Los Hijos de la Peste 30
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Uxío estaba asustado. La visita de la inspectora y las preguntas que le hizo sobre su pasado en la colonia lo pusieron en alerta.

Últimamente, su vida había cambiado para mejor con la llegada de la pequeña Clara.

Ahora tenía algo por lo que luchar y preocuparse, pero, a pesar de la penitencia, los sucesos del pasado habían vuelto a su vida como una nueva condena.

Sí, estaba asustado. Todo lo que había hecho para alejarse de su antigua vida podía desmoronarse una vez más.

La situación de equilibrio que experimentaba podría romperse tan fácilmente como la cáscara de un huevo.

¿Qué haría si tuviera que volver a la cárcel?

Si eso ocurría, los servicios sociales le arrebatarían a Clara, y eso jamás lo consentiría.

Haría cualquier cosa para evitarlo. No podía dejar de pensar en las consecuencias una y otra vez; esos pensamientos le desgarraban las entrañas.

Intentó combatirlos refugiándose en la bebida.

Al menos, el vino podría ayudarlo a despejar su mente de visiones de sufrimiento y sangre.

Por eso entró en aquella pequeña taberna de Vilar, buscando ahogar sus inseguridades en varias tazas de vino tinto barato.

Una voz ronca resonó y rasgó el aire entre los murmullos incesantes de los hombres que combatían el hastío y la pobreza a base de alcohol.

—¡Eh, Uxío! He oído que te has metido en líos otra vez...

La policía anda rondando por aquí por tu culpa—dijo con sorna un individuo corpulento, con la barba empapada en alcohol, apoyado en la barra como si fuera un bote salvavidas.

Era el tipo de líder ruin y buscavidas habitual en lugares como aquel, donde los borrachos siempre eran bienvenidos.

Uxío solía visitar aquel lugar cada día antes de que Clara llegara a su vida.

En aquel entonces, era el único momento del día en que podía olvidar sus desdichas y miserias, ahogadas una y otra vez en una taza del líquido granate.

No pudo distinguir el rostro de aquel individuo con claridad, sumido como estaba en la bruma que enturbiaba sus sentidos.

Escuchó las risas flojas que provenían de un grupo de hombres que, como él, mataban el tiempo en un sitio donde la desesperanza enfermaba el alma y el alcohol era la única escapatoria.

—¿No serás tú el culpable de la muerte de aquellos chicos en el castillo?

Entonces, aquel individuo se hizo más nítido a los ojos de Uxío.

Se sentó frente a él con aire amenazador.

Su cara redonda y rojiza, quemada por el sol de verano fruto del trabajo exterior, y aquellos ojos juntos, pegados a la nariz como un racimo de uvas a la vid, lo miraron fijamente, exigiendo una respuesta que él jamás le daría.

Uxío permaneció con la vista perdida en los posos que el vino había dejado en el fondo de la taza, como si al escudriñarlos pudiera obtener una respuesta a aquella pregunta.

—¿No contestas? Algo estarás escondiendo —insistió.

Como respuesta, Uxío cogió la jarra de vino y volvió a llenar su taza.

Su pulso tembló, afectado por el alcohol, haciendo que el vino se desbordara y cayera sobre la mesa.

Luego, a modo de juego, hizo pequeños garabatos con el dedo sobre el vino derramado.

—Déjame en paz...—palmoteó el aire como si quisiera atrapar un fantasma—, no he hecho nada...no tienes derecho…—balbuceó.

—¿Que no tengo derecho a qué? Hace tiempo que deberías haberte marchado del pueblo...

Eres una amenaza para nuestros hijos... Eres un asqueroso pervertido —dijo el individuo, golpeando con un manotazo la taza repleta de vino, que se derramó sobre la mesa, salpicando los pantalones de Uxío.

Las risas flojas se convirtieron en risotadas de sus acólitos.

—No tienes ni vergüenza... eres un borracho, Uxío. Me das verdadero asco.

—¡Vamos, Anxo! Déjalo en paz...¿No ves que está borracho? Métete con gente de tu tamaño —intervino la camarera alzando la voz, una chica rubia con el pelo recogido en una cola de caballo—. Si buscas pelea, hazlo fuera del local o llamo a la Guardia Civil.

—Está bien, no te enfades... —dijo Anxo, levantando las dos manos en un falso gesto de paz. Hizo ademán de levantarse, pero le susurró al oído— ... a saber qué le haces a la niña que vive contigo.

Uxío no lo soportó. El comentario le atravesó como un rayo a un viejo tronco.

Se levantó bruscamente y golpeó con fuerza a Anxo.

Este se trastabilló y se golpeó con una mesa situada detrás de él.

Cuando Anxo se disponía a devolver el golpe, el sargento Vilanova irrumpió en el local, acompañado de un joven cabo de la Guardia Civil.

—¿Qué «carallo» ocurre aquí...? —dijo Vilanova. Miró a Anxo y luego a Uxío, a quien reconoció. Uxío regresó a su posición inicial, apoyado en la mesa, y bebió de un trago su taza de vino.

—Anxo... es mejor que te vayas a casa. Ya has bebido demasiado; tu mujer y tus hijos te estarán esperando.

Vilanova le abrió la puerta de la taberna y esperó pacientemente mientras Anxo pagaba su consumición y abandonaba el local, no sin antes lanzar a Uxío una mirada amenazante.

Luego, el guardia civil regresó a su mesa y se sentó frente a él, observándolo en silencio.

Levantó una mano y pidió a la chica de la barra que le trajera otra taza, que llenó con la jarra de vino que había encima de la mesa. Luego respiró profundamente.

—Sé que no eres trigo limpio, Uxío, y creo que harías bien en dejar de beber y regresar a tu casa. No creo que tarde en ir a buscarte para meterte de nuevo entre rejas. Estoy seguro de que mataste a Xosé, y era mi amigo. Voy a disfrutar el momento en que te ponga las esposas.

Vilanova probó el vino y, con una mueca de asco, lo dejó sobre la mesa.

Uxío se levantó, bamboleándose de la silla, y pagó mientras todos lo miraban.

El silencio se apoderó de la taberna; solo el tintineo de los vasos rompía la tensión del momento.

Sintió cómo las miradas de los dos guardias civiles lo seguían mientras abandonaba el local.

Ya en la calle, un mecanismo se activó en su cerebro como la llama de un mechero.

Ahora sí que tenía la certeza de que todo aquello que con tanto esfuerzo había intentado dejar atrás le estallaba en la cara.

La borrachera no le impidió discernir que estaba otra vez en peligro.

Tenía que hacer algo. Subió a su desvencijada Derbi Coppa y la arrancó después de dos intentos. Luego cerró los ojos y pensó en Clara.

Ya en su casa, cerró la puerta con llave y se la guardó en el bolsillo del pantalón.

A continuación, se dirigió con parsimonia hacia la sala de estar y bajó las persianas, dejando todo en penumbra.

Seguidamente, fue a la cocina, se apoyó pensativo sobre la encimera y miró absorto la vieja alacena de madera que contenía la antigua vajilla heredada de su familia.

Aún con su lucidez afectada por el alcohol, tamborileó con los dedos sobre la madera, con la mirada fija en el fregadero.

Luego, como un resorte, se precipitó sobre uno de los cajones, abriéndolo con brusquedad y provocando el tintineo de los utensilios de cocina de metal que chocaron entre sí.

Rebuscó dentro del cajón y cogió un cuchillo de puntilla, que apretó con su mano derecha.

Subió al piso superior de la casa por la escalera inacabada, aún revestida de cemento.

Clara descansaba tranquilamente en su cama, en posición fetal, vestida con un vestido negro que dejaba entrever sus delgados muslos blanquecinos.

Uxío se apoyó en el marco de la puerta de la habitación, con los brazos inertes a lo largo de su cuerpo y el cuchillo colgando de su mano.

Sus ojos se humedecieron y unas lágrimas recorrieron lentamente sus mejillas.

Pensó en el momento en que Clara, tras la trágica muerte de su hermana, llegó a su vida y se convirtió en su única familia.

La hija que nunca tuvo. Aquella joven de quince años se había convertido en el faro que iluminaba su vida, y no estaba dispuesto a separarse de ella.

Uxío llenó sus pulmones con una larga y lacónica inspiración, queriendo absorber el olor a flores que ella desprendía. De repente, Clara se despertó y se asustó al ver a su tío de pie en silencio.

—¿Tío? —preguntó Clara—. ¿Estás bien? No te esperaba tan temprano... Voy a prepararte algo para comer.

—No te preocupes, Clara... Estoy bien. No tengo hambre —contestó Uxío. Luego, se enjugó las lágrimas, nervioso, con el dorso de la mano.

Clara se había acostumbrado desde hacía tiempo a ver a su tío borracho de vez en cuando, pero nunca le dio importancia.

De hecho, ella sabía la vergüenza que su estado generaba en él.

Siempre entraba en casa y apenas la miraba, encerrándose en su habitación hasta la mañana siguiente.

Nunca había tenido un mal gesto con ella.

Sabía que su tío vivía en una eterna lucha con los fantasmas de su pasado, y ella nunca quiso saber más.

Simplemente, lo dejó estar. Reconocía el valor de aquella relación, pero su vida estaba cambiando.

Se estaba haciendo mayor. Ya no era la niña de antaño, y lo que antes había sido protección empezaba a convertirse en una jaula de cristal.

Quería salir, explorar el mundo, y el afán de su tío por protegerla comenzaba a molestarla en exceso.

Ahora tenía quince años y necesitaba sentirse parte de todo lo que la rodeaba. Jamás había salido de la aldea. Siempre había confiado en él, pero en aquel momento, las lágrimas en los ojos de su tío la pusieron en alerta. Algo no iba bien y comenzó a tener miedo.

—¿Hay algún problema, tío?—Clara se levantó y miró con inquietud el cuchillo que Uxío sostenía en la mano.

Uxío se sentó en una silla de madera y apoyó el brazo derecho en la cómoda. Luego, se tapó los ojos.

—Sabes, Clara, desde que llegaste a mi vida, has sido lo único valioso que he tenido.

Ella permaneció de pie, escuchando atentamente, como si una fuerza invisible la mantuviera inmóvil.

—Y… hombres como Quiroga siempre han querido arrebatarme lo más importante con mentiras y falsas acusaciones.

Fui una víctima más de ese sacerdote, de Rivera…

¿Crees que ellos lo entienden? No, Clara, no lo entienden...

Nadie entiende cómo he sufrido. Pero creí que contigo llegaría mi redención —Uxío miró a Clara—.

Y me reconfortaste. Por fin, tenía algo por lo que luchar... Pero de nuevo, se acabó.

—Tío... por favor, deja el cuchillo... Me estás asustando —alzó la voz, alarmada.

—Siéntate, Clara—le dijo enérgicamente, señalando la cama con la mano en la que sostenía el cuchillo.

Uxío se levantó, cerró la puerta por dentro y volvió a sentarse.

Clara obedeció dócilmente y se sentó en la cama, inmóvil, con las piernas muy juntas y los dedos de las manos abiertas sobre su falda.

— Ahora, cariño. Solo nos queda esperar a que vengan.