
—Muy bien, acompáñeme —dijo Anxelo a regañadientes, franqueando el paso a Marzán.