Los Hijos de la Peste 27
32%

27

Al día siguiente, Vargas se encontró de nuevo con Marzán en Laxe. Él mostraba claros síntomas de una fuerte resaca y aún se sentía avergonzado por su comportamiento del día anterior, que lo había llevado a terminar en el calabozo.

Durante el viaje de regreso, borracho, había hablado y llorado sin cesar, y Vargas, comprensiva, le permitió desahogarse.

De alguna manera, sus miedos eran compartidos.

Tomaron el desayuno sentados en silencio durante un buen rato.

Luego, Marzán sacó de uno de sus bolsillos una pequeña botella de güiski y, cuando estaba a punto de verterlo en su café, la mirada severa de Vargas lo hizo recapacitar.

Apartó la botella y dejó escapar un suspiro resignado.

Marzán relató a Vargas lo que había descubierto al revisar las noticias de la hemeroteca: una sucesión de crímenes cometidos durante los últimos cuarenta años con características similares.

Esperó a que Vargas se pronunciara.

Ella sopesó sus palabras, amasando la taza de café entre sus manos.

—¿Crees que un único asesino puede ser responsable de todos esos crímenes?

—No lo creo. Me cuesta imaginar que un solo individuo haya actuado durante tanto tiempo y en diferentes lugares del país.

— ¿Qué quieres decir?

—Es solo una teoría, Noela... pero ¿y si hubiera existido un grupo u organización dedicada a eliminar a destacadas figuras del régimen desde el final de la Guerra Civil, y cuya actividad criminal se ha mantenido hasta los inicios de nuestra democracia?

—¿Estás sugiriendo que puede haber un grupo de asesinos actuando en las sombras sin que se mencione nada al respecto en los informes policiales de la época? —preguntó Vargas, incrédula.

— …O tal vez la policía y las autoridades de entonces lo sabían, pero lo encubrieron. Imagina lo que habría supuesto para Franco que la opinión pública conociera que estaban asesinando a destacados militares y políticos de la dictadura sin consecuencias.

Marzán se masajeó las sienes con los dedos.

Noela percibió el fuerte dolor de cabeza que él padecía. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro. De alguna manera, se lo merecía.

—De acuerdo, acepto la teoría, pero, incluso si así fuera, ¿qué relación puede haber entre estos hechos y los asesinatos de los sacerdotes de la colonia y de Quiroga?

—No lo sé, Noela. En todos ellos, hay ciertos tintes rituales.

¿Y si el asesino perteneciera a esta organización?

¿Y si, por casualidad, estuvo en la colonia y está utilizando un antiguo ritual perdido en el tiempo y recogido en un viejo libro para cometer los crímenes?

¿Y si todo es simplemente un acto de venganza?

Vargas lo miró fijamente, pensativa.

Los ojos de Marzán reflejaban convicción.

Quizá algo en su razonamiento tenía cierta base de realidad.

Estaban atrapados en un callejón sin salida con un verdadero asesino impune.

—Julio Sosa me proporcionó información muy valiosa sobre los niños que estuvieron en la colonia preventorial en la misma época de la que datan los restos… Luego hice mis deberes, como tú —sonrió— y descubrí algo que podría ponernos en el camino correcto para encontrar al verdadero asesino.

Mira a este chico. Se llama Artai Montenegro.

Vargas le entregó una carpeta en la que había varias fotos en blanco y negro tomadas por la policía a finales de los años sesenta. En ellas, se veía a un joven de unos dieciocho años, con la cabeza rapada, tez pálida y unos grandes ojos azules.

—Este es un expediente policial de 1968.

Montenegro fue detenido y acusado por la antigua Dirección General de Seguridad de desórdenes públicos por pertenecer a la masonería.

Este joven de mirada enigmática y desafiante estuvo en la colonia.

Tenía un hermano llamado Xosé, que desapareció sin dejar rastro.

Según Sosa, es posible que el hermano sufriera abusos sexuales en el preventorio.

— ¿Y dices que fue detenido por ser miembro de la masonería...?

—Sí, es muy interesante. Según lo que he leído, Franco combatió duramente a la masonería.

En 1940, firmó la Ley de Represión del Comunismo y la Masonería, y también creó un tribunal especial con el mismo nombre.

La Dirección General de Seguridad, dentro de su sección de Marxismo, tenía un departamento dedicado exclusivamente a perseguir a los masones y a las sociedades secretas a las que pertenecían, acusándolas de intentar desestabilizar el régimen.

Y, casualmente, Artai Montenegro fue detenido varias veces entre los años sesenta y setenta como sospechoso de ser miembro de una de estas sociedades.

— ¿Pero existe alguna prueba de que realmente perteneciera a alguna sociedad secreta?

—No… Pero fíjate en estas fotos. ¿Ves que Artai lleva alrededor del cuello una especie de colgante con la figura de una corona de espinas?

Después de encontrar esto, hablé con el magistrado Maldonado y me dijo que, durante la dictadura y desde el final de la Guerra Civil, operaron varias sociedades secretas en España, algunas financiadas con dinero extranjero, especialmente británico y francés.

He encargado una investigación para profundizar en ello.

Nuestro equipo está tratando de identificar si alguna de estas sociedades secretas utilizaba la corona de espinas como símbolo, pero hasta ahora no hemos tenido suerte.

—Vaya, Noela... todo comienza a tener sentido —dijo emocionado—.

Los crímenes contra los jerarcas del régimen y los miembros de la Iglesia han ocurrido de forma implacable desde el final de la Guerra Civil.

El modus operandi es similar en todos los casos: todas las víctimas fueron atacadas y degolladas como parte de algún tipo de ritual sangriento.

Los huesos que encontramos en la colonia podrían ser solo la punta del iceberg, y el nombre de Artai Montenegro podría ser la clave para desentrañar el misterio.

¿Descubriste algo sobre los nombres de las víctimas que te envié?

—Sí...

Vargas sacó un cuaderno marrón de su bolso y lo abrió por una página marcada con varios pósit.

—Todos eran militares de alto rango, desde capitanes en adelante, y lo más curioso es que todos, sin excepción, ocuparon cargos relevantes en los aparatos de represión franquista. Incluso llegaron a coordinar campos de concentración que el régimen estableció en todo el país.

—Perfecto, es un excelente comienzo. Tenemos a Artai Montenegro como figura clave.

Consideremos por ahora la posibilidad de que sea nuestro asesino.

Está claro que encaja con el perfil de un psicópata.

Imagina por un momento que su hermano Xosé fue asesinado por Ángel Rivera y que su cuerpo es uno de los tres que encontramos en el castillo.

Luego, años más tarde, Montenegro es detenido por pertenecer a una sociedad secreta cuya misión es eliminar a figuras clave de la represión política del régimen...

Quizás ahora, después de años de silencio, haya vuelto para vengarse de todos aquellos que todavía cree que están o estuvieron implicados, de una forma u otra, en la muerte y desaparición de su hermano Xosé.

Ambos se miraron con complicidad.

Era una teoría increíble, pero era la única que tenían y debían trabajar en ella.

—Entonces, ¿qué hacemos con Uxío? —dijo Vargas—.

Sus huellas están en el cuchillo encontrado junto al cuerpo de Quiroga.

Además, no creo que la Guardia Civil tarde mucho en detenerlo.

Tanto la Iglesia como altos cargos del gobierno están presionando para cerrar el caso antes de la llegada del papa Juan Pablo II a Santiago de Compostela, con motivo de las Jornadas Mundiales de la Juventud.

— Es evidente que ese desgraciado es un chivo expiatorio.

No encaja con el perfil del asesino, Noela.

Como bien sabes, el asesinato de Quiroga fue meticulosamente planificado.

El autor tiene un profundo conocimiento de los rituales de sacrificios celtas.

Es una persona culta o, al menos, lo aparenta...

y Uxío definitivamente no lo es. De todas maneras, Uxío tiene varios antecedentes por violencia, así que tampoco podemos descartar que haya cometido el crimen por venganza o que sea el tonto útil del verdadero asesino.

Su animadversión hacia Quiroga era bien conocida.

Tenemos que asegurarnos. Lo mejor será visitarlo antes de que lo detengan.

No podemos perder más tiempo. El asesino podría volver a actuar en cualquier momento.