Los Hijos de la Peste 28
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La madrugada había sido lluviosa y el aire dejaba un olor a hierba húmeda en el interior del Volkswagen Golf de Vargas. Recogió a Marzán en Laxe y se dirigieron a la pequeña aldea donde vivía Euxenio Rodríguez, Uxío, a pocos kilómetros de la colonia donde todo comenzó.

Una llamada de Vargas al jefe de la comandancia de la Guardia Civil de Vimianzo, el sargento Vilanova, les permitió obtener más información sobre Uxío para preparar el encuentro.

El trayecto lo recorrieron en silencio. Ella iba al volante mientras Marzán observaba, a través de la ventana, la masa boscosa que aparecía y desaparecía ante sus ojos.

En la radio sonaba una suite de Bach, cuyo melancólico violín los acompañó durante casi todo el viaje.

Vargas condujo el coche por una estrecha carretera rural rodeada de fincas repletas de pinos y eucaliptos.

Pequeños senderos los guiaban a través de los pastizales, separados entre sí por muros de piedra medio derruidos, donde el ganado pacía tranquilamente.

Noela pensó que la hierba tenía un verde tan profundo que parecía pintada al óleo.

Vilar era un pequeño núcleo urbano disperso, compuesto por casas de tejados a dos aguas, en su mayoría pintadas de un blanco ceniciento. Las intrincadas calles estaban conectadas como una tela de araña por pequeñas pistas de grava que golpeaban constantemente la parte inferior del vehículo.

Marzán, con las gafas levantadas y situadas sobre su frente, examinaba, concentrado, un antiguo mapa de carreteras.

—Creo que es por aquí...

Marzán señaló un pequeño camino forestal que se encontraba entre dos fincas, custodiado por altos muros de piedra. A los pocos metros, llegaron a una plazoleta donde se alzaba un viejo cruceiro en su centro, parcialmente cubierto de musgo.

Vargas preguntó por la dirección de la casa a una señora delgada, vestida de negro, que cargaba una palangana llena de ropa recién lavada. Ella les indicó el camino con cierta desconfianza.

La casa de Euxenio Rodríguez no destacaba en el paisaje.

Era la típica casa rural de dos plantas: la parte superior, pintada de blanco, y la inferior, compuesta por lajas que simulaban un muro de piedra.

Un tejado a dos aguas, rematado con las clásicas tejas curvas de cerámica roja tan comunes en la zona, completaba la estructura.

Junto a ella, Vargas pudo ver un leñero repleto de madera que presumió utilizarían para alimentar una antigua cocina de leña. La fachada estaba salpicada aquí y allá por una combinación de pequeñas ventanas de madera y otras de aluminio.

Al bajarse del coche, Vargas observó a su alrededor con detenimiento. Todo estaba en silencio. Percibió movimientos en una pequeña construcción de ladrillo adyacente que, por sus características, parecía funcionar como establo.

Ambos se dirigieron hacia allí, guiados por el sonido rítmico de alguien arrastrando algo. Luego escucharon los estruendosos mugidos de una vaca.

Vargas indicó con un gesto a Marzán que se colocara detrás de ella como precaución.

—Hola... ¿Hay alguien ahí? Queremos hablar con Euxenio Rodríguez... —gritó.

Los ruidos en el establo se interrumpieron de repente y, tras un rato de silencio, insistió:

—¿Euxenio? ¿Puede salir un momento? Nos gustaría hablar con usted. Soy la inspectora Noela Vargas de la Policía Nacional.

Nuevamente, reinó el silencio. Vargas miró a Marzán, preocupada. Instintivamente, llevó la mano al cinturón, donde llevaba su pistola.

Una figura, con una horquilla en la mano, emergió del interior. Vargas lo reconoció de inmediato por las fotos de los expedientes policiales.

Uxío era un hombre de estatura mediana, que había sobrepasado ampliamente los cincuenta años. Tenía la frente despejada y el pelo gris le cubría parcialmente la coronilla. Su rostro redondeado y sus ojos llenos de desconfianza completaban la imagen.

Vestía un pantalón negro viejo y un polo verde desgastado con el logotipo de una marca de repuestos de automóviles en el pecho.

—¿Qué quieren? —preguntó, seco y desconfiado.

—Soy la inspectora Noela Vargas y él es Suso Marzán. Estamos investigando el asesinato de Xosé Quiroga y me gustaría hacerle unas preguntas relacionadas con el caso. ¿Hay algún lugar donde podamos hablar con calma?

—Aquí estamos bien, inspectora —Uxío apoyó su cuerpo en la horquilla, como si fuera un bastón.

—Creo que no me ha entendido, Euxenio —respondió Vargas, con un tono suave pero cargado de enfado ante la evidente animadversión del hombre.

No le apetecía tener esa conversación bajo el fuerte calor del mediodía—.

Hemos encontrado sus huellas en el cuchillo que se halló junto al cuerpo de Quiroga.

Ahora mismo tenemos suficientes pruebas para detenerlo y acusarlo del crimen...

En realidad, creemos que usted no lo mató, pero pensamos que podría ayudarnos a atrapar al verdadero asesino.

Por eso queremos hablar con usted. Quizá le convenga colaborar antes de que la Guardia Civil venga a detenerlo.

Ahora mismo, nosotros —miró a Marzán— somos lo único que tiene para salir del aprieto en el que se encuentra.

Uxío se puso nervioso. Miró fugazmente hacia la casa, como si considerara su siguiente paso. Luego, volvió la vista hacia Vargas y apretó los labios.

Su actitud se volvió más dócil. Sin decir nada, se dirigió hacia el interior. Vargas y Marzán lo siguieron.

Los tres se sentaron alrededor de una mesa de madera en la cocina.

La estancia estaba presidida por una cocina de leña, con utensilios colgados en ganchos.

Una olla burbujeaba en el fuego, desprendiendo un dulce olor.

Todo estaba sorprendentemente limpio y organizado, algo que no encajaba con la personalidad de aquel hombre.

Un mandil de cocina decorado con flores, colgado de un gancho, hizo darse cuenta a Vargas de que alguien más vivía allí.

—Yo no tengo nada que ver con el asesinato de Quiroga. Se lo juro, inspectora.

—Hemos encontrado sus huellas en el cuchillo que el asesino utilizó. Supongo que tendrá alguna explicación al respecto.

Uxío bajó la cabeza y jugueteó con el dedo sobre el mantel de hule. Dudó, balbuceó palabras ininteligibles y, luego, levantó la mirada, apretando los labios.

—Esa misma noche recibí una llamada de un desconocido que me citó junto al molino.

Cuando llegué, encontré el cadáver de Quiroga...

Todo estaba lleno de sangre... Entré en pánico, inspectora, y no supe qué hacer, de verdad...

No sé por qué cogí el cuchillo que estaba junto al cuerpo...

Fue un acto reflejo. Luego me di cuenta de mi error y lo tiré...

Vuelvo a decir que yo no lo maté. —Uxío jugueteó nervioso con las manos.

—¿Por qué no lo denunció? Se habría ahorrado muchos problemas. —preguntó Marzán.

—Supongo que no hace falta recordarles mis antecedentes policiales, y además, mi relación con Quiroga no era precisamente la mejor. Me habrían culpado de todas formas... Nadie me habría creído.

—Sigo sin entenderlo, Euxenio. Te llama un desconocido y acudes a esa cita. ¿Por qué? —insistió Vargas.

Uxío permaneció en silencio durante unos segundos. Luego, apoyó los codos sobre la mesa y sujetó su rostro con ambas manos, en actitud de derrota.

—Todo esto es muy extraño, Euxenio. ¿Qué motivo tenía para ir allí en medio de la noche? —Vargas volvió a preguntar, esta vez con un tono más enérgico.

Uxío titubeó.

—El hombre que me llamó dijo que, si no acudía a la cita, enviaría pruebas a la Guardia Civil de que trabajé en la colonia del Monte do Carballo durante la época de las muertes de aquellos chicos. Además, aseguró tener documentos que me implicaban como cómplice del padre Ángel Rivera.

—¿Cómplice de qué, Euxenio? ¿Rivera mató a esos niños?

Las manos de Uxío comenzaron a temblar.

—Sí... Rivera era perverso y los mató. Yo también odiaba a esos chicos por lo que representaban, pero jamás les hice daño.

Por Dios... ¡apenas tenía veintitrés años!

Cuando recibí la llamada, me asusté... No podía permitir que saliera a la luz.

Después de todo lo que he vivido... Mire, la vida en una aldea no es como en la ciudad.

Si todo se hubiera descubierto, me habría complicado aún más la vida...

Y ahora tengo algo por lo que seguir adelante.

—¿Rivera abusó de ti?

Las manos de Uxío comenzaron a temblar aún más.

—¿Qué cojones me está preguntando? —Uxío se puso a la defensiva.

—Ángel Rivera abusó sexualmente de varios niños en la colonia, ¿no es así?... Y creo que tú también fuiste víctima de esos abusos.

Uxío se levantó bruscamente de la mesa, lo que alertó a Vargas y Marzán. Cogió un vaso de una alacena de madera, lo llenó de vino y lo bebió ansiosamente.

—El padre Ángel era un repugnante monstruo, y sí, puso sus asquerosas manos sobre mí en más de una ocasión.

Tuve que soportarlo. — Las lágrimas brotaban de sus ojos.

— Yo era un niño de una familia humilde, y mis únicos ingresos provenían de mi trabajo en la colonia...

Tuve que tragarme todo y soportar a ese cerdo sin decir nada.

Un incómodo silencio llenó el espacio mientras Uxío sollozaba.

—¿El padre Ángel está vivo?

—No lo sé, lo perdí de vista hace muchos años.

Uxío sollozaba con los dientes apretados. Algo se había roto en su interior. Sus manos temblaban mientras retorcía los dedos espasmódicamente, como si algo estuviera luchando por salir.

De repente, una figura apareció en la puerta de la cocina, captando la atención de los tres. Era una adolescente de unos quince años, vestida con un fino vestido negro y un delantal floreado, sosteniendo un barreño lleno de ropa.

La niña se sorprendió al ver a Vargas y Marzán sentados junto a Uxío, y se quedó parada en la puerta sin saber qué hacer. Luego, apartó la mirada al ver a Uxío llorando.

Uxío la presentó con evidente fastidio.

—Esta es mi sobrina Clara. Mi hermana y mi cuñado murieron en un accidente de tráfico hace dos años, y desde entonces me ocupo de ella. Ahora soy su única familia.

Vargas observó aquellos ojos negros y temerosos. Cuando intentó saludarla, Clara desapareció rápidamente, subiendo las escaleras.

—Es muy tímida. —justificó Uxío.

Vargas notó la mirada de desaprobación de Uxío hacia Clara.

Marzán interrumpió aquel momento incómodo y le mostró varias fotos antiguas tomadas en la colonia.

En una de ellas, aparecía un grupo de niños frente al preventorio, sonriendo, algunos con los brazos levantados y otros aplaudiendo. Marzán señaló a un niño en particular, con la cabeza rapada, sentado sobre un muro con las manos debajo de los muslos.

—¿Reconoces a este chico, Euxenio? —preguntó Marzán.

Euxenio sacó unas gafas de una funda marrón y examinó detenidamente la foto.

—Sí, claro que lo reconozco. Es Artai Montenegro.

Marzán asintió levemente con la cabeza.

—¿Reconoces también a su hermano Xosé en alguna de estas fotos?

Uxío seleccionó una de las fotos que Marzán puso sobre la mesa y señaló a otro niño de pelo castaño, más pequeño que los demás, con una mirada aparentemente triste.

—Recuerdo esta foto —dijo Uxío—. En ocasiones, un titiritero venía a la colonia a representar alguna función. Solían ser algunos de los pocos momentos en que esos chicos eran felices.

Uxío se quedó mirando la imagen en silencio, como si lo arrastrara a otro tiempo, y una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

—El padre Bieito tomó esta foto con su cámara.

—Cuéntenos un poco sobre ellos —pidió Vargas.

—Recuerdo poco a Xosé. Era un chico tímido y siempre estaba junto a su hermano. A Artai lo recuerdo más... era un demonio... nunca se adaptó a las normas de la colonia y constantemente desafiaba al padre Ángel. Pasaba más tiempo encerrado en «la urna» que en las habitaciones con los demás niños.

—Eso mismo me dijo Julio Sosa —Vargas miró a Marzán—. ¿Cree que el padre Ángel también abusó de Xosé?

Uxío se quitó las gafas, las guardó en el estuche y luego miró por la ventana.

—Sí. De hecho, era uno de sus favoritos.

Quiero que entienda algo, inspectora. El padre Ángel era una persona atormentada.

Creía firmemente que Dios le había dado un mandato divino: redimir del pecado del comunismo a todos esos niños, hijos en su mayoría de familias cuyos miembros estaban encarcelados por traición.

Ese niño... Artai... era para él el mal en persona...

un fracaso, ¿sabe? El corazón del padre Ángel odiaba tanto a ese niño y a lo que representaba que, de cierta manera, le tenía miedo.

Y esa ira... en muchas ocasiones, la descargaba en su hermano.

—Y Artai... ¿sabe qué le pasó? —preguntó Vargas.

—Después de la desaparición de Xosé, se volvió loco...

era incontrolable. Recuerdo que el padre Ángel le afeitó la cabeza como símbolo de expiación por sus pecados...

aumentó los castigos físicos y estuvo encerrado en la urna la mayor parte del tiempo.

Hasta que un día desapareció. Los curas nos dijeron que lo habían trasladado a otra institución donde le darían los cuidados que necesitaba... que estaba loco, decían.

—Está bien... Creo que ya tenemos suficiente por ahora —dijo Vargas, poniendo una mano sobre el brazo de Marzán.

—¿Entonces no me van a arrestar por el asesinato de Quiroga? No puedo ir a la cárcel. Ahora tengo algo muy importante en mi vida de qué ocuparme.

Vargas comprendió que Uxío se refería a su sobrina.

—No lo sé... ahora todo está en manos del juez. Lo que sí puedo decirle es que hablaremos con él para que sepa que ha colaborado con la investigación y que creemos que usted no es el asesino.

Los tres se levantaron al unísono, impulsados por un hilo de ansiedad. Marzán observó, a través de la abertura del viejo polo de Uxío, que portaba un colgante.

—¿Qué llevas ahí?

Uxío le mostró a Marzán una medalla con la imagen de Santa Mariña de Augas Santas, la misma que el asesino obligó a tragar a Quiroga. El mismo que Marzán encontró junto a los restos en la colonia.

—El padre Ángel me regaló este colgante. Todavía no sé por qué lo llevo.

—¿Tiene algún significado para ti? —Marzán tomó la cadena entre sus dedos.

—No, para mí... quizá lo llevo como una especie de símbolo...

un recordatorio para no olvidar aquellos tiempos.

En más de una ocasión, el padre me dijo que el colgante era un juramento de compromiso y lealtad de ciertos individuos, que representaba los tres valores del régimen franquista: catolicismo, anticomunismo y fascismo...

Recuerdo que repetía esa frase una y otra vez.

De vuelta al coche, Vargas observó a Marzán, que parecía absorto en sus pensamientos, como de costumbre.

—¿Qué te preocupa?

—No te has dado cuenta, ¿verdad?

Vargas negó con la cabeza, sin entender a qué se refería.

—La simbología del colgante de Uxío. Catolicismo, anticomunismo y fascismo... de nuevo la tríada como un grupo de tres elementos interconectados... como el ritual de la Triple Muerte.