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Noela se reunió con Marzán para intercambiar impresiones sobre la información obtenida en su entrevista con Julio Sosa. Su testimonio confirmaba dos cosas: la conexión de Xosé Quiroga con la institución y los abusos sufridos por los internos en aquella espantosa colonia.
Estos abusos se extendieron durante la primera década de los cincuenta, lo que proporcionaba indicios claros de la relación entre aquellos sucesos y su muerte.
Ella le entregó a Marzán el informe definitivo con la autopsia del cadáver y el análisis dactiloscópico del cuchillo encontrado en la escena del crimen. Según el análisis, las huellas de Euxenio Rodríguez aparecían en el arma homicida, lo que convertía a Uxío en el principal sospechoso.
El comisario García, basándose en estas pruebas, descartó de inmediato la línea de investigación que Marzán y Vargas habían defendido desde el principio: que el asesino fuera uno de los antiguos alumnos de la colonia.
Para Marzán, era difícil creer que el asesino hubiera cometido un error tan básico como dejar sus huellas en el arma del crimen de forma tan evidente.
¿Acaso quería implicar a Uxío? Era una posibilidad, pero no tenía sentido.
Había revisado el expediente policial de Uxío y estaba convencido de que aquel individuo no poseía el nivel intelectual suficiente como para crear una escena tan elaborada y compleja.
Además, como sabía que Uxío había pasado varias veces por la cárcel a lo largo de su vida, decidió investigar si se habían cometido otros crímenes con un patrón similar al de Quiroga durante los años cincuenta —época en la que Uxío trabajó en la colonia— y cotejar las fechas con sus posteriores
períodos de encarcelamiento.
Si alguna de aquellas muertes coincidía con momentos en los que él estaba entre rejas, quedaría descartado de forma definitiva como sospechoso.
Al día siguiente, comenzó su investigación y se dirigió a la sede del periódico La Voz de Galicia, en A Coruña, para consultar su hemeroteca.
Pasó la mayor parte del día leyendo las noticias publicadas a partir de los años cincuenta, esperando encontrar pistas que le permitieran identificar crímenes y sucesos violentos cuyas víctimas fueran miembros de la Iglesia o antiguos jerarcas del régimen de Franco.
Fue un día largo, sentado frente al lector, revisando cientos de microfichas con portadas del periódico que narraban la historia del país en las últimas cuatro décadas.
Al mediodía, el cansancio empezó a hacer estragos en su mente. Las pesadillas, cada vez más intensas, seguían impidiéndole dormir, y sus ojos cansados se cerraron involuntariamente, sumiéndolo en pequeñas ensoñaciones.
En esas ensoñaciones, aparecían Carme, Vargas y a veces Mario.
Mario fue el amor de su juventud, un joven de dieciocho años, de tez morena y pelo rizado que, durante su adolescencia, se convirtió en alguien muy importante para él.
Surgieron imágenes fugaces de ambos sentados juntos en el espolón del puerto de Laxe, compartiendo una bolsa de pipas.
De repente, Marzán recuperó la consciencia y tomó un largo sorbo de café para despertarse.
Continuó pasando las fichas, cuyo sonido se volvió monótono.
Las noticias desfilaban una tras otra hasta que se detuvo en una que llamó su atención.
Era un artículo de la sección de sucesos, publicado en 1975. En él se informaba brevemente sobre la muerte violenta de un militar retirado llamado coronel Marcos Aganzo, en un barrio de Madrid. Según la noticia, fue asesinado por un ladrón frente a su casa.
Había una foto del militar junto a Franco en una especie de recepción, así como otra imagen en blanco y negro del levantamiento del cadáver, donde varios policías vestidos de uniforme rodeaban un cuerpo cubierto por una sábana manchada de sangre.
Marzán dedujo, por la posición de las manchas en la tela, que la víctima había sido degollada.
El periódico mencionaba que Aganzo había sido previamente narcotizado con una sustancia desconocida.
Después de hacer este descubrimiento, sus ojos se abrieron de par en par y comenzó a encontrar noticias similares con hechos parecidos en los años siguientes.
Aquellos crímenes se conectaban como eslabones de una cadena.
Reconoció los mismos patrones en distintos asesinatos, confirmando sus sospechas: una serie de homicidios de militares, jerarcas políticos y miembros de la Iglesia habían ocurrido en rápida sucesión.
Aunque el periódico los presentaba como casos aislados, él sabía que no lo eran.
Estaba claro que, durante la dictadura de Franco y los primeros años de la democracia, un asesino o quizás un grupo de asesinos había actuado impunemente. Tal vez la policía de la época lo sabía, pero todo había sido velado ante la opinión pública con un sutil toque de censura.
Estos crímenes despertaron en él una intensa adrenalina, dándole la energía necesaria para concentrarse aún más en su búsqueda, como un águila persiguiendo a su presa.
Fue más preciso en su investigación y descubrió que, durante más de diez años, desde principios de los sesenta hasta la muerte de Franco en 1975, otros cinco asesinatos con características similares habían aparecido en las crónicas de sucesos del periódico.
Anotó los nombres en su inseparable cuaderno de tapas de color rojo.
Tan emocionado como un niño que coloca la última pieza de un rompecabezas, sintió la urgencia de llamar a Noela de inmediato. La emoción le hizo relajar su mente y continuó repasando las portadas de los rollos de microfilms, con la sensación de haber completado su tarea...
Hasta que una noticia saltó a sus ojos.
Estaba fechada en septiembre de 1969, en un recuadro en la esquina inferior izquierda de una de las páginas. Hablaba de la muerte por ahogamiento de dos pescadores, padre e hijo, en la Costa da Morte. La noticia iba acompañada de una foto en blanco y negro que reconoció de inmediato.
Era el puerto de Laxe.
En la imagen, se veían dos cuerpos cubiertos por una sábana, mientras varios marineros y guardias civiles miraban a la cámara. En el pie de foto, aparecían los nombres de su padre y su hermano. Escudriñó la noticia, quedando prácticamente en estado de shock.
Aquellos párrafos breves y entrelazados le hicieron revivir sus peores pesadillas.
Era como si una compuerta, bloqueada por el olvido, se abriera de repente, liberando un torrente de miedos y sensaciones aterradoras que creía haber olvidado.
Recordó la barca de pesca de madera balanceándose al compás del fuerte viento, el oleaje repentino, la sensación de pánico.
Vio la caída de su padre al agua y escuchó los gritos desesperados de su hermano, dándole instrucciones que él no alcanzaba a comprender.
Luego, lo vio saltar al mar tras su padre.
A pesar del miedo que lo embargaba, Marzán visualizó el momento en que él mismo se lanzó también al agua para socorrerlos. Después, recordó cómo los perdió de vista, cómo la impotencia y la desesperanza lo invadieron, y cómo sus propios gritos se ahogaban en la inmensidad del océano.
Finalmente, sintió cómo su conciencia se desvanecía mientras unos brazos fuertes lo rescataban de las aguas.
Un llanto inconsolable lo acompañó durante todo el trayecto en el que los cuerpos de sus seres queridos fueron transportados en un viejo barco pesquero, cubiertos por sábanas manchadas de brea.
Desde ese preciso instante, su memoria se volvía un abismo.
Luego no recordó cómo terminó en aquel bar de barrio, borracho, bebiendo vaso tras vaso de güiski.
Tampoco recordó cómo explotó de ira.
Solo se dio cuenta de la realidad cuando despertó en el calabozo de una comisaría desconocida, escuchando el chirrido de una puerta metálica al abrirse y viendo a un policía uniformado entrar lentamente, sosteniendo unas llaves en la mano…
sintió las manos jóvenes pero firmes de una mujer que lo ayudaron a levantarse.
Era Noela.