32
Noela se despidió de Marzán en la puerta del restaurante.
La noche había refrescado bastante y sintió un leve escalofrío que la obligó a arrebujarse bajo la fina chaqueta azul de algodón.
No esperó a que él subiera a su coche para entrar en el hotel.
Se encaminó por la pequeña pasarela que conducía a la puerta principal y, ya en la recepción, vio a un chico pelirrojo de unos veinte años, pecoso, que ojeaba un cómic de Conan el Bárbaro.
Cuando él se percató de su presencia, sonrió amablemente y luego cogió la llave de la habitación donde estaba alojada del panel de cuero marrón colgado en la pared. Vargas notó que solo quedaban dos llaves aparte de la suya.
De pronto, unas voces se filtraron desde el piso de arriba.
Distinguió claramente la voz de un hombre y una mujer enzarzados en una discusión que iba en aumento.
Miró de reojo al chico, quien había vuelto a sumergirse en la lectura de su cómic.
Intrigado, alzó la cabeza y miró hacia arriba con inquietud.
—Llevan así desde hace un rato, inspectora —el chico movió la cabeza con aire de pesadumbre.
—¿Cómo?
—Discutiendo… me refiero. A gritos... como sigan así, van a espantar al resto de clientes. Les he avisado, pero no me han hecho caso. Regresaron al hotel hace un par de horas y él ha llegado completamente borracho. Además, he notado que la mujer tenía moretones en la cara.
Ese tipo de situaciones la violentaban. Era como echar sal en una herida abierta, como revivir recuerdos despreciables.
Pensó en Lucía, en el maltrato que sufrió a manos de su marido, en la muerte de un niño inocente.
Nadie más que ella era consciente del peligro que entrañaba esa situación.
Pensamientos oscuros emergieron desde un rincón olvidado de su memoria.
Subió con sigilo las crujientes escaleras de madera, atravesó el rellano y recorrió un estrecho pasillo de paredes color crudo hasta la habitación de donde provenían los gritos, cada vez más intensos.
En el trayecto, se cruzó con un hombre alto y mayor, apoyado en el marco de una puerta. Intentaba encender, sin éxito, una pipa tipo Dublín, igual que la que solía fumar su padre.
Aquel recuerdo la distrajo brevemente, pero luego sus sentidos se centraron de nuevo en la puerta del número seis del hotel.
El señor alto la observó con mirada circunspecta y le ofreció una sonrisa de dientes deformados antes de entrar en su habitación y cerrar la puerta.
Vargas esperó unos segundos frente a la puerta de donde salían los gritos, tratando de averiguar qué estaba ocurriendo. Luego golpeó con los nudillos y las voces se callaron de repente.
—Soy la inspectora Vargas de la policía. Por favor, abran.
Escuchó claramente unos pasos acercándose a la puerta, el giro de una llave y el descenso de la manija.
La puerta se entreabrió y apareció el rostro de un hombre de unos cincuenta años, desaliñado, con barba de varios días.
Llevaba gafas oscuras de pasta, y en su rostro destacaba una larga nariz afilada.
—¿Qué desea? —le espetó con evidente gesto de molestia.
—Policía. —Vargas le mostró su placa—. ¿Sería tan amable de dejarme pasar? Quisiera comprobar que la mujer que se encuentra dentro de esta habitación está bien.
Algunos huéspedes más curiosos se asomaron al pasillo. El hombre frunció el ceño y se apartó lentamente de la puerta, permitiéndole el paso.
En el interior, encontró a una mujer sentada en la cama. Debía rondar los cuarenta años y estaba a medio vestir. Cubría su torso con una sábana y su rostro reflejaba sorpresa por aquella irrupción repentina. Vargas notó que había llorado; tenía los ojos manchados de maquillaje.
El hombre se apoyó en la pared de la entrada.
Vargas echó un vistazo al lugar. La habitación estaba bastante revuelta: ropa tirada en el suelo, una maleta roja semiabierta sobre un sillón. Luego se acercó a la mujer.
—¿Cómo se llama? —preguntó con amabilidad, no exenta de tensión.
La mujer bajó la mirada al notar la intención de Vargas de descubrir si su actitud revelaba más de lo que mostraba.
—María.
—¿Qué está pasando aquí, María? —Vargas se agachó frente a ella y le levantó el mentón con la mano. A la luz de la lámpara de la mesilla, pudo ver claramente los moretones en su cara.
—Inspectora, no está ocurriendo nada. Solo es una pequeña discusión de pareja —dijo el hombre, con desconfianza, intentando justificar la escena.
—Cállese. Le estoy preguntando a ella, no a usted —lo miró con severidad—. María, ¿este hombre te ha pegado?
—No... no pasa nada... solo hemos tenido una discusión de pareja —repitió ella.
—Lo ve, inspectora, aquí no pasa nada... es una simple discusión —insistió el hombre, ahora con una sonrisa burlona en el rostro.
Vargas lo observó detenidamente. Estaba medio desnudo, con unos pantalones vaqueros viejos. Sabía que había golpeado a aquella mujer, pero sin una denuncia, no podría hacer mucho. Igual que con Lucía... esa impotencia la consumía.
—No vuelva a abrir la boca si no quiere pasar esta noche en el calabozo.
—Vamos, inspectora —continuó el hombre, justificándose con los brazos abiertos—. Déjenos en paz. Mañana debemos continuar nuestro viaje y tenemos que levantarnos temprano.
Vargas se interpuso entre los dos, colocando su mano en el pecho del hombre mientras sujetaba la culata de su pistola Star, Modelo 30 con la otra.
—Por favor, póngase allí, dése la vuelta y no se mueva —le indicó, señalando con el brazo extendido hacia la puerta.
—Tú eres un cabrón. Hace tiempo que debería haberte dejado y nunca he tenido el valor suficiente —dijo de repente María.
Se levantó y se acercó a Vargas, aún envuelta en la sábana.
—María, si este hombre te ha pegado... dímelo y en este mismo instante te saco de aquí. No te merece. Estoy segura de que puedes tener una vida maravillosa sin este desgraciado. Eres un tesoro, solo tienes que abrir el cofre y liberarte —susurró Vargas al oído de María.
María alzó la mirada por primera vez, y Vargas pudo ver la tristeza en sus ojos.
Aunque desconocía los detalles de su vida, sabía que no merecía vivir así.
—Quiero escapar de este lugar... —respondió María en un susurro al oído de Vargas—. Por favor, ayúdame.
En cuanto el hombre entendió la situación, su rostro se congestionó de furia.
—Pequeña «zorra»... así me agradeces todo lo que hago por ti —gritó.
Vargas sacó su pistola de la funda, y su mente estalló como un volcán en erupción.
Perdió el control.
Golpeó la cabeza del desconocido con la culata de la pistola. Una, dos, tres veces...
No pudo contenerse.
María intentó detenerla, pero todo sucedió como una escena a cámara lenta.
De repente, unas manos fuertes la agarraron por los hombros y la apartaron.
Se volvió, ofuscada, y se encontró con el rostro de Suso Marzán.
—Déjalo, Noela... ¡lo vas a matar! —gritó Marzán mientras la sujetaba con fuerza.
Luego, sostuvo el rostro de Vargas entre sus manos y la abrazó.
—Tranquila... ya ha pasado todo.
Vargas volvió a tomar consciencia de todo.
Nunca se había sentido así.
Vio al hombre en el suelo, medio desnudo, sangrando, y a María, sujetándose el rostro mientras lloraba amargamente.
Vargas miró a Marzán y se cubrió la cabeza con ambos brazos, sollozando.
No era ella.