Los Hijos de la Peste 25 #2
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25 #2

«La urna» era un cuarto minúsculo en el sótano, donde nos encerraban si nos portábamos mal.

Al poco de la desaparición de Xosé, Artai empezó a desmoronarse...

y después también desapareció. Nunca más supimos de él.

Sosa bajó la mirada, como si todavía intentara entenderlo.

—También estaba aquel otro chaval, Eugenio, aunque todos le llamábamos Uxío.

Hacía de chico para todo en la colonia. Nos odiaba.

Nos llamaba «los hijos de la peste». Pero también odiaba al padre Ángel.

Estoy convencido de que abusó de él también.

Lo tenía completamente sometido, física y emocionalmente.

Aún vive, por cierto. En una aldea cerca de Ponte do Porto, llamada Vilar.

Está tocado de la cabeza, sí, pero... en el fondo, no creo que fuera capaz de matar a nadie.

— ¿Y los otros dos, el padre Agustín y el padre Jaime? ¿Recuerda algo más de ellos?

—El padre Agustín era el subdirector de la colonia, un tipo sin escrúpulos.

Nos trataba como si fuéramos perros, nos pegaba continuamente y, en ciertas ocasiones, nos privaba de la comida y la bebida si no hacíamos lo que él quería.

Sí, seguro que más de uno lo odiaba con todas sus fuerzas, pero no creo que ninguno lo odiara hasta el punto de querer matarlo.

El padre Jaime era distinto, más discreto, siempre callado, pero con una mirada inquietante.

Era un verdadero misterio; a veces parecía que podía leer nuestros pensamientos, como si supiera todo lo que sucedía en la colonia.

Tengo la sensación de que él sabía mucho más de lo que decía.

—Tengo curiosidad sobre ese chico que ha mencionado antes, Artai. ¿Qué más me puede contar sobre él?

—Como le comenté, se esfumó de la colonia sin dejar rastro y nunca más volví a verlo.

No tengo ni idea de si sigue con vida. Tras la ausencia de su hermano Xosé, su comportamiento se tornó aún más errático.

Ya de por sí era conflictivo, pero se convirtió en un verdadero tormento para los sacerdotes.

Pasaba más tiempo confinado en ese cubículo que descansando en los dormitorios.

No sería descabellado pensar que lo reubicaron en otro centro.

—Y en ese caso, ¿a qué tipo de institución podrían haberlo llevado?

—Instituciones de beneficencia, internados…

como quiera llamarlos. En su mayoría estaban regentados por la Iglesia en coordinación con el Régimen de Franco.

Había muchas de estas instituciones en España, algunas más estrictas que otras, pero todas tenían un objetivo común: ofrecer beneficencia a cambio de adoctrinamiento.

Julio tocó suavemente el codo de Vargas, invitándola a proseguir con el paseo.

—Poco tiempo después de la Guerra Civil, el psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera, una especie de Goebbels español, teorizó sobre el comunismo como una enfermedad contagiosa que se transmitía de padres a hijos.

Según él, era imprescindible separar a los hijos de sus padres rojos para evitar el contagio.

Quizás Artai fue trasladado a alguna institución donde la disciplina fuera más férrea.

También es posible que esté muerto, no lo sé.

—En el caso hipotético de que fuera trasladado a una de estas instituciones, ¿cree que podría haber sido aquí en Galicia?

—No necesariamente. Podría haber sido trasladado a Barcelona, a la Casa de la Caridad, o a Madrid, al Colegio de San Fernando.

Incluso pudo haber sido ingresado en alguna institución psiquiátrica.

No sería la primera vez que los niños con alteraciones en la conducta eran internados en este tipo de lugares.

—No quiero robarle más tiempo, Julio. Solo una última cosa… ¿Por casualidad no tendrá una fotografía de aquella época en la que aparezcan los niños de la colonia?

—Sí, claro. Entre la documentación que he recopilado a lo largo de los años, tengo bastantes fotografías de aquella época.

El Régimen se esforzó mucho en hacer todo tipo de propaganda para que pareciera que los niños que vivíamos en las colonias estábamos bien cuidados y felices.

Acompáñeme, lo tengo todo en el despacho.

Caminaron en silencio hasta el despacho de Julio Sosa. Él iba pensativo, con las manos sujetas detrás de la espalda. Hicieron un alto en un par de ocasiones, en las que Vargas le hizo algunas preguntas sobre aquella población pesquera situada al borde del mar.

Vargas todavía estaba sorprendida por la entereza de aquel hombre menudo, que había luchado durante toda su vida contra molinos de viento, una batalla constante contra sus propios recuerdos.

Estaba convencida de que Julio Sosa jamás sería capaz de curar las heridas que le habían dejado profundas cicatrices.

Desde aquel instante, comprendió lo que significaba aquella institución para aquellos huérfanos del alma. Allí habían ocurrido cosas tan terribles que todo aquello representaba mucho más que un recuerdo lejano... era una lucha incesante contra los fantasmas de su pasado.

Llegaron al modesto bufete de Sosa, enclavado en la pintoresca calle Porto, cuyas casas de vivos colores se agolpaban unas contra otras hasta desembocar en una pequeña plazoleta sin salida.

El local de Sosa, situado en la planta baja de uno de esos edificios, se anunciaba tras una amplia vidriera adornada por una placa dorada que revelaba su presencia.

Con una llave, Sosa abrió la puerta y, con un gesto, invitó a Vargas a entrar.

El interior, dominado por tres escritorios abarrotados de documentos, desprendía el caos organizado típico de una práctica legal en una localidad pequeña.

Sosa se encaminó hacia un archivador antiguo, cuyas entrañas albergaban un arsenal de expedientes. Extrajo varias carpetas, las esparció sobre la mesa y comenzó a hurgar entre ellas.

De una de ellas sacó un sobre blanco, del cual afloraron varias fotografías que desplegó con meticulosidad sobre el escritorio.

—Vamos a ver… —murmuró Sosa—. Aquí está.

Julio Sosa le entregó una foto en blanco y negro. Luego, rodeó el escritorio con agilidad y se situó a su lado.

En la fotografía, Vargas vio a varios niños sentados sobre un muro. Reconoció la estructura de piedra que rodeaba el castillo de Monte do Carballo.

Al fondo, la pequeña iglesia románica se alzaba como una sombra silenciosa.

Otro grupo de niños permanecía de pie, observando con curiosidad el momento de la fotografía, mientras que tres pequeños se apoyaban en el tronco del roble centenario.

—Este es Artai… —Sosa señaló con el dedo el rostro de un niño en la fotografía.

Vargas pudo ver a un chico de pie, extraordinariamente alto para su edad, cuya corpulencia destacaba entre los demás.

Tenía la cabeza completamente afeitada y vestía la bata de colegial.

Su tez brillaba bajo la luz capturada en la imagen, creando un sutil contraste con el blanco y negro de la fotografía.

Era tan pálido que le recordaba a Vargas a los personajes de una antigua película de vampiros.

Unos ojos claros, penetrantes e hipnotizadores, resaltaban entre los demás.

Pero hubo algo que sorprendió a Vargas...

Mientras los rostros del resto de los niños mostraban amplias sonrisas, Artai Montenegro mantenía los labios apretados y los brazos pegados al cuerpo.

Sus puños, crispados, eran un claro reflejo de rabia contenida y dolor emocional.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Noela Vargas al contemplar la enigmática figura de aquel muchacho.