Los Hijos de la Peste 31
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Era noche cerrada en Camariñas y Marzán notó a Noela alterada.

Estaban cenando en el restaurante del hotel Puente Arnela, donde ella se alojaba.

Él la observó en silencio mientras fumaba un cigarrillo tras otro y los apagaba, irritada, dentro de un pequeño cenicero de chapa con el nombre del hotel.

Su mirada, abstraída en la lejanía, reflejaba las luces de las farolas del paseo marítimo.

Suso, mientras, consumía su eterno vaso de güiski Macallan. Ella lo miró y se desahogó como un torrente.

—Me sentí tan impotente en la reunión... Es como si a todos les diera igual condenar a ese hombre. Tengo la sensación de que cualquier avance, indicio o prueba que podamos conseguir para exonerar a Uxío no saldrá a la luz. Es como si hubieran encontrado el perfecto chivo expiatorio…

—No te mortifiques. Tú no tienes la culpa.

Parece que ni la policía, ni el gobierno ni la Iglesia tienen un especial interés en que este caso tenga mayor recorrido.

Estoy seguro de que al comisario García no le agrada esta situación.

Recibe muchas presiones desde todos los estamentos.

Es lógico que nadie quiera ensombrecer la importante visita del Papa.

—¿Lógico?... ¿Tú lo ves lógico? —Vargas alzó la voz y los comensales de las otras mesas los miraron—.

Desde que empecé como policía en la escala básica, siempre estuve comprometida con la ley.

Castigar a los culpables y proteger a los inocentes...

Sé que puede sonar un poco idealista en la sociedad en la que vivimos, pero eso es lo que me enseñaron en la academia...

—Vale... Suso, no me mires con ojos de cordero —por primera vez, Noela sonrió en lo que llevaba de noche —.

Y ya sé que vas a decir que en el mundo real no es así, pero para mí las cosas o son blancas o son negras.

En la búsqueda de la justicia no caben matices, y es tan frustrante asistir a este linchamiento sin poder hacer nada.

—No te enfades conmigo... Yo solo soy práctico —Marzán puso su mano sobre la de Vargas—.

Es cierto que solo tenemos un montón de indicios.

No tenemos ninguna prueba sólida que podamos llevar al juez y que exculpe a Uxío.

Las pruebas en su contra son abrumadoras, aunque nos cueste admitirlo.

El cuchillo, el móvil del asesinato, todo está ahí.

Uxío, lamentablemente, es el principal sospechoso.

Vargas chistó con aire de fastidio.

Una camarera se acercó a la mesa y les sirvió un plato de suculenta merluza a la gallega.

El humeante olor hizo que el estómago de Marzán rugiera de hambre.

No recordaba cuánto tiempo llevaba sin comer algo nutritivo.

Luego, les llenó las copas con vino albariño y se marchó.

Marzán aprovechó aquel impasse para echar un vistazo al pequeño local, que a esa hora se encontraba prácticamente lleno de gente.

—Artai Montenegro es la pieza clave de toda esta historia. Pero es difícil seguir su rastro desde principios de los setenta, cuando fue detenido por última vez. No hay documentación de su estancia en España desde entonces. Desapareció como un fantasma —dijo Vargas.

Vargas trinchó la merluza con suavidad y jugueteó con el tenedor en el interior de la sabrosa carne blanca.

—La verdad es que tienes razón, aunque me duela decirlo —continuó—.

No tenemos nada fiable que nos lleve tras su pista ni pruebas que respalden nuestra teoría de que todos los sucesos están enlazados.

Por eso tenemos que ponernos manos a la obra.

No podemos contar con nadie más para avanzar en la investigación.

Tenemos que ser discretos pero tenaces. Algo saldrá. Siempre sale.

Marzán apretó los labios y asintió con la cabeza. Volvió a llenar la copa de Vargas y luego hizo una indicación a la camarera para que les trajera otra botella de la misma marca.

—El punto de partida es que Uxío no pudo cometer el asesinato de Quiroga, a pesar de las pruebas que tiene la policía.

Lo hemos descartado porque creemos que no es capaz de construir una escenificación tan compleja basada en un antiguo ritual de sacrificios celtas.

Además, ¿mataría a Quiroga y se quedaría tan tranquilo en su casa esperando a ser detenido?

Además, está su sobrina, a quien quiere con locura... Estoy seguro de que no haría nada que los separara. No tiene ningún sentido y no es el comportamiento habitual de un asesino. No hay un móvil claro.

—Lo sé, pero es todo lo que tenemos... Teorías y más teorías, pero ninguna certeza.

Lo único cierto es que nuestro tiempo se agota antes de que el asesino vuelva a actuar.

El juez de instrucción ha dictado hoy una orden de detención provisional contra Uxío, y la Guardia Civil ya tiene organizado el operativo para ejecutarla mañana a primera hora.

Además, el imbécil del sargento Vilanova le puso ayer sobre aviso.

La conexión es más que evidente entre todos los puntos, pero hay que terminar de conectarlos de alguna manera.

Luego está el enigmático Arturo Castro y el imperdible misterioso con forma de corona de espinas que llevaba en el ojal de la chaqueta.

Es el mismo símbolo que portaba Montenegro en las fotos que le tomó la policía.

—¿Y si seguimos echándole un poco más de imaginación? ¿Y si Castro y Montenegro pertenecen a la misma sociedad secreta? Míralo de esta manera...

Marzán apoyó los codos sobre la mesa e inclinó su cuerpo hacia delante, como si fuera a contarle un secreto.

—Imagina que existe una organización que permea todos los estamentos de poder en la actualidad y que, en la época de la dictadura de Franco, operaba en la clandestinidad.

Tú misma me dijiste que Franco estaba obsesionado con eliminar a la masonería y a las sociedades secretas.

Tenemos pruebas de que a Montenegro lo detuvieron varias veces acusado de pertenecer a alguna de ellas. No sabemos cuál.

Imagínate que esa organización se dedicó a localizar y eliminar a presuntos criminales de guerra durante la dictadura y que, al llegar la democracia, se infiltró en la política y en los poderes económicos.

¿Quién era Artai? Posiblemente, un lobo solitario, una especie de sicario que desapareció a finales de los años setenta y que ahora ha vuelto para tomarse cumplida venganza de todos aquellos que cree que pudieron estar involucrados en la desaparición de su hermano Xosé.

—Suso, ya hemos hablado de esto y sabes que, en la situación en la que estamos, nadie nos va a tomar en serio. ¿Una sociedad secreta de sicarios? No puedo ir a mi jefe y contarle esta teoría sin ninguna prueba que la sustente.

—Vale... pero piénsalo bien, Noela... Estamos ante una lucha de poder.

Por un lado, tenemos una sociedad a la que pertenece nuestro asesino, y por otro, tenemos una organización cuyo símbolo está representado con la imagen de Santa Mariña de Augas Santas.

Imágenes que aparecen en los colgantes que encontramos entre los huesos de la colonia, en el interior del cuerpo de Quiroga y también en posesión de Euxenio Rodríguez.

Recuerda, además, lo que nos dijo Uxío: que Ángel Rivera no paraba de repetir el significado de la imagen de Santa Mariña relacionada con la tríada del nacionalcatolicismo: catolicismo, anticomunismo y fascismo.

Estoy seguro de que existió un grupo de individuos que formaron una sociedad secreta bajo la tutela del régimen y que estuvieron involucrados en la desaparición y encarcelamiento de rivales políticos.

Además, participaron en una red que apartaba a los hijos de los represaliados y los recluía en instituciones como la colonia-preventorio de Monte do Carballo.

Algunos, los más pequeños, fueron dados en adopción a altos jerarcas del régimen.

Todos participaron, en mayor o menor grado, en la organización: Carrión, Quiroga, Camargo, Rivera...

y otros individuos que ahora desconocemos.

Para nuestro asesino, por lo tanto, esta es la lucha del bien contra el mal.

Se ha erigido como el fiel de la balanza que determinará el destino de cada uno de ellos.

—Si tu teoría es cierta —resopló Vargas—, entonces debemos encontrar al resto de los miembros de ese grupo antes de que el asesino los elimine, quienquiera que sea.

A Camargo ya lo tenemos localizado, al ser el arzobispo de Mondoñedo.

Ah... y tengo una muy buena noticia que darte.

He logrado localizar al coronel Marcos Carrión.

Está internado en una residencia-sanatorio para militares en la ciudad de Cee.

Puede que sea la pieza clave de todo este asunto.

El problema es que, según tengo entendido, se encuentra en las fases iniciales del alzhéimer y no sé qué información podremos obtener de él.

—Vayamos a visitarlo entonces —sentenció Marzán—, aunque también podemos hacer algo mucho más interesante: sentarnos a esperar a que el asesino vaya por esos desgraciados