Los Hijos de la Peste 25
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Vargas se entrevistó con Julio Sosa en una pequeña población pesquera llamada Camelle.

Sosa era la memoria viva de los sucesos ocurridos en la colonia de Monte do Carballo y, en la actualidad, ejercía como abogado en aquel enclave marinero.

Vargas observó su rostro blanquecino, marcado por pequeñas manchas rojizas causadas por la psoriasis.

—Nunca me sentí tan sucio como en aquella ocasión, inspectora...

La frase salió de los labios de Sosa casi en un susurro, cargada de un peso que parecía arrastrar desde hacía décadas.

—Señor Sosa. El magistrado Maldonado me ha hablado muy bien de usted —dijo con amabilidad mientras lo miraba a los ojos. Se había informado muy bien sobre él antes de la entrevista.

Sosa, con sus grandes ojos grises, rodeados de arrugas que testimoniaban batallas silenciosas, parecía haber dedicado su vida a la búsqueda de justicia.

En un intrincado laberinto judicial, luchó con una perseverancia que le costó no solo recursos económicos, sino también un desgaste vital, todo para honrar la memoria de los niños olvidados por un sistema diseñado para borrarlos del recuerdo colectivo.

Vargas notó el abrir y cerrar compulsivo de los puños de Sosa, un gesto que interpretó como un intento subconsciente de sofocar los recuerdos que lo atormentaban.

Era el último sobreviviente de aquellos marcados por la sombra de la institución, ahora desvanecida, donde la promesa de educación y cuidado se había convertido en una cárcel de desesperación y dolor.

Su padre había sido condenado a trabajos forzados e internado en el batallón de los trabajadores de Lavacolla a finales de los años cuarenta, acusado sin pruebas por Quiroga de subversión.

Enfermó al poco tiempo de neumonía debido a las condiciones insalubres en las que fue confinado.

Murió no mucho después, y su madre no pudo mantenerlo con dignidad.

Habían pasado solo unos días tras la muerte de su padre cuando su madre recibió la visita de un sacerdote alto y delgado que la convenció para que lo internara en la colonia, donde podría estudiar y siempre tendría comida y ropa para vestir.

Finalmente, ella cedió… pero fue todo lo contrario.

Para Sosa, aquel lugar se convirtió en un infierno.

— Imagínese, inspectora… A un niño como yo, con tan solo diez años, separado de su madre e internado en aquella cruel institución.

Se suponía que era para tener una vida mejor que la que había tenido hasta entonces.

Pero el primer día me oriné en la cama, y uno de los sacerdotes, el padre Julián Álvarez —nunca lo olvidaré— me obligó a ducharme en pleno mes de noviembre, desnudo y con agua fría.

Luego me humilló delante de mis compañeros.

Aquella situación me generó un trauma del que todavía no he podido sobreponerme...

todavía sueño con aquel episodio, y hasta los quince años seguí mojando la cama.

Noela Vargas miró los pequeños bancos de niebla que dibujaban remolinos de algodón entre las tortuosas calles de Camelle.

Había quedado con Sosa aquel domingo de julio en el puerto marinero, delante del Museo del Alemán, un extraño lugar lleno de esculturas que se erigían como pequeñas protuberancias en las rocas, creadas desde la nada por un ermitaño de largas melenas castañas y barba hirsuta.

Era realmente temprano para un día festivo, y ya había algunas familias que, con sus niños pequeños, deambulaban torpemente entre las rocas.

Algunos de aquellos niños permanecían sentados, dibujando en cuartillas de papel amarillo monigotes de colores, inspirados por aquellas figuras nacidas de las manos del ermitaño.

El hombre permanecía de pie, observándolos con orgullo.

Era un personaje huesudo, de piel quemada por el sol, que vestía una especie de taparrabos.

Se percató de la presencia de Vargas y le indicó con un ademán que se acercara.

Ella desvió la mirada con rapidez, como una niña avergonzada cuando la profesora la señalaba en clase.

—No se preocupe, inspectora. Es Manfred, es completamente inofensivo.

Vargas sonrió con cierta incomodidad, disculpándose quizá por sus iniciales reticencias hacia aquel raro, pero a la vez misterioso personaje.

—¿Paseamos? — preguntó Sosa.

Vargas asintió con la cabeza.

—El magistrado Maldonado me habló de usted, de su incansable esfuerzo en los tribunales. Me contó cómo ha dedicado gran parte de su vida a luchar por la justicia, buscando llevar ante la ley a los responsables de lo que sucedió en aquellos años en la colonia preventorial de Monte do Carballo

—Y con menos éxito del que hubiera querido, la verdad.

Mire, inspectora, yo soy un humilde abogado de un pequeño pueblo costero, y viví aquellos años de la represión aterrorizado.

También fui uno de los muchachos internos en la colonia, y ese estigma me ha marcado para toda la vida.

Cuando obtuve la licenciatura en Derecho, juré que dedicaría hasta la última gota de sudor para luchar contra individuos como Quiroga, quienes han sido torpemente blanqueados por una sociedad que prefiere olvidar y mirar hacia adelante sin siquiera echar la vista atrás para enfrentarse a su pasado.

—Entiendo. Me he informado un poco, señor Sosa, y sé que presentó varias demandas contra Quiroga, pero ninguna llegó a prosperar.

—Sí, es cierto. Lamento profundamente su terrible muerte, pero ese hombre nunca fue trigo limpio.

Nadie merece morir de esa manera, pero no puedo negar que no me entristeció.

Y sí, interpuse varias demandas colectivas en representación de los niños supervivientes de la colonia preventorial, pero todas fueron sobreseídas por distintas razones.

En algunos casos por falta de pruebas, y en otros, porque varias familias se retiraron antes de llegar a juicio.

Más tarde averigüé que sus abogados lograron varios acuerdos extrajudiciales por sustanciosas sumas de dinero.

Quiroga supo aprovechar su posición — dijo con una mirada triste en los ojos — para acabar con la resistencia de algunas familias en serias dificultades económicas.

Me sentí decepcionado, pero no los culpo.

El dinero de Quiroga les permitió empezar una vida nueva lejos de aquí.

Y a él, desde luego, le resolvió un serio problema.

—¿A usted le ofreció dinero?

—Lo intentó varias veces, pero lo rechacé. Nunca quise su maldito dinero. Era un individuo de la peor calaña, aunque luego se dedicara a besar niños para conseguir el puesto de alcalde de Vimianzo.

—Veo que le detestaba…

Sosa se detuvo y miró hacia el mar. A esa hora, la niebla había empezado a disiparse, y el agua retomó su tradicional azul turquesa mientras las olas rompían lentamente contra las escolleras del puerto.

—No tanto como para querer matarlo, si es lo que intenta preguntarme.

Aunque tengo que reconocer que muchas veces he querido verlo muerto —sonrió, nervioso—.

Quirogas hubo muchos durante el régimen de Franco.

Eran sanguijuelas que se aprovecharon de los demás para enriquecerse...

y, en el caso de Xosé Quiroga, además, comerciaron con lo más sagrado: la vida de los niños.

Él y el coronel Marcos Carrión —del que seguro ha oído hablar— se encargaron de arrancar a muchos de aquellos niños de las familias de los represaliados y enviarlos a la fuerza a la colonia.

Entre ellos, yo. Mi padre era militar del ejército republicano.

Todos, sin excepción, eran hijos de familias acusadas por el Régimen de traición.

—Padres condenados a la cárcel o a trabajos forzados en los batallones de trabajadores, y en muchos casos sentenciados por delitos basados en falsedades.

Además, hacían muy bien su trabajo, inspectora: apartaban al padre, dejando a las familias desamparadas y sin recursos.

Las madres no podían mantener a sus hijos y se veían obligadas a entregarlos a la Iglesia y al Régimen de Franco, que los educaba bajo la doctrina del nacionalcatolicismo.

—¿En qué año estuvo usted en la colonia? —preguntó Vargas.

—Desde el cincuenta al cincuenta y tres. Dos años más tarde de dejarla, en el cincuenta y cinco, el Régimen la cerró. No pudo ocultar por más tiempo, ni ante la opinión pública ni ante la prensa de aquella época, lo que estaba sucediendo en esa institución.

—Entonces posiblemente se acuerde de los hombres que le voy a mostrar en esta foto. ¿Los reconoce?

Vargas sacó una imagen de su cartera, una de las fotografías encontradas en los Archivos Diocesanos, y se la tendió.

—¿Dónde ha sacado esta fotografía? —Sosa la cogió con un ligero temblor en las manos—. Claro que los reconozco... ¿cómo se me van a olvidar esas caras? Son el padre Agustín, el padre Jaime, el padre Bieito, el padre Ángel... y Uxío —añadió, señalando a cada uno con el dedo, uno por uno.

—Estamos trabajando sobre la hipótesis de que la muerte de Quiroga no fue un hecho aislado, sino que está relacionada con los sucesos ocurridos en la colonia.

Creemos que el asesino estuvo allí durante los años en los que usted también estuvo, y que el crimen forma parte de un acto de venganza.

Los padres Agustín y Jaime Riera, a quienes usted también ha reconocido en la foto, fueron asesinados en extrañas circunstancias hace unos meses.

No hay que ser muy inteligente para ver que hay una conexión clara entre los tres casos.

¿Recuerda a alguien, o algo de aquella época, fuera de lo común?

Algo que pudiera ayudarnos a identificar al asesino.

—Mire, por allí pasaron muchos niños. Algunos salieron con heridas profundas, invisibles.

Cualquiera de ellos podría querer muertos a esos curas.

Por ejemplo, el padre Ángel Rivera... ese nos aterrorizaba a todos.

Dudo que estuviera en sus cabales. En la colonia se decía que abusaba sexualmente de algunos chicos, sobre todo de los más indefensos.

Recuerdo especialmente a un muchacho por el que tenía predilección...

se llamaba Xosé Montenegro. Lo recuerdo como si fuera ayer.

Un día, desapareció sin dejar rastro. Dijeron que su familia se lo había llevado, pero nadie lo creyó.

Sobre todo, porque tenía un hermano mayor que aún seguía en la colonia... Artai.

Sosa hizo una pausa y sonrió al recordarlo.

—Ese sí que les plantó cara. Se escapó varias veces, no les tenía miedo, les hablaba con desprecio.

Pasó más tiempo encerrado en «la urna» que fuera.