Los Hijos de la Peste 29
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La comisaría no había cambiado desde su marcha.

De repente, Noela recordó la frenética actividad diaria que tanto le gustaba y echaba en falta.

Era un caluroso martes de finales de julio.

Llegó al lugar donde comenzó su angustia y terminó su esperanza.

El comisario García era consciente de que no sería fácil para ella, pero aun así insistió en que asistiera a una reunión de seguimiento de los llamados «crímenes de la Triple Muerte».

Comprobó emocionada cómo sus antiguos compañeros aún la echaban de menos.

Tras la traumática despedida después de la muerte del pequeño Quique, pasó varios meses de baja y tratamiento psicológico.

Luego solicitó un traslado a Madrid, buscando alejarse lo suficiente de aquel terrible suceso para retomar el control de su vida.

Los recuerdos seguían presentes, sí, pero el dolor había desaparecido con el tiempo, como el humo de una hoguera al caer las primeras gotas de lluvia.

Manuel Delgado, su excompañero, la recibió con un cálido abrazo.

Aunque no habían perdido completamente el contacto, hacía más de un año que no se veían.

Él había querido visitarla en Madrid, pero ella siempre se había negado.

Delgado todavía ocupaba un lugar importante en aquel doloroso recuerdo, y su presencia solo empeoraría las cosas.

Tomó suavemente sus brazos, la miró con dulzura y esbozó una sonrisa sincera.

— Hola, Noela.

— Hola, Manu —le devolvió la sonrisa.

Sus miradas se entrelazaron en un intenso cruce. Ella se ruborizó al encontrarse con sus ojos azules. Pensó fugazmente que, en otro tiempo o en otras circunstancias, su relación con él podría haber sido diferente, algo más que compañeros.

Un incómodo silencio se prolongó por unos segundos, interrumpido por el continuo ir y venir de sus colegas, que se acercaron a saludarla.

Juntos se dirigieron a una pequeña sala de descanso donde había una cafetera y una nevera.

Vargas observó la pizarra de corcho en la pared, aún llena de pequeños anuncios escritos a mano.

Entre ellos, varias instantáneas en las que aparecía más joven junto a Manu y otros compañeros en diferentes celebraciones.

Con los dedos levantó una de ellas, dejando al descubierto otra debajo.

En esa, Vargas y Lucía posaban en una terraza, con las cabezas pegadas mientras sonreían.

Se quedó inmersa en una profunda reflexión, olvidándose por unos segundos de todo y de todos, hasta que la voz de Manu la sacó de su ensimismamiento.

— ¿La has vuelto a ver?

—No. Pero hace aproximadamente un mes hablamos por teléfono por primera vez desde la muerte de Quique.

Tenía tantas cosas que contarle —sonrió—, que al final no pude hilvanar ni dos palabras seguidas.

Intercambiamos frases sin importancia y luego colgamos.

Fue extraño, ¿sabes? Ella ha creado una barrera que será difícil de derribar —dijo melancólica.

Delgado asintió comprensivo y cambió rápidamente de tema.

—¿Y qué tal con ese escritor... cómo se llamaba?

—Suso Marzán.

—Es un personaje bastante peculiar, perspicaz e inteligente, pero su alma todavía está atormentada por la muerte accidental de su padre y su hermano cuando era adolescente.

Por primera vez, Vargas notó una sombra de disgusto en los ojos de Delgado. El rubor le subió a las mejillas. Entonces comprendió que él sentía algo más que cariño por ella.

— …es gay —soltó sin pensar, arrepintiéndose al instante. Había sonado como una justificación casi infantil.

Delgado sonrió nervioso.

—¿Volverás a trabajar aquí? Todos te extrañamos.

—No lo sé, todavía tengo que reorganizar mi vida y examinar mis prioridades. Ahora soy feliz en Madrid, alejada de todo esto... pero quién sabe, un «ahora» no significa «nunca».

La conversación se vio interrumpida por la llegada repentina del comisario García, quien, con una expresión seria, le dio la mano a Vargas y la invitó a seguirlo con un ligero gesto. Manu levantó las cejas.

—Buena suerte... —susurró. Luego se llevó la taza a la boca y dio un breve pero intenso sorbo al café.

En el despacho del comisario, también se encontraba Arturo Castro, el funcionario del Ministerio del Interior.

Estaba sentado en una butaca con las piernas cruzadas, parecía distraído.

Al entrar Vargas, se levantó de un salto y la saludó efusivamente, estrechándole la mano.

Al otro lado de la habitación, una figura alta, vestida con sotana, miraba por la ventana.

Cuando se volvió, Vargas lo reconoció de inmediato.

Era Ricardo Greco, el secretario personal del obispo Andrés Romero, quien la recibió en el arzobispado de Santiago de Compostela unas semanas atrás.

—Inspectora Vargas, supongo que se acordará de mí. Nos conocimos hace unas semanas.

Vargas asintió, pero lanzó una mirada de reproche al comisario García. No se sentía cómoda teniendo a dos personas ajenas a la investigación en esa reunión. El comisario rodeó su escritorio y arrojó un par de periódicos sobre la mesa.

—Inspectora Vargas —la llamó por su apellido, indicando su enfado—, creí que habíamos acordado en la última reunión que la investigación sobre el hallazgo de los restos humanos de la colonia se llevaría a cabo de manera discreta.

Ahora se ha convertido en un circo mediático —García golpeó los periódicos con la punta de los dedos repetidamente.

Vargas leyó las portadas de los ejemplares de La Voz de Galicia y El Correo Gallego, que publicaban artículos sobre el hallazgo en la colonia y su relación con el asesinato del alcalde Xosé Quiroga.

—El obispo está muy disgustado con todo este asunto, señorita Vargas —continuó Greco—.

El obispado y la Iglesia compostelana lamentan que la tranquilidad de la visita del Santo Padre en la Jornada Mundial se vea perturbada por sucesos que no tienen nada que ver con la Iglesia actual y que ensucian innecesariamente nuestra imagen.

Deberíamos estar hablando de la visita de Juan Pablo II en lugar de esto —dijo con tono despectivo, palmeando uno de los ejemplares del periódico.

El tono del sacerdote al llamarla «señorita» no le gustó nada a Vargas.

—Me gustaría que no se pusieran nerviosos —Vargas sacó una carpeta de su cartera—.

Creemos que uno de los sacerdotes de la colonia pudo asesinar a los tres niños, y también hemos descubierto una línea de investigación muy prometedora que probablemente nos llevará a identificar al verdadero culpable del asesinato de Xosé Quiroga.

Entregó el informe al inspector, quien lo hojeó de forma displicente, sentado tras su escritorio. García miró a Arturo Castro y asintió con la cabeza, dándole permiso para continuar. La situación resultaba muy extraña.

—¿De qué línea de investigación estás hablando? Ya tenemos un sospechoso en el caso de Quiroga —dijo García, sacando una carpeta blanca con el logotipo del Ministerio del Interior, que entregó a Vargas. En su interior había un informe completo sobre Uxío.

—¿De dónde has obtenido esta información?—Vargas estaba desconcertada—. Este expediente no está registrado en ninguna parte.

Vargas se sentó y lo leyó. En el informe figuraba un largo historial de detenciones por delitos menores como tráfico de drogas y contrabando de tabaco, así como alteración del orden público.

Nada que indicara un pasado violento que justificara un asesinato.

Era el perfil de un hombre desafortunado cuya vida se había desmoronado.

—Creemos que Euxenio Rodríguez, también conocido como Uxío —dijo Castro—, colaboró activamente en la desaparición de los niños.

Y, de alguna manera que aún desconocemos, Quiroga estaba implicado.

Cuando se descubrieron los restos humanos de la colonia, los remordimientos y los recuerdos consumieron a Quiroga, quien se arrepintió y planeó confesar todo lo sucedido.

Fue entonces cuando Uxío entró en pánico y lo mató —dijo Castro con calma.

—¡Pero eso es absurdo! ¿Así de simple? ¿No han visto su expediente? Uxío no es más que un pobre desgraciado —protestó Vargas, mirando desesperada a García como si no supiera qué estaba sucediendo en ese preciso momento.

El comisario evitó su mirada.

—Uxío —continuó Vargas— era un joven de veintitantos años.

No es el responsable de las desapariciones.

Fue un sacerdote llamado Ángel Rivera quien abusó de los niños de manera continuada.

Uxío fue otra víctima de las circunstancias.

Rivera también abusó de él y lo obligó a hacer cosas que ni siquiera puedo imaginar.

Por favor, comisario, no cierre este caso en falso.

No ceda ante las presiones de quienes quieren dar carpetazo a este asunto.

—Inspectora... —continuó Castro—, en su propio informe mencionó que el laboratorio forense encontró huellas de Rodríguez en el cuchillo utilizado en el crimen.

—Lo sé. Uxío me confesó que estuvo en el lugar donde se encontró el cuerpo la noche del crimen, pero estoy casi segura de que no fue el autor.

Me contó que alguien lo llamó el día anterior y le pidió que acudiera al molino con la excusa de que ciertos documentos relacionados con la época de la colonia iban a ser revelados.

Asustado, acudió a la cita y se encontró con el cuerpo de Quiroga.

Dadas sus experiencias delictivas pasadas, entró en pánico y cogió el cuchillo.

Si algo puedo asegurar es que Uxío no lo mató...

Creemos saber quién puede ser el verdadero asesino.

—¿Creemos? — Castro abrió los brazos a modo de súplica y miró al comisario García.

—Sí… Durante el transcurso de la investigación, Marzán y yo hemos descubierto que el asesino de Quiroga puede ser uno de los niños de la colonia, y además tenemos una pista muy fiable de cuál de aquellos niños pudo ser.

—Mire, inspectora Vargas... —Castro continuó con aquel tono condescendiente que tanto la molestaba—, reconozco su entrega como policía en este caso y también sé que ha estado sometida a una gran presión durante los últimos meses intentando demostrar que está apta para el servicio después de la

muerte de aquel niño.

Hasta ahí había llegado la cortesía... Tocar ese tema de esa manera le dolió sobremanera; fue un golpe realmente bajo.

García observó cómo la cara de Vargas se enrojecía por momentos y, ante la posibilidad de que dijera algo de lo que podría arrepentirse, intercedió inmediatamente.

—Vargas, en vista de las pruebas, y si no aparecen otras más concretas que lo desmientan, queda claro que Euxenio Rodríguez es el único sospechoso de la muerte de Xosé Quiroga.

Por eso he remitido el informe al juez de instrucción para que valore la emisión de una orden de detención contra él.

También está acusado como probable autor de las desapariciones de aquellos tres pobres chiquillos, en complicidad, aún por determinar, con Xosé Quiroga.

Pero, como sabes, este delito ha prescrito y no se le juzgará por este motivo. Creo que con esto el caso está cerrado.

— Se equivoca gravemente… El crimen de Quiroga va más allá de un acto impulsivo.

Es un crimen ritual de un asesino que volverá a matar...

se lo aseguro, y si no, al tiempo. Si no seguimos con la investigación, perderemos un tiempo precioso para atraparlo.

Uxío no es el asesino, comisario. No tiene las destrezas intelectuales ni psicológicas para organizar algo como esto.

Reflexione... déjeme al menos una semana más para reunir pruebas.

Vargas, por primera vez, vio dudar al comisario, que enseguida dirigió sus ojos a Castro.

—Inspectora... —dijo Castro—. Haga lo que le dice su jefe. El caso está más que cerrado, y creo que ya es hora de que vuelva a Madrid a sus funciones. Ha realizado una labor soberbia con el caso, y esto le puede ser de ayuda en el futuro... así que le ruego que no lo estropee.

Vargas sostuvo la mirada a García, pero él la apartó, avergonzado.

Luego recogió sus cosas y lanzó una mirada desafiante a Castro, que ya se había levantado del sillón para ponerse la chaqueta...

y entonces lo vio... Recordó dónde había visto la misma corona de espinas que Artai Montenegro portaba en las fotos del expediente policial... en el ojal de la chaqueta de Castro.