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—Te lo repito, Suso. Durante los días anteriores a su desaparición, Xosé estaba distinto.
No sé si tenía que ver con el descubrimiento de los restos de esos pobres chicos en la colonia.
No hablé en ningún momento con él sobre ese tema.
Sí que observé que estaba más irascible y también más callado de lo habitual.
Lo único que puedo asegurarte es que la noche anterior a su desaparición me preguntó por los avances de la investigación en la que estáis involucrados tú y esa inspectora.
Marzán miró fijamente a Carme. Estaba nerviosa y observó cómo frotaba sus manos sobre la falda plisada con motivos florales de color azul turquesa que vestía aquella mañana, como si quisiera eliminar todos sus pliegues con desesperación.
Ambos anduvieron por el paseo marítimo de Laxe y decidieron hacer un pequeño alto.
Sentados en uno de los bancos situados frente a la playa, en la Rúa de Rosalía de Castro, el rítmico sonar de las olas batiendo la orilla y los graznidos de las gaviotas los relajó.
Marzán observó cómo la brisa procedente del mar jugueteaba con el pelo de Carme y lo enredaba, formando pequeños tirabuzones.
En ese preciso momento, un grupo de jóvenes, animados por aquella mañana soleada y calurosa de mediados de junio, pasó frente a ellos.
Quedaban pocas semanas para la llegada del Papa Juan Pablo II a Santiago de Compostela, y Laxe vivía una inusitada actividad que colmaba sus calles y el puerto de jóvenes en peregrinación, que se identificaban con facilidad por los pañuelos de vívidos colores sobre sus hombros.
Las terrazas de los bares estaban llenas, familias paseantes disfrutaban del cielo azul mientras saboreaban helados de diferentes gustos y colores.
Marzán se dio cuenta de que este pueblo, a diferencia de aquel que conoció cuando era niño, había cambiado de forma radical.
Aquel precioso pueblo pesquero, antaño lleno de hombres rudos y mujeres que miraban al horizonte con esperanza...
aquel pueblo había cambiado para siempre.
Estaba tan abstraído en sus pensamientos que no reparó en que Carme le observaba, como si ella supiera lo que en realidad estaba pensando.
—La verdad, todavía no he podido hacerme a la idea de que esté muerto.
¿Por qué alguien iba a hacer algo tan horrible?
El Xosé Quiroga que yo conocí era un hombre atento y detallista —Carme se sacudió la nariz con un pañuelo y sus ojos se anegaron de lágrimas—.
Siempre estaba allí… me ayudó y me apoyó en los períodos más complicados de mi vida.
De verdad… la ausencia de Toño se habría hecho cuesta arriba si no hubiera sido por él…
—hizo una breve pausa—. Después de la muerte de su mujer, su dolor nos unió más.
No tenía familia y estaba solo, así que se refugió en nuestra amistad…
Mierda, Suso… le voy a echar muchísimo de menos.
Carme sollozó y Marzán hizo una mueca de fastidio.
— ¿Tenías una aventura con él?
—¿Xosé y yo? ¿Pero qué estás diciendo?… Por Dios, claro que no —Carme le miró con enfado, no podía creerse que Suso le hubiera hecho esa pregunta—. ¿Cómo puedes preguntarme eso?
—Lo siento, Carme. Tenía que hacerlo —luego le pasó el brazo por encima de los hombros con cariño—. ¿Quiroga te comentó en alguna ocasión si tenía algún problema con alguien o si tenía enemigos que pudieran desear su muerte?
—No… y no sé quién podría quererle tan mal como para asesinarle de una manera tan horrible.
Reconozco que en la comarca no todo el mundo le apreciaba por su pasado franquista.
Desconozco qué fue lo que hizo, nunca quiso contármelo, pero te aseguro que expió todos sus pecados entregándose a la comunidad en cuerpo y alma.
—Entonces, ¿él nunca te mencionó qué relación tenía con la colonia preventorial de Monte do Carballo?
—Suso, quizá te pueda sonar egoísta por mi parte, pero jamás quise escarbar en su pasado.
Él tampoco me comentó nunca nada al respecto, era un acuerdo tácito, no hablado.
Sé que hizo cosas cuando era joven de las que no estaba orgulloso y ya pagó con creces por ello.
Lo único bueno que le pasó en su vida fue el amor incondicional de Gloria, su mujer, que falleció recientemente de un cáncer.
—Quiroga no era trigo limpio, Carme —Marzán se giró y miró a Carme de perfil.
Ella tenía la mirada perdida en el mar—.
Fue una figura de los Servicios de Información e Investigación durante los años cincuenta.
Envió a muchos de tus convecinos de entonces a cárceles y a campos de trabajo, luego vendió su alma al diablo para limpiar su nombre y entrar en política.
Incluso, por lo que tengo entendido, sobornó a muchos de los familiares de aquellos represaliados.
Se aprovechó de la debilidad de muchos de ellos para acallar sus voces.
Marzán se dio cuenta del rictus avergonzado de Carme.
Quizá estaba siendo demasiado duro con ella por haber mantenido una relación de amistad basada en la ignorancia.
Había sido ingenua, nada más. Pero también Marzán era consciente de que ella había hecho oídos sordos a los rumores y las acusaciones constantes sobre el pasado de Quiroga.
Era imposible que no hubiera leído ni uno solo de aquellos artículos de prensa que aparecían habitualmente publicados antes, durante y después de las elecciones, ni aquellas entrevistas con familiares de las víctimas.
Pero ella había elegido ser fiel a su amistad antes de ahondar en el pasado. Había sido egoísta en su fragilidad.
— ¿Crees que Xosé tuvo algo que ver con la muerte de los niños de la colonia?
—No lo sé, Carme. Pero hemos descubierto que conocía bien al padre Bieito Camargo, quien en aquel entonces era el director de la colonia cuando ocurrieron aquellos sucesos.
— ¿Te refieres al obispo de Mondoñedo? —preguntó Carme, sorprendida.
—Sí, además tenemos misivas firmadas por él y dirigidas a un tal coronel Marcos Carrión, que era el responsable de las deportaciones a los campos de trabajo.
La policía ha encontrado documentos escritos de su puño y letra con los nombres de los niños arrebatados a las familias de represaliados para luego ser internados en la colonia.
—Por Dios... he estado completamente ciega.
—No te culpes —Marzán acarició el rostro de Carme con el dorso de la mano—. El amor puede ser la soga que ahogue nuestro criterio y nos haga ciegos ante la forma en que vemos a los demás.
Luego, ambos cerraron los ojos, dejando que el sol calentara sus rostros.
No hablaron durante un largo rato. La brisa marina retó a la arena y levantó pequeños remolinos, como si de serpientes en el aire se trataran.
Gritos y risas en la lejanía eran los únicos sonidos capaces de romper aquel momento.
— ¿Todavía no has ido a verle? —preguntó Carme de forma súbita.
Marzán mantuvo los ojos cerrados y el mentón alzado, como en una plegaria.
—Mario se alegrará de verte después de tanto tiempo.
—Lo sé. Pero Mario todavía tendrá que esperar…
no he encontrado el momento —respondió con una media sonrisa—.
Ahora estoy demasiado ocupado combatiendo mis propios fantasmas del pasado.
¿Sabes que aún sigo sufriendo las mismas pesadillas, noche tras noche, desde que era un adolescente?
Cada noche sueño que me encuentro nadando en un mar revuelto que me impide llegar hasta donde se encuentran papá y Jorge.
Luego desaparecen de mi vista, tragados por el mar.
Carme cogió la mano de Marzán, la apretó con dulzura y le sonrió. Después, ambos volvieron a permanecer en silencio.