Los Hijos de la Peste 24
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Juan Maldonado celebraba nueve años como magistrado en el partido judicial de Corcubión.

Los delitos que solía tratar en el juzgado eran, en su mayoría, meras disputas ganaderas, peleas conyugales, hurtos y, de vez en cuando, la detención de algún conductor ebrio.

Por eso, era fácil entender la sobreexcitación que le había producido, desde el primer momento, el asesinato de Xosé Quiroga.

Algo se había reactivado en su interior, una sensación que no experimentaba desde que solicitó su traslado de Madrid a aquel pequeño juzgado.

En su día, fue uno de los jueces más activos en la lucha antiterrorista, combatiendo con éxito durante varios años a ETA y desarticulando algunos de sus comandos más sangrientos.

Pero todo cambió cuando, un martes del mes de julio de mil novecientos ochenta, la policía le notificó que la banda terrorista le había situado como su próximo objetivo.

Aquello no le sorprendió, pero a Laura, entonces su mujer, la sumió en el pánico.

Solicitó el traslado y, junto a ella y sus dos hijos, Diego y Pablo, de cinco y diez años, se mudaron a aquella zona apartada de Galicia, donde había quedado vacante un puesto de juez.

Un lugar tan alejado como inesperado, del que terminó enamorándose desde el primer momento.

El crimen de Vimianzo había devuelto algo de emoción a su vida.

Maldonado, sentado en su sillón de cuero en la biblioteca, recordó su pasado mientras escuchaba la Sinfonía número cuatro de Johannes Brahms.

Esperaba ansioso la visita de la inspectora Vargas y de aquel escritor y criminólogo llamado Suso Marzán, con quienes había concertado una reunión de trabajo para discutir algunos aspectos misteriosos del caso.

Recordó fugazmente a Xosé Quiroga y lamentó su muerte, claro que sí...

aunque no le había tratado mucho en realidad.

Era un alcalde influyente, pero con bastantes claroscuros.

Solo lo había visto en dos ocasiones, cuando se presentó en su juzgado para testificar en varias causas abiertas contra él, interpuestas por algunas familias de represaliados de Corcubión.

Todas ellas fueron sobreseídas, claro está, por falta de pruebas.

El timbre de la puerta principal sonó metálico.

Desde la ventana de la biblioteca, pudo ver a Vargas y Marzán esperando en la entrada, hasta que Juana, la señora que se ocupaba de la casa, les abrió.

Observó con orgullo las caras de ambos al entrar en la biblioteca y ver las estanterías de nogal repletas de libros de todas las temáticas posibles: novelas clásicas, narrativa, libros antiguos... y algún que otro incunable.

Aquel era su refugio desde que su mujer le dejó, cansada de aquella vida. Sus hijos también se fueron con ella. La biblioteca se había convertido en su pequeño templo, su ventana a los misterios del mundo.

Les recibió vestido con un viejo batín de color verde oliva y unas cómodas zapatillas de estar por casa, que le hacían aparentar más años de los que realmente tenía.

Era un hombre alto, de pelo negro con incipientes canas, siempre peinado hacia atrás y engominado.

Sus ojos castaños claros y su cara angulosa, que terminaba en una prominente barbilla, hacían que su rostro recordara a una máscara ritual africana.

Noela Vargas le puso al corriente del estado de la investigación del caso Quiroga.

Le sorprendieron, sobre todo, los resultados de la autopsia y el ensañamiento del asesino con el cuerpo.

Leyó el informe con las conclusiones obtenidas a partir de entrevistas realizadas a las personas más cercanas a Quiroga y a empleados del ayuntamiento que estuvieron en contacto con él pocas horas antes de su desaparición.

La inspectora, además, estaba muy interesada en descifrar el extraño mensaje que Marzán había encontrado dentro del cuerpo de Quiroga.

Era una mujer perspicaz, además de hermosa, y sabía del profundo conocimiento de Maldonado sobre las tradiciones y rituales antiguos.

Precisamente, esperaba que él pudiera ayudarles a comprender el misterio que se escondía detrás de la firma del asesino: Taranis Dispater.

Maldonado les invitó a sentarse mientras les servía una refrescante limonada de una jarra de cristal. Vargas y Marzán la aceptaron con agrado.

—Inspectora, Taranis Dispater, en la antigua lengua gala, hace referencia a Júpiter; una de las tres divinidades celestes veneradas por los antiguos celtas y que, según la tradición, exigía sacrificios de sangre humana para aplacar su divina furia.

La primera vez que encontré referencias a este tipo de rituales fue en la obra de un autor épico del siglo I llamado Lucano, quien escribió un libro titulado Farsalia, donde relataba la conquista de las Galias por César.

De los escritos de Lucano surgió un grimorio, el llamado Libro VI, donde, según la tradición, se recopilaron todos los rituales de magia de los pueblos celtas.

Maldonado se levantó del sofá situado detrás del escritorio y abrió, con una llave dorada, una librería de vidrieras amarillas.

En su interior, una serie de ediciones antiguas de autores clásicos y facsímiles compartían espacio con algunos valiosos libros de horas.

Eligió un ejemplar cuyas tapas de piel estaban desgastadas por el tiempo.

En la portada y el lomo había impresas unas figuras formadas por arabescos y, en letras doradas, un título: «Farsalia». Debajo, el nombre de su autor: Lucano.

Se sentó de nuevo tras el escritorio y lo acarició con sumo cuidado. Luego, observó la mirada expectante de Vargas y notó cómo Marzán, que se había levantado, curioseaba las fotografías colgadas en la pared.

Entre ellas, destacaban algunas en las que Maldonado posaba con distintas personalidades del mundo de la política y la Iglesia. Marzán se detuvo especialmente en una, enmarcada en plata, donde el juez aparecía junto a un grupo de hombres y mujeres que posaban con el mismísimo Papa Juan Pablo II.

Maldonado abrió el libro por la mitad y, en su interior, había colocado, a modo de separación, unas hojas de papel con anotaciones.

—En este libro, Lucano, el autor, hace una clara alusión a los sacrificios rituales a las divinidades celtas: «aquellos que aplacan con horrendos sacrificios al cruel Teutates y al terrible Esus, aquellos con altares sangrientos, y a Taranis,

cuyo culto no es menos despiadado que el de la Diana de los escitas».

Estos rituales, meticulosamente documentados, han trascendido el tiempo, nutriendo las sombras con su poder arcano —Maldonado hizo una pausa, contemplando la expectación en los ojos de sus invitados antes de proseguir—.

Es en las páginas amarillentas de este venerable tomo donde yacen los cimientos de todas esas prácticas mágicas, pagadas con el precio más alto: la vida humana.

Estos conocimientos se condensaron en antiguos grimorios, compendios mágicos que, desde el siglo IV, han guiado a chamanes y líderes espirituales.

—A lo largo de Europa y Asia, estos textos circulaban en secreto, revelando con gran detalle los preparativos para los rituales de sangre delineados en el Libro VI —continuó Maldonado—.

Este legado se transmitió a lo largo de las generaciones, incluso hasta la Alta Edad Media, cuando la Iglesia comenzó su persecución y destrucción.

Pero los testimonios que han sobrevivido hasta nuestros días nos hablan de una práctica que exigía tres distintas formas de muerte, un eco de aquellos tiempos oscuros donde el poder y el miedo se entrelazaban en el ritual.

—El asesino de Quiroga —dijo Marzán— es un buen conocedor de estos rituales y los ha convertido en su modus operandi...

esa Triple Muerte es un claro acto de expiación y castigo por algún tipo de ofensa grave no castigada.

Podríamos decir que la víctima ya estaba condenada a la pena capital por anticipado...

—...de hecho... —prosiguió Maldonado—, el modus operandi del asesino, el ritual empleado en el crimen ha sido obtenido directamente de las fuentes originales.

Un ritual que forma parte de una compleja secuencia en la que las víctimas deben ser degolladas, quemadas con fuego y finalmente ahogadas por inmersión.

Eso es lo que nos ha señalado introduciendo en el cuerpo de Quiroga el mensaje de Taranis Dispater.

—Es cierto —Vargas consultó el informe que había traído a la reunión—.

La autopsia de Quiroga confirma esas mismas características que lo relacionan con ese ritual: fue degollado, y sus manos presentan quemaduras por corrosión provocadas por fósforo blanco.

Además, el asesino trasladó el cuerpo desde un lugar desconocido hasta el molino donde lo encontramos.

Está cumpliendo con un itinerario y Taranis Dispater es simplemente la primera estación de su vía crucis particular.

Tenemos que prepararnos, porque no será el último asesinato que cometa.

—Metiéndonos en la mente del asesino, él no lo ve como un simple acto de ira; es un castigo en nombre de aquellos que conocían los delitos de Quiroga y no lo castigaron —dijo Marzán.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Maldonado.

—Quiroga llegó a la política a pesar de su pasado franquista y de haber señalado con el dedo a muchos de sus vecinos, que acabaron en la cárcel o en los campos de trabajo.

Pero la sociedad hizo oídos sordos y, a pesar de que todo el mundo, el gobierno e incluso la Iglesia, conocían su pasado, fue elegido para un cargo político.

Las evidencias conductuales del asesino y su firma, la tortura a la que sometió a Quiroga, las tres muertes en una no son más que la expresión subconsciente de una ira profunda contra todo lo que le rodea.

Es el resultado de una serie de acontecimientos traumáticos que debió vivir en algún momento de su vida, y esa ira la expresa como un acto de revelación.

—Se comporta como una mano ejecutora que tiene el derecho a condenar a la pena capital a su víctima. El mismo acto de introducir el mensaje por el ano de Quiroga es una clara metáfora de una violación.

—Noela... —Marzán la miró fijamente—, ese mensaje en sí mismo no es solo un execrable rito, es el acto de comunicar al mundo que ese individuo ha conseguido la redención de sus pecados a través del sacrificio.